"Es necesaria una revolución ética"
Radicado en Buenos Aires desde hace algunos años, donde ocupa el cargo de Agregado Cultural de la Embajada uruguaya en Argentina, Enrique Estrázulas (Montevideo, 1942), prepara su rentrée al ruedo literario, tras varios años de silencio. La edición de Los manuscritos del caimán (Editorial Sudamericana) está prevista para julio próximo.
–Hace varios años que no publica nada. Supongo que una de las explicaciones a su silencio literario pudo haber sido la de sus actividades diplomáticas.
–No, eso no tuvo nada que ver. Simplemente que los silencios literarios se producen naturalmente. Como no me considero un escritor profesional, es decir estar todos los días trabajando en un proyecto, paso temporadas sin escribir. Mi funcionamiento se produce por catarsis, no por una disciplina de escritor. He escrito mucho pero sin disciplina. Soy un escritor anárquico.
–Todo lo contrario a Vargas Llosa.
–Claro, él escribe todos los días por método. Onetti, por ejemplo, se pasaba largas temporadas sin escribir. Obviamente, me siento más cerca de Onetti.
–¿Y cómo es el proceso a la hora de escribir? ¿Cuál es el disparador de la historia a narrar: una frase, una imagen?
–En general, anteriormente se produce un sueño y también una metáfora. A partir de esto, voy trabajando con esos dos elementos. Tal como dice en la Biblia: al principio fue el caos (se ríe). Después voy ordenando ese caos. El tema de armar la novela es ordenar un caos.
–¿El escritor elige la historia o la historia elige al escritor?
–Esa es una duda griega. Los griegos decían que la historia elegía al escritor. No creo que sea tan así. Rilke decía que a través de lo que uno va viviendo aparecen los temas.
De dictadores y totalitarismos
–Hábleme de Los manuscritos del caimán.
–Precisamente, tiene que ver con lo que le estaba contando. La novela está relacionada con la época en que incursioné en el periodismo y fui un viajero incansable. Simplemente lo que quiero señalar en la novela es parte de la comedia humana. No es una novela política, pero tiene que ver con el fenómeno del totalitarismo de Estado que, en pleno 2004, es una vergüenza que exista en este mundo. Trato el tema desde el punto de vista de que los gobiernos de derecha y los de izquierda, se mezclan y se confunden. En el fondo, ambos tipos de gobiernos están utilizando los mismos métodos. Creo que es necesaria una revolución ética y un intento de mejorar la especie con alguna otra cosa que no sean dictaduras. Por otro lado, no es una novela histórica, es una ficción. Inventé un lugar de América, ubicado en Las Antillas, donde hubo aluviones de dictaduras durante tres siglos, desde el descubrimiento hasta hoy.
–¿Hay algún dictador reconocible en la novela?
–No, porque armé un personaje que tiene que ver con mi propia imaginación. Si fuera una novela histórica, hubiera tomado un dictador de derecha o de izquierda. Como Trujillo, Fidel o Torrijos. Lo que hice fue inventar el fuero íntimo de un dictador que no sabe a ciencia cierta si es de izquierda o de derecha. Pero tiene las dos características.
–¿Influyó su trabajo como periodista en su literatura?
–Me ayudó muchísimo. A través del periodismo aprendí algo, no sé si certero, de política internacional y sobre todo de la velocidad que imprime el periodismo al escritor.
–¿Y cómo se define: poeta o novelista?
–La verdad es que todo parte de la poesía. La literatura, desde sus orígenes, parte de la poesía. Shakespeare poeta fue el único que superó a los griegos escribiendo teatro desde el punto de vista del drama y la tragedia. La novela fue inventada por los poetas. Creo no exagerar al afirmar que la primera escritura que existió fue la poesía. En cambio, la novela es un género imperialista.
–¿Cómo es eso?
–Porque dentro de una novela, de cierta consideración, está el teatro, la filosofía, el ensayo y la poesía. Incluye casi todos los géneros literarios. Por eso es que la llamo imperialista, no por la violencia del imperio actual.
–Hablando de teatro, ¿cómo fue la experiencia de haber escrito «Borges y Perón»?
–Fue muy interesante. Lo que sucede es que el director de la obra tendría que haber eliminado algunos personajes que aparecieron inútilmente en escena. Si la escribiera otra vez, no pondría a Adolfo Bioy Casares. Tal vez, ni siquiera a la madre de Borges. Hubiera reducido la obra a tres personajes: Borges, Perón y la secretaria. Lo esencial de lo que se dice ahí lo expresan Borges y Perón. Los demás son personajes colaterales, que no están en el punto que definen esa entrevista secreta que nunca existió.
–No debe haber sido fácil escribirla, teniendo en cuenta que eligió como protagonistas a dos íconos argentinos.
–Conocí mucho a Jorge Luis Borges. Se puede decir que tuve una buena amistad con él. Obviamente, nunca conocí a Perón, excepto una vez en Montevideo que le estreché la mano. Me interesó mucho el personaje de Perón sin admirarlo y, por el contrario, me interesó el personaje de Borges, pero admirándolo como escritor. *
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