Agudezas e ingenio

Ayckbourn reitera cualidades y carencias. Para aguzar su fabuloso virtuosismo, se plantea ingentes dificultades, y triunfa de ellas. Hay una escenografía ingeniosa: se ve entera la planta baja, se ve un metro y medio a partir del piso de la planta alta y un metro y medio, a partir del techo, del sótano. Ello permite ver la acción, que se desarrolla, a veces simultáneamente en las tres plantas; sé lo que ocurre por completo, si sucede en la planta baja; pero debemos adivinar qué sucede cuando hay actividad en el subsuelo o en el piso de arriba. Se admira el ingenio y la gracia del ocurrente autor, se admira también su oficio en el trazado de los personajes, que se ponen de pie con un par de líneas del diálogo; pero al fin uno se pregunta para qué se precisa tanta y tan compleja escenografía. La pregunta tiene su fundamento, porque si bien la visión parcial de las habitaciones y la visión simultánea de dos o tres permiten buenas situaciones, como cuando Nikki (Alejandra Wolff) canta en la bañera mientras su novio Alejandro (Luis Manzione) y su amiga Bárbara (Andrea Davidovics) suben a la planta alta a hacer el amor, ese trajinar escaleras arriba y abajo llega a conspirar contra el dinamismo de la obra, que tiene sus baches. La historia es la clásica de las parejas que se cruzan en mal momento; hay un antagonismo inicial que se transforma en amor, reforzado más tarde por una escena de lucha libre, tras la cual la pasión se abre, tan radiante como maltrecha.

En la dirección Jorge Denevi fue como siempre enérgico e incisivo y hay una actuación sobresaliente. Davidovics cumplió cabalmente con su papel de seductora en hibernación que despierta al circuito del amor; Luis Manzione estuvo en una de sus mejores actuaciones de comedia, siempre dentro del personaje, en sus más mínimos detalles, con una difícil naturalidad y tan expresivo como sobrio; Alejandra Wolff, cuyas excepcionales cualidades son conocidas, nos sorprendió al sacar un brillante partido, que no esperábamos, de un personaje que en otras manos podría adelgazarse hasta la caricatura; Miguel Pinto hizo en forma inmejorable el papel más arduo, el cartero, servicial y enamorado, del subsuelo. La obra tiene chispa, hasta diríamos que luces de bengala, pero apagados los fuegos, apenas quedan las cenizas. *

Las cosas que hacemos por amor, de Alan Ayckbourn, en traducción de Susana Anselmi, con Andrea Davidovics, Luis Manzione, Miguel Pinto y Alejandra Wolff. Escenografía de Osvaldo Reyno, vestuario de Nelson Mancebo, iluminación de Bimbo Depauli, música de Ricki Musso, dirección de Jorge Denevi. En Sala Verdi.

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