SEAN PENN ROMPIO LAS REGLAS EN LA ABURIIDA CEREMONIA DE LOS OSCAR

Etica y estética al servicio del cine

Sean Penn es el último actor del método. Un actor que fuese rebelde y revulsivo en sus inicios con película menores y amoríos de cuño escandaloso (con la diva del pop Madonna) y, actualmente, uno de los intelectuales más afortunados con que cuenta la contracultura de los Estados Unidos.

Tuvo varios maestros, entre ellos su padre, pero esencialmente dos freaks venerables como el actor y cineasta Dennis Hopper (uno de los hijos de Peen se llama precisamente Hopper) y el desaparecido pero inolvidable cuentista, novelista y poeta Charles Bukowski. Su admiración por este último era tal que, cuando Penn tuvo listo el guión de lo que sería su ópera prima como cineasta (la conmovedora Bajo la misma sangre, con David Morse, Patricia Arquette, Vigo Mortenssen y Charles Bronson en un notable papel dramático), fue a llevarle la historia para que Bukowski la leyese y le diese una opinión al respecto. Desde luego, el escritor no dudó en leer el texto y aprobarlo y Sean Penn rodó uno de los filmes más importantes de los últimos veinte años en los Estados Unidos.

Pero Penn es un individuo de registros varios (y sin concesiones) que puede rastreárselo en títulos diversos la emblemática Colors, de Denis Hopper; Estado de gracia en la que conoció a su actual esposa Robin Wright; Mientras estés conmigo haciendo un condenado a muerte confortado por una monja que compone brillantemente Susan Sarandon; la terrible odisea pero obra maestra de Terence Malick, La delgada línea roja, en la que Penn anunció pos rodaje que no actuaría nunca más, algo que evidentemente se arrepintió. Después llegarían las impecables Río místico, del maestro Clint Eastwood y 21 gramos del mexicano Alejandro González Iñárritu. Un Sean Penn sin concesiones porque, como él lo ha asegurado, «ser concesivo es creativamente criminal».

Etica y estética, entonces, al servicio del cine a gran escala resolutiva. Y personaje audaz y a la vez reflexivo, intachable en sus procedimientos y en sus hechos, viajó en dos oportunidades a Bagdad (de ahí que la farándula le haya colocado el apodo de «Bagdad Sean») para ver in situ, lo que estaba verdaderamente ocurriendo. De allí salieron publicaciones severamente críticas contra el presidente George W. Bush y sus cortesanos en diarios como The New York Times, The Washington Post y últimamente en el San Francisco Chronicle (ver fascímil) por su demencial intervención militar en Irak.

Sean Penn nunca había concurrido a una ceremonia de entrega de los premios Oscar. Lo hizo, aclaró, por el maestro Clint Eastwood. Pero, de igual modo, el productor de la ceremonia Joe Roth, les sugirió tanto a Penn como a otro inmenso como Tim Robbins (Oscar a mejor actor de reparto) que, si llegaban a obtener un galardón, no se fuesen de mambo en sus respectivos speechs. Robbins, quien ha dicho en su oportunidad estar en contra de «este bombardeemos un país nuevo porque no sigue nuestra dirección. Me opongo a ese costo de vidas humanas. A poner soldados norteamericanos en riesgo y cambiar de tema para que los republicanos mantengan el control», solamente a un breve discurso de agradecimiento aunque apareció en su solapa un símbolo de la paz, no se necesitaban entonces las palabras.

Sean Penn, el iracundo, no pudo consigo mismo y le cantó las cuarenta, a pesar de las advertencias de Joe Roth. Dijo: «Si algo saben los actores que no existe, como las armas de destrucción masiva, es la buena actuación».

Toda una lección de humanismo que se transformó en lo mejor de la pobre ceremonia del Oscar. Precisamente de un actor mayor y de un humanista. *

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