El buen sirviente
No en vano algunos investigadores o cientistas sociales advierten los riesgos derivados de la pérdida de identidades culturales, provocada particularmente por una despiadada globalización.
Contemporáneamente, la colonización no se limita a la mera dominación económica mediante el chantaje de la deuda externa o los intentos de arrasar soberanías nacionales, sino también a otros fenómenos no menos inquietantes que se perciben cotidianamente.
La revolución informática –teóricamente beneficiosa por la posibilidad de universalizar el conocimiento– se transforma, en cambio, en un instrumento de penetración y expansión imperialista.
Otro tanto sucede con la parafernalia mediática instalada en nuestros hogares, que –transformada en un auténtico poder– incentiva el consumismo y suele difundir una concepción de la vida que tiene mucho de espejismo y poco de realidad.
Sin embargo, no todo se limita a la venta de productos de consumo masivo, sino –particularmente– a la difusión de la cultura del éxito fácil, que habitualmente contradice nuestros códigos éticos e idiosincrasias.
Esa auténtica artillería visual que se cuela inadvertidamente en nuestra intimidad, tiene igualmente otras connotaciones, ligadas a la política. Hoy, salvo excepciones, el contacto directo entre los dirigentes partidarios y sus adherentes ha sido reemplazado por la imagen proyectada en los receptores de televisión.
La pantalla chica, empleada a la sazón como un instrumento colonizador de conciencias, no es –como sería deseable– un potencial trasmisor de valores y constructor de identidades colectivas. Particularmente en las naciones dependientes como la nuestra, este proceso esta coadyuvando lamentablemente a la construcción de un nuevo imaginario, que desestima o distorsiona grotescamente muchas de nuestras tradiciones más ancestrales.
No obstante, sería muy simplista deducir que las identidades están solamente amenazadas en los países del Tercer Mundo, territorio recurrentemente saqueado por los apetitos imperiales. También la milenaria Europa afronta una seria epidemia de vulgarización y vaciamiento cultural.
Los autoritarismos, que habitualmente se sustentaban y en algunos casos aún se sustentan en poderosos aparatos represivos, han sido reemplazados por otras formas de encubierto tutelaje.
Ahora, el amo supremo es el mercado, esa suerte de bestia mitológica global que determina –sin el menor pudor– si un país debe crecer, mejorar su calidad de vida o precipitarse al insondable abismo de la miseria, por la aplicación de ajustes estructurales o despiadadas recetas recesivas.
En este mundo tan convulsionado, en el que lamentablemente perduran las guerras, los autoproclamados gendarmes universales y las políticas del garrote, sobreviven los sentimientos humanos.
Los afectos están cada vez más expuestos a la influencia de los factores exógenos, como la desestructuración familiar, la desocupación, la violencia doméstica, entre otros males.
Otro fenómeno que atenta contra los lazos afectivos es naturalmente la emigración, que se traduce en un masivo éxodo desde los vapuleados países subdesarrollados. Actualmente, nuestro primer producto de exportación son los propios uruguayos, particularmente los más jóvenes.
En «El buen sirviente», la laureada escritora compatriota Carmen Posadas, radicada desde 1965 en España, construye un intenso fresco existencial, que explora –en clave irónica– el siempre turbulento universo de los sentimientos y los mutables paisajes de la posmodernidad.
Su primera novela, «Cinco moscas azules» (1996), fue considerada por la crítica como una obra literaria de envergadura, que «saca sin rubores a la superficie el hedor inquietante de las alcantarillas que discurren bajo los oropeles de la alta sociedad madrileña».
En 1998, con «Pequeñas infamias», Carmen Posadas obtuvo el prestigioso premio Planeta. En esta segunda novela, la autora construye una tortuosa intriga, que combina hábilmente el género policial con el folletín, en clave de humor negro.
La escritora uruguaya es también autora del libro de relatos «Nada es lo que parece», de una docena de obras para niños y de una biografía novelada sobre Carolina Otero, intitulada «La bella Otero» (2001), que será próximamente adaptada para cine.
En su ya profusa producción literaria, Carmen Posadas ha revelado una particular sensibilidad para observar los ritualismos y frivolidades de la sociedad de la posmodernidad, a la que suele desnudar con todos sus claroscuros, sus miserias y ambigüedades.
«El buen sirviente» es una parodia de ese universo humano que la autora retrata con tanta agudeza, poblado de personajes solitarios y huérfanos de afecto, que luchan por sobrevivir en condiciones particularmente adversas.
Una fotógrafa cuarentona y solitaria, una madre viuda y posesiva que compite con su hija, un galán uruguayo emigrado con frustrada vocación artística y un escritor peruano de guiones baratos, constituyen la compleja fauna que habita en las páginas de este intrincado relato.
La autora describe minuciosamente los territorios cotidianos que transitan estas criaturas de ficción, que alternan sus consuetudinarias soledades con un submundo de empedernidas frivolidades, donde el engaño, la doble moral y la cultura del éxito apócrifo reemplazan a los sentimientos.
El buen sirviente del título es el «escribidor» incaico, un artista de la pluma que –para subsistir en mínimas condiciones de dignidad — debe crear descabellados libretos para una productora semiclandestina de programas «basura» que trabaja por encargo.
En torno a este personaje, que en cierta medida marca el rumbo cardinal de la anécdota novelesca, se agitan desenfrenadas pasiones, amores imposibles, secretos nunca revelados, celos enfermizos, frustraciones y conflictos sentimentales a granel.
Aunque Carmen Posadas emplea un lenguaje irónico y desenfadado para describir personajes y no menos insólitas situaciones, la parodia –por momentos– asume el formato narrativo de una tragedia griega posmoderna.
Paradójicamente, en un momento histórico gobernado por la tecnología de vanguardia, la soledad y la incomunicación asumen un rol protagónico. En esta historia, las madres sólo dialogan con sus hijas mediante contestadores telefónicos y los «amigos» comentan sus vicisitudes mediante mensajes depositados en casillas de correo electrónico.
En algunos casos, aunque pueda parecer inverosímil, los gatos son mejores compañeros de convivencia que los humanos, hasta transformarse en personajes con identidad propia.
Aunque el relato está rodeado de una atmósfera casi almodovariana por su intensa y permanente apelación al humor y al melodrama, las miserias humanas gotean lenta pero caudalosamente, hasta desembocar en un turbulento océano de conflictos y sentimientos siempre encontrados.
Los personajes buscan obsesivamente su identidad, en una jungla de contradicciones, dudas, incertidumbres, amores que producen más dolor que placer y sueños despiadadamente tronchados por el destino.
Todos, de algún modo, conviven con una personalidad paralela, que puede expresarse –según los casos– mediante la voz de la memoria, el mandato de la conciencia o las enseñanzas del propio conocimiento empírico.
Carmen Posada no duda en recurrir a la fábula o el mito, para desnudar las ambigüedades, las dobles morales y los ritualismos de una sociedad colonizada por el snobismo y el seudointelectualismo.
Resultan ciertamente muy disfrutables y sugestivos los guiños a la literatura clásica, cuando la autora reflexiona sobre el destino, los Faustos modernos que venden sus almas a cambio de deseos imposibles y la contemporánea sedu
cción que ejerce el propio Satanás como símbolo de la transgresora seducción del pecado, en una sociedad aún pacata y conservadora.
Los territorios novelescos de la autora uruguaya también están poblados por algún que otro personaje típico de la narrativa latinoamericana, que conviven bajo la aureola del realismo mágico.
«El buen sirviente» mixtura el romance con el drama de la soledad, la incomunicación, los celos y la frustración, pero también alude –en lenguaje bastante explícito– al estigma de la emigración y la desocupación, entre otros tantos traumas de nuestro tiempo.
Carmen Posadas revela nuevamente su fina percepción para hurgar en los laberintos del alma humana, poniendo bajo su aguda lupa la cruda frivolidad de un tiempo histórico decadente y enfermo de angustias e incertidumbres. *
(Editorial Planeta)
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