La épica se fue al mar

El australiano Peter Weir es, seguramente, uno de los cineastas más talentosos desde que se lo conoció con filmes de un embalaje independiente como Gallipoli o La última ola. Después llegaría la tentación hollywoodense, y Weir mantuvo, si se quiere, una hechura de acuerdo a su generosa creatividad cinematográfica, y piénsese en títulos como La costa Mosquito e insluso las polémicas, por diversos motivos, La sociedad de los poetas muertos o Sin miedo a la vida o la impresionante El show de Truman.

Es un cineasta cuidadoso hasta en sus mínimos detalles, ya sea en la escritura de sus guiones o en la adaptación de ellos, en el uso del vestuario y de los personajes y, sobre todo, en la destreza con que maneja su cámara y en consecuencia en el resultado de su caligrafía visual.

Capitán de mar y guerra, su nuevo opus con diez candidaturas al Oscar, trabaja sobre la saga de las novelas épicas que escribió Patrick O’Brien en torno al conflicto bélico entre ingleses y franceses en la era napoleónica. Y, a partir de allí, con roles centrales de Russell Crowe (un actor asimilado por la retórica y sus tics, al punto que se extraña ya su formidable lejano personaje de Los Angeles al desnudo) y de Paul Bettany (brillante performance como el médico del buque), Weir despliega una especie de versión de Capitán Ahab versus la ballena blanca en los turbulentos mares del sur. O sea, el seguimiento de una obsesión: la del capitán (Crowe) persiguiendo a una fragata francesa hasta que pueda llegar a hundirla.

No hay mucho más en el filme. Acaso digresiones, como el ímpetu naturalista del médico al llegar a las Islas Galápagos y qudar azorado con la fauna y flora con la que se topará allí y, en particular, la intensa y hasta a veces conflictiva relación entre capitán y médico.

Weir propone la mirada histórica con una reconstrucción por momentos fascinante, si se piensa en los buques, en la variada gama de personajes de la tripulación y del código naval al que estrictamente están sujetos.

Por momentos, la historia llega a rozar genuinamente zonas emotivas. Pero el epílogo se adivina a los 30 minutos de metraje. No es el mejor ejemplo de cine de Weir, y acaso sean excesivas las candidaturas que obtuvo para el Oscar. Pero es un director soberbio de personajes y de climas. *

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