Premios y premios
Desde luego no es un deportista, ni siquiera un escritor nobelizable, un actor o director de cine. La Feria Internacional de Arte Contemporáneo ARCO, en su edición 23ª, efectuada hace pocos días en Madrid, distinguió al montevideano Martín Sastre, de 28 años, residente en la capital española, con el primer premio adquisición (12 mil euros) por su video Montevideo, the dark side of the pop, de una duración de 15 minutos. El jurado fundamentó su fallo a favor de Sastre porque «A través del video y la performance reflexiona sobre el Star System y toda la parafernalia que lo rodea. En sus obras une personajes de la realidad y la ficción, y se introduce a sí mismo como ícono de masas, como un personaje más de la película. Su tratamiento une el documental, el cine de estilo hollywoodense, el videojuego y la televisión, acercándolo a una reflexión sobre el mundo del arte que no oculta una visión irónica y mordaz». La conceptual fundamentación fue la conclusión a que llegó un Jurado de excepcional categoría, integrado por Victoria Combalía, una de las más confiables críticas de arte de España, asesora de la Consejería de Cultura y Deporte de la Comunidad de Madrid, Vicente Todolí, un español director de la Tate Modern de Londres y ex director de la Fundación Serralves de Oporto, Portugal, Peter Dovoshenko, director del Museo de Arte Contemporáneo de Gantes, Bélgica, Manuel Borja Villel, director del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, Berta Sichel, del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Rafael Doctor Romero, director del Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y Aragón y Rosina Gómez-Baeza, eterna directora de ARCO.
Pocas veces un artista recibe de un tribunal de tan alta jerarquía internacional una distinción importante. Porque las premiaciones que circulan en todos los dominios (literatura, cine y arte), provenientes de certámenes muy divulgados, como los premios Nobel, Planeta, Oscar y otros, son recibidos con escepticismo al estar afectados de favoritismos ideológicos y comerciales. Ya nadie cree en la seriedad de sus fallos, aunque la distinción permita la divulgación de un nombre desconocido, a veces de méritos reales y otros no tanto. En las anécdotas (ciertas, por otra parte) registradas en torno a las premiaciones de las bienales de Venecia, por ejemplo, hay dos memorables.
Una, referida a Robert Rauschenberg, un legítimo triunfador (si es que el término se adecua a la cultura), y su genio indudable fue escandalosamente favorecido por un arsenal de propaganda instrumentado por la propia embajada estadounidense con una sensacional muestra de art-pop fuera del recinto de la Biennale. De modo que, lo que debió ser una limpia competencia, se convirtió en una patética seguidilla de presiones que indispuso a buena parte de los especialistas y el público en contra de Rauschenberg (ajeno a todo) en el estreno del Ballet Merce Cunninghan en el teatro La Fenice donde el pintor era el magistral escenógrafo. Sucedió en 1964 y las histéricas protestas empalidecieron las del estreno de Strawinsky en 1913 en París.
El otro, sucedió antes, cuando el argentino Antonio Berni recibió la condecoración como mejor grabador. Uno de los miembros del Jurado era, casualmente, el crítico argentino Jorge Romero Brest y, más allá de los méritos propios, la incidencia era notoria, tal como la practican los delegados de los centros del poder artístico.
En el caso de Martín Sastre no se corre el riesgo de asociaciones ilícitas. Este montevideano de 28 años se impuso por su propia obra y por una trayectoria, breve pero intensa, en el campo de la investigación en el cedé y videoarte.
Ya en uno de sus primeros trabajos, The E! true Hollywood Story, 2000, presentada en Montevideo en varias oportunidades, había puesto de manifiesto su agilidad para la narración autobiográfica y la parodia de conocidas series de televisión, desdoblado como intérprete de sí mismo que nada tiene que envidiar a Jorge Esmoris.
Es un talento fuera de serie y recibió el premio el día de su aniversario para festejar por partida doble.
De la misma manera vale la pena recordar a Juan Pedro Fabra Guemberena, otro uruguayo joven radicado en Suecia que, apenas egresado de la Escuela de Bellas Artes de Oslo, y sin trayectoria, fue elegido para la última Bienal de Venecia (ocupó un lugar privilegiado) por el propio organizador y seleccionado, a nivel mundial, para integrar el elenco de la exigente Feria de Arte de Basilea en junio próximo, entre otras ofertas de exposiciones individuales en importantes museos.
Estos dos hechos, prestigiosos para los dos artistas y para el país, no tuvieron, ni entre los especialistas ni en los medios de comunicación locales, el deseable registro informativo, oscilantes siempre entre la ignorancia y la distracción. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad