TRES ESTRENOS CINEMATOGRAFICOS DE APUESTAS ESTETICAS DIFERENTES

Una historia ecológica, un retrato de época y un filme de terror hardcore

Con mensaje ecológico incluido y una estructura narrativa que entrecruza un poco de mitología maorí, otro poco de costumbres y tradiciones, y sumado a una buena fotografía, llega este plato de la realizadora neocelandesa Niki Caro, Jinete de ballenas.

Basada en la novela de Witi Ihimaera, el filme rescata un viejo mito maorí, pueblo aborigen de Nueva Zelanda. Paikea, líder espiritual de la comunidad, conecta al pueblo con sus ancestros, las ballenas, y las guía cuando éstas pierden el rumbo y quedan varadas en la costa.

La historia se traslada al pueblo de Whangara, donde la comunidad espera la llegada del primogénito varón, futuro líder que tiene el don de comunicarse con los cetáceos. La expectativa está puesta en el nacimiento de unos mellizos, un niño y una niña. La madre y el chico no logran sobrevivir al parto, pero la chica sí.

El acontecimiento genera un conflicto en relación a la sucesión del liderazgo, que por tradición le corresponde al varón. Pai (la impecable Keisha Castle-Hughes) es rechazada desde su nacimiento por su abuelo Koro (Rawiri Paratene), jefe de la tribu. El anciano de mente estrecha atribuye a su nieta las posibles fatalidades que caerán en breve sobre la aldea y se empeña en encontrar entre los chicos al sucesor. Pese al enojo de su abuelo, la muchacha decide quedarse cuando su padre Pourangi (Cliff Curtis) tiene intenciones de que vaya a vivir con él a Europa.

Así, Pai aprende la tradición a escondidas de su abuelo, que tras la infructuosa búsqueda del líder varón resigna sus esperanzas. El enfrentamiento entre lo nuevo y lo viejo, la desigualdad entre el hombre y la mujer son las claves de este largometraje étnico hollywoodense que no supera el término medio pese al tierno personaje de Pai.

Por la mirada de un niño

El filme Valentín, del argentino Alejandro Agresti es una película amable y distanciada. En los primeros minutos, ya sabemos que Valentín (Rodrigo Noya) vive solo con su abuela (Carmen Maura) en una casa al sur de la Avenida Rivadavia, que quiere ser astronauta, que su madre lo ha abandonado, que su padre (Alejandro Agresti) va por la vida recogiendo novias que al cabo de un tiempo lo dejan, que una tía de Valentín se escapó con un taxista, dejando su cuarto vacío con una colección de discos de rock Y ahí está la voz de Valentín, superpuesta a una banda de imágenes que nos retrotrae a 1969: es la voz de un chico de ocho años que narra una historia.

El pequeño Valentín, por ejemplo, va a misa con un tío progresista y el sermón del cura párroco (Fabián Vena) refiere a la reciente muerte del Che Guevara en Bolivia. Valentín, el narrador, es un niño que no mira, sino que más que nada comenta, desde un presente que no parece hallarse muy lejano de 1969.

Valentín es un filme de época. Las calles del sur de Buenos Aires construyen una paisajística de la década del sesenta. La elección de las locaciones y el aspecto fragmentario de la mayoría de los encuadres de Valentín tienen que ver con esa decisión de estilo.

Para Agresti el cine de época no presenta problema alguno. No deja de haber sin embargo cierta justicia en el hecho de que una película que se limita a recolectar fragmentos organizados, catalogados de antemano y con un casi inevitable y simpático regodeo en la nostalgia.

Una de terror

Hace algo más de un año, Victor Salva sorprendió a propios y extraños con una concisa, poderosa y, a todas luces película que ya se ha convertido, pese a su juventud, en una cult movie moderna del tamaño de los clásicos de William Castle o Roger Corman.

La secuela, evidentemente, no podía hacerse esperar. La duda radicaba en saber si Víctor Salva seguiría la heterodoxia y valentía de su anterior pieza o si, por el contrario, optaría por el distanciamiento irónico hacia las premisas argumentales por él creadas.

El cineasta no se ha inclinado hacia ninguna de estas opciones. Jeepers Creepers 2, de Víctor Salva, con Ray Wise y Jonathan Breck, es una vuelta de tuerca a los planteamientos estilísticos del título precedente, una variación de las directrices establecidas y, en algunos momentos, la sublimación de las mismas.

Si en la anterior entrega Salva construía la más sobria y certera reflexión sobre la idea del bien y el mal, en esta ocasión sienta sus bases en una no menos diestra radiografía sobre el miedo. El miedo a la soledad de una sociedad cada vez más individualizada (los personajes enclavados en una carretera desierta en medio de ninguna parte), el miedo atávico e irracional hacia lo desconocido (la criatura como descubridor de temores y obsesiones) y, sobre todo, el miedo hacia un futuro incierto y despiadadamente negro (la historia se repite cada 23 años). Un inteligentísimo cambio de rumbo que aporta una versatilidad temática al conjunto, sin duda, muy notable. Pese a ello, Jeepers Creepers 2 no es tan redonda como su predecesora. La dispersión física de los personajes destroza casi por completo el conjunto de la obra y la acerca peligrosamente a los tópicos más trillados del terror.

De igual modo, Jeepers Creepers 2 es en su conjunto una buena película. En efecto, tanto por su arrojo formal (la dirección de Salva es más que aplicada) como por la contundencia de sus propuestas, este perspicaz filme es la dignísima secuela de una película que da miedo y dignifica, entonces, al género de terror. *

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