"Ser concesivo es creativamente criminal"
Cuando Sean Penn está preocupado o enojado sus ojos celestes se contraen y su ceño se frunce más de lo habitual. Pocos actores se le comparan cuando se trata de introspección agonizante o una súbita exhibición de violencia física y nadie puede igualarlo para combinar las dos. Madonna, con quien Penn estuvo casado en los 80, lo describió como un «cowboy poeta» y su trabajo combina una inteligencia y una fina sensibilidad con la imagen de vida dura de un muchacho loco de escuela estadounidense. El actor es un abierto opositor a la guerra con Irak, sacando solicitadas de una página para expresar su opinión en el Washington Post y The New York Times. Hizo dos viajes a Bagdad, en lo que parecen haber sido condiciones duras y con riesgo personal, en diciembre de 2002 y luego en noviembre de 2003, poco después de la captura de Hussein. El informe de Penn sobre la segunda visita apareció en el San Francisco Chronicle el mes pasado.
Durante algunos de sus momentos menos buenos, con Madonna en la terrible Shanghai Surprise (1986) o con Robert De Niro como convictos disfrazados de sacerdotes en No somos ángeles (1989), pocos predecían que Penn podía mantener la forma. Había hecho personajes que eran lo opuesto a lo agradable: hombres complicados, entrampados entre sus demonios y una humanidad básica. La mayoría de sus películas, con excepciones como Mientras estés conmigo (1995), fueron éxitos de crítica que no lograban ganar dinero. El grita su desprecio por Hollywood, tanto como para mudarse a San Francisco con la actriz Robin Penn Wright, a quien conoció mientras filmaba Estado de gracia (1990) y con quien se casó tras una tormentosa relación de seis años. Tiene dos hijos, Dylan Frances, de 11, y Hopper Jack de 9.
Cada tanto anuncia su intención de retirarse. Pero aquí está, todavía uno de los actores más ocupados, su estrella todavía en ascenso. Acaba de ganar un Globo de Oro y se aseguró su cuarta nominación al Oscar por Río místico, de Clint Eastwood. Como un ex matón cuya hija es asesinada, muy posiblemente por su amigo de la infancia, el actor brindó no sólo una de las mejores actuaciones del año, sino uno de las mejores en el cine en el último medio siglo. Cuando recibió un premio a su trayectoria en San Sebastián, convirtiéndolo a los 43 años en el honrado más joven del festival, todos pensaron en un justo reconocimiento a una carrera sustancial.
Penn trabajó casi exclusivamente con directores estadounidenses como Brian De Palma (Pecados de guerra y Carlito’s way), David Fincher (The game) o Woody Allen (Dulce y melancólico). «Aunque resulte vergonzoso, no soy muy cinéfilo», admite. «Crecí como público de películas estadounidenses en los 70, cuando sucedían un montón de cosas y yo estaba influido por ellas. No tenía gran interés en el cine internacional, pero desde entonces me puse un poco al día»
Pero está ampliando sus horizontes: aparece brevemente en la fantasía de ciencia ficción del director danés Thomas Vinterberg, It’s All About Love, aunque para verlo con todo esplendor hay que ver 21 gramos del mexicano Alejandro González Iñárritu. Su próxima película, El asesinato de Richard Nixon, está producida por Alfonso Cuarón, el director de Y tu mamá también.
Penn no apareció el mes pasado para los Globos de Oro y nunca se presentó para los premios de la Academia. «Durante unos seis meses te analizan con respecto a lo que sentís y más importante, lo que vas a usar», dice. «Luego te invitan a ser un extra en un show de televisión malo, fotografiado aplaudiendo películas que a lo mejor no te importan mucho. Los Oscar reconocen algunas cosas maravillosas y también pasan un montón de estupideces. A menudo me encuentro asombrado. Finalmente participar se reduce a algo socialmente incómodo».
Sin embargo, ahora irá a la ceremonia de esta noche en el Kodak Theatre de Los Angeles, por solidaridad con Eastwood, a quien describió como «el icono menos desilusionante del cine estadounidense». Penn y Bill Murray, de Perdidos en Tokio son los favoritos para el rubro Mejor Actor. Y como Murray tampoco suele tenerle mucho respeto a Hollywood, es delicioso especular cuál de ellos dará el discurso de aceptación más mordaz. Penn puede usar la ocasión para hacer un comentario político en el estilo de Michael Moore el año pasado. Aunque su padre, Leo, un director de cine y TV, estuvo en las listas negras en los 50, el nunca fue antes un radical de Hollywood o ni siquiera señalado por sus opiniones de izquierda: «No soy un demócrata, no soy un republicano, no soy verde, no estoy alineado a ningún partido», declaró en el New York Times.
Pero ahora sus actividades lo convirtieron en el muchacho poster del movimiento anti-Bush, y un blanco principal para las diatribas contra aquellos que se oponen a la guerra. Penn es uno de los actores de primera fila de ataque en la reciente aparición de libros bestsellers con títulos tales como Shut up and sing, The terrible Truth about liberals, Tales from the left coast y Off with their heads.
«Estoy seguro de que soy mucho más auténticamente patriota hacia Estados Unidos que mi actual presidente», dice. «»o sólo somos actores y cineastas, sino también seres humanos que a veces son provocados. A veces tenemos una cámara en las manos y un guión listo y otras veces hay una necesidad para un tipo de respuesta más inmediata. No creo que se pueda ser un artista creíble sin que la voz sea escuchada cuando tanta gente se está muriendo día tras día, mientras nosotros estamos sentados cómodamente en Estados Unidos. La gente tiene la obligación de hablar y yo soy uno de ellos».
La política figurará en sus dos próximas películas. El asesinato de Richard Nixon se basa en una historia verídica de un fracasado vendedor de muebles (Penn) que trató de matar a Nixon en 1974 secuestrando un avión e incrustándolo en la Oficina Oval. «Sí, una vez más, estoy en una película del año siéntase bien», dice irónicamente. También está por empezar a rodar The interpreter, un thriller con Nicole Kidman sobre un complot de asesinato en las Naciones Unidas.
«Yo no me llamaría un rebelde», confiesa. «Pero hay un nivel necesario de insatisfacción que, como resultado, es importante porque ser complaciente es creativamente criminal. Es una lucha constante por encontrar la propia voz y ser leal a ella». *
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