ARTE

Hermoso Parque con Memorial en el Cerro

Unas décadas atrás se podía acceder por una lancha que atravesaba la bahía, en un paseo muy disfrutable que habría que reponer. Ahora, para llegar al Cerro, es inevitable la vía terrestre. Los ómnibus tienen la terminal al pie del Parque Vaz Ferreira, al oeste de Montevideo.Es un parque con importante relieve con árboles agrestes (ceibos, pinos) que se extienden por un relieve importante de impactante hermosura. Aunque no es un parque peatonal, hay bancos (dos de cemento parecen una suave alusión surrealista) y el visitante puede internarse para disfrutar de un amplio remanso de tranquilidad que no se encuentra en ninguna otra zona de la ciudad. Porque además, desde lo alto, está la espléndida vista sobre la bahía y, y más cerca, la bien solucionada rambla que bordea la playa. Otra ciudad, realmente.

El atractivo del Cerro no se focaliza sólo en la Fortaleza y el Museo Militar, dos tópicos del turismo. Aunque como todo barrio montevideano está afectado de deterioro y ya no es la sede histórica de la industria frigorífica, conserva, en el imaginario colectivo, esa condición, por la importancia que tuvo para el desarrollo económico del país y por las luchas obreras que allí se sostuvieron. Barrio de casas bajas con jardincito, donde se prolonga la vieja tradición de tomar mate en la vereda o simplemente compartir la charla con los vecinos, entre sus calles maltrechas se advierten construcciones de gran riqueza arquitectónica firmadas por Luis Vaia, una personalidad que el Centro Cultural Florencio Sánchez (con empinada y regular vocación formativa) supo rescatar hace algunos años. En sus buenos tiempos, el Liceo supo aplicar el Plan Piloto y enriquecer la enseñanza media, mientras el pintor José Gurvich atraía hacia su casa-taller a otros artistas torresgarcianos. Una innegable cuota de nostalgia recorre ese ayer cercano. Lentamente, demasiado quizá, se ha venido recuperando el «Pinachullo detentio», como lo llamó Américo Vespucio cuando ante ese pináculo se detuvieron sus carabelas a principios del siglo XVI: la construcción de la rambla y la terminal de ómnibus y, desde hace dos años, la implantación del Memorial de los Detenidos Desaparecidos. Son, junto con el Club de Golf, aspectos a tener en cuenta en una visita. Es una pena que falte, desde el cruce de Carlos María Ramírez y Grecia, y aún antes, desde Paso Molino, la señalización adecuada para llegar al Parque Vaz Ferreira y al Memorial y que la comuna capitalina no divulgue su existencia a través de los medios de que dispone (televisión, paneles electrónicos, folletería accesible y visible desde las oficinas y agencias turísticas).

Memorial premiado y agredido

El Memorial de los Detenidos Desaparecidos es un proyecto de la Intendencia Municipal de Montevideo y de Madres y familiares de uruguayos detenidos desaparecidos, en 1998. Del concurso realizado en 1999, el primer premio recayó en el proyecto presentado por los arquitectos Martha Kohen y Ruben Otero y la colaboración de Diego López de Haro, Pablo Frontini, Mario Sagradini y Rafael Dodera. Sin duda, el equipo tuvo en cuenta el Memorial de la Guerra en Vietnam, de Maya Lin, en Washington D. C. Con algunas variantes. El referente es un muro de mármol negro pulido donde se inscriben 57.939 nombres, localizado directamente sobre el terreno apenas ondulado. En el Cerro, se utilizó un vidrio de alta resistencia en dos muros dobles enmarcados en metal, apoyados en una estructura geométrica de cemento y dejando ver, al costado, la roca natural que, por sí sola, es una provocación estética. Se manejaron varios valores simbólicos: el acceso se hace de acuerdo a una peregrinación a un lugar de meditación; los árboles sugieren el apoyo de la sociedad al develamiento de la verdad; la excavaciones en el terreno, la intrincada búsqueda de la verdad; la irregularidad de piso rocoso, la incomodidad que el tema provoca; el vidrio, la fragilidad de la existencia y su interrupción visual con la naturaleza, el ocultamiento y el misterio de la desaparición.

La idea está bien resuelta. Quizá se impone en exceso la racionalidad de los materiales (cemento) y la rigidez geométrica de la composición que debió ser más libre y abierta, más inserta en el suelo, emergiendo de él. Tampoco es muy feliz el caracoleante camino bituminoso (demasiado artificial e impositivo en su negrura, mientras falta un sendero para circular en el memorial) bordeado de columnas de acero con iluminación antivandálica para la visión nocturna.

El vandalismo se produjo igual. El atentado de hace unos meses partió uno de los vidrios. Así como la obra maestra de Marcel Duchamp (El Gran Vidrio), al ser transportada sufrió daños que no fueron corregidos, sería deseable dejar el testimonio de esa agresión como incorporación viva al Memorial, redoblando el simbolismo. Ahora se instaló una guardia permanente durante el día y la noche.

Declarado de interés nacional por el Poder Ejecutivo en el año 2000, el Memorial de los Detenidos Desaparecidos fue premiado en las bienales de arquitectura de Quito (premio compartido) y San Pablo. Constituye uno de los monumentos públicos más valiosos, por la actualidad de su realización y la intensa vigencia del tema, con permanente agregado de nombres y una polémica que no cesa. Por eso, las autoridades municipales deberían reforzar su divulgación y los caminos para llegar con facilidad, indicando y popularizando como destino final en ómnibus de recorrido urbano, Memorial, Cerro. *

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