El largo y tedioso camino a casa
Es como una versión devaluadísima de Lo que el viento se llevó, si es que pueden permitirse trazos comparativos. Un foletín con barnices románticos que posee diálogos y a la vez soliloquios por momentos de una escolaridad alarmante que van explicándole al espectador lo que está viendo en la concatenación de imágenes y secuencias. Muy fuerte, sí señor.
Es una película, Regreso a Cold a Mountain, en principio tediosa y sin ninguna novedad temática que renueve la tradición del género, ni tampoco con una mirada histórica rigurosísima en los datos, ni muchos menos con un oxigenante corpus ideológico en tanto lectura de lo que fuese la siniestra Guerra de Secesión entre yankees y confederados. Y es, en definitiva Regreso a Cold Mountain, una película solamente de momentos, apenas de algunos momentos donde la capacidad de Anthony Mighella (El paciente inglés) se desafía a sí mismo y logra cuadros de auténtica fibra dramática y en consecuencia de grata resolución. Pero hay tanta pretensión y a veces gratuidad que finaliza cayendo en una epidermis de discurso que dan ganas de levantarse de la butaca y buscar algún asunto mejor.
El filme nunca llega a convencer ni tampoco a convencerse a sí mismo de esta historia de un individuo (Jude Law, uno de los mejores actores británicos por su variedad de registros en títulos Shopping o Gattaca, aquí maniatado por un personaje al que el libreto no le otorga densidad alguna, salvo su ejercicio bienhechor) que hará todo lo posible para sobrevivir a los estrépitos insanos de la guerra civil, y así, regresar a casa y también a los brazos de su enamorada (Nicole Kidman, apenas correcta).
El guión es su peor enemigo: líneas y parlamentos que son un festival de lugares comunes y que terminan conspirando en forma severa contra el fluir del relato y que, por tan predecibles y folletinescos, irán construyendo un melodrama encima de un melodrama: no es otra cosa Cold Mountain.
Es un título que posee más métrica de un telefilme episódico de los que puede verse por alguna señal de cable que de una epopeya que viene a ser el simulacro de la idea de lo exuberante, de en rigor un filme grandilocuente que posee siete candidaturas al Oscar y en la que, por lo menos, todo indica que Renée Zellweger (la mujer con acento sureño que ayudará a mantener su fortaleza anímica y financiera al personaje de la Kidman) tendrá su estatuilla como actriz de reparto.
No obstante, la película que tiene un comienzo espectacular con un bombardeo mediante canales subteráneos por parte de los yankees; algo que en la realidad ocurrió exactamente al revés, fueron los confederados los que lo hicieron en un enfrentamiento en Virginia, error histórico logra elaborar personajes periféricos que son decididamente los que enriquecen la narración.
Los diez minutos que suman las apariciones de dos inmensos como Philip Seymour Hoffman (un zafado sacerdote acusado de libertino) y Giovanni Ribisi (alguien que se hace pasar por tonto, pero que específicamente se dedica a la caza de soldados desertores) son definitivamente deliciosos. Así como la presencia de esa madre solitaria, en medio de la nada que compone Natalie Portman, le brinda el real sentido dramático a los impactos de una guerra demencial.
Como también lo es Kathy Baker en su puntilloso personaje de dama sureña vecina de la Kidman que sufrirá junto a su esposo la propia intolerancia y bestialidad sureña y ese trío de música country uno de ellos encarna al padre del personaje de Zellweger que desmenuzan una serie de canciones que ennoblecen sabrosamente la banda sonora del filme.
Y está René Zellweger. Su performance, en lo personal, no supera al personaje maravilloso y conmovedor que compuso Marcia Gay Harden en la excelentísima Río místico, de Clint Eastwood.
Pero la blonda actriz le saca el mejor provecho expresivo a un personaje que aparece como emblema de esta historia de amor. Porque es el amor el que sobrevivirá a tanta muerte y barbarie en Cold Mountain. Así de simple. Descartable. *
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