El eterno regreso al planeta Burton
Tras la decepción que supuso para sus seguidores El planeta de los simios, el singular Tim Burton parece volver a su universo más personal y bizarro con El gran pez. Aunque se trate también de una película de encargo, que pasó antes por las manos de gente como Steven Spielberg o Ron Howard, la última película de Burton supone su regreso a las fábulas tan peculiares, románticas y barrocas que ha creado en trabajos como El hombre manos de tijera, La leyenda del jinete sin cabeza o El extraño mundo de Jack. Basada en el best-seller de Daniel Wallace y protagonizada por Ewan McGregor y Albert Finney, repasa la filmografía del personalísimo creador norteamericano.
En efecto, el guión de El gran pez estuvo dando vueltas por Hollywood bastante tiempo, hasta llegar a caer en las redes de Tim Burton. La novela de Daniel Wallace, que algunos han definido como una especie de «realismo mágico», pasó casi desde su publicación a pasearse por los grandes estudios, llamando la atención de directores como Steven Spielberg o Ron Howard.
La novela de Wallace tiene los ingredientes para interesar a ciertos cineastas estadounidenses, que siempre han intentado capturar una suerte de realidad fantástica o mágica de su propio país y cultura. La historia de un padre y un hijo, el primero de los cuales repasa su vida a través del crisol de su memoria mítica y mitológica, bigger than life, posee elementos que pueden recordar al John Irving de El mundo según Garp.
Contiene también un elemento sentimental, el reencuentro entre padre e hijo, la odisea emocional de este último por comprender, entender y creer al primero, que no podía dejar de conmover a Spielberg y a otros directores formados bajo su sombra.
Tim Burton, después del paradójico éxito comercial de su versión de El planeta de los simios, necesitaba reconquistar a los críticos, y, más todavía, a sus fans. A esa legión internacional de freaks amantes de lo diferente, de lo bizarro, de lo y de lo tiernamente monstruoso.
Apareció la historia de El gran pez: «Me interesó especialmente cómo un hijo se enfrenta a la vida fantaseada de su padre. Cómo tiene que aceptar que sus mentiras a lo mejor no lo son. Que las mentiras y las verdades se confunden, sin que puedan distinguirse. La gente suele pensar que la verdad y la mentira son cosas muy definidas, muy claras. Pero no es así en absoluto –explica Tim Burton–, hay cosas que parecen mentira y resultan ser verdad. La verdad y la mentira no son en blanco y negro. Hay muchos matices intermedios».
No es de extrañar que el biógrafo de Ed Wood Jr. se dejara fascinar por la personalidad y el mundo del personaje que interpreta en El gran pez el actor británico Albert Finney.
El personaje de Finney nos da una versión mágica, legendaria, de su propia vida en una pequeña ciudad americana, de su intervención en la guerra, de su historia de amor, que convierte su devenir particular en leyenda personal.
El escenario de una ciudad de provincias, se transforma por la magia de una memoria poética, en un decorado fantasmagórico, digno de los cuentos de hadas, las canciones de gesta o las viejas fábulas contadas al calor de la chimenea. Precisamente, por eso, aunque se trate de una película de encargo, como también lo fuera Ed Wood, la anécdota de El gran pez le venía a Burton como anillo al dedo.
Burton lleva años formando, a través de su filmografía, un surrealismo estadounidense que bebe en las fuentes de la propia cultura pop de su país, aunque se apoye también en las raíces europeas. Sí es fácil rastrear en su obra la impronta del cuento de hadas a lo Andersen (El hombre manos de tijeras), el humor absurdo y el nonsense de Carroll o Lear (Beetlejuice), el cabaret, la opereta y el cine expresionista alemán (El extraño mundo de Jack), la sátira política fantástica a lo Swift o Cyrano (Marcianos al ataque)
Y están las influencias de la cultura pop norteamericana: los dibujos animados de Tex Avery y la Warner, la sátira al estilo de John Waters, el cine de terror de la Universal, Roger Corman, el cómic y la ciencia ficción, el cine clase B, la genuina pulp fiction, clásicos del cuento de hadas como El mago de Oz.
En definitiva, Tim Burton, como Lynch o Stephen King, está inventando una tradición fantástica, sólo que, a diferencia de la de éstos, menos oscura, menos siniestra, y más próxima a un espíritu puramente mágico. Con la excepción relativa de sus dos Batman.
No es de extrañar, por tanto, que El gran pez se haya convertido en el vehículo perfecto para que Tim Burton retorne, victorioso, a su propio planeta. Habitada por gigantes y brujas del bosque (esa Elena Bonham-Carter con doble papel, que Tim Burton, siguiendo otra de sus tradiciones, ha colocado ya en sus dos últimas películas desde que se ha convertido en su compañera sentimental). Claro que, algunos, añoraremos siempre a Lisa-Marie), invadida por un circo extravagante y sentimental, con un maestro de pista tan apropiado como Danny De Vito, con quien Burton comparte muchas pasiones aparte de su mutua admiración por Roald Dahl, escenario de esa gran historia de amor entre dos típicos héroes burtonianos, ingenuos y un poco raros (Ewan McGregor y Alison Lohman), la pequeña ciudad de Big Fish forma parte por derecho propio del universo burtoniano, netamente.
Además, ha ofrecido la oportunidad a Burton de trabajar con actores que, de algún modo, parecían destinados a formar parte también de su universo, como la cada día más actriz Jessica Lange, o el freak Steve Buscemi.
Burton se ha mantenido fiel a su proceso artesanal de filmación, haciendo uso lo menos posible de las técnicas informáticas que permiten crear mundos a imagen y semejanza de la imaginación: «Era importante para mí no saturar la película de efectos –aseguró Burton–, porque desde que ya es posible hacer cualquier cosa, sentí la necesidad de que la película debía conservar una factura artesanal, a un nivel humano, sobre todo porque la naturaleza de las historias que cuento en la película así lo exigen». Así la creación del gigante, de impecable factura, se ha realizado con trabajos de ángulos y el empleo de diversas lentes. *
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