PERDIDOS EN TOKIO, DE SOFIA COPPOLA

Los solitarios también pesan el mundo

Esos solitarios urbanos traduciéndose en Tokio parecen o son, tal vez, una metáfora de la neomodernidad y hasta individuos handkeanos. que se topan en una pesada urbanidad para pesar el mundo y sus alrededores, sus acústicas y sus miserias privadas, su sistema de pertenencias y desprendimientos, sus desconciertos y sus principios de deseo. Y hasta sus silencios, que son casi como plegarias de un amor que se intuye, se olfatea, se amaga y desde luego se acalla, construye una poética minimalista que tiene puntos altos de emotividad.

Ese actor en decadencia, arlequín de sus propios excesos (que el Oscar sea para Bill Murray, por favor, por haber fundado y desarrollado el mejor acting de su peripecia artística como comediante o lo que sea) que se desenvuelve entre chistes menores para quienes los contrataron (para grabar un spot publicitario de whisky) y esa lolita desolada y atractiva (y abandonada en el noise de la inmensidad de Tokio por su esposo, encarnado por el gran Giovanni Ribisi) se mercen esa idea de vamos a ser gigantes que desplegaba el alemán Wim Wenders en el epílogo de Las alas del deseo.

Sofia Coppola derrocha sensibilidad y minuciosidad en la construcción de esta enmascarada balada rota que bien podría estar subrayada por «Helpless» del innmenso Neil Young. De igual modo la anécdota funciona espléndidamente a partir de esos seres que se pasan en limpio su campo afectivo, trazan una cálida complicidad, se ríen y a la vez enmudecen: son rostros en la multitud y al mismo tiempo espejos de sí mismos en el aire de un vacío que va llenando sus containers con barnices de ternura, de gestualidades tanto lúdicas como emotivas.

Perdidos en Tokio (Lost in translation) es una pequeña obra maestra. Una obra de alfarero. Y ese mérito corresponde al talento ya consolidado de Sofia Coppola por varias razones: porque se puso al hombro la idea de autor y trabajó con un presupuesto menguado en relación a las megaproducciones hollywoodenses y porque persiguió y persiguió a Bill Murray hasta que logró convencerlo de que ese personaje tan aprehensible y entrañable solamente podía amarrarlo desde sus notables dotes expresivas.

Perdidos en Tokio es un triunfo del cine independiente en el más noble sentido del término. Los climas y las ambientaciones, el rodaje de los personajes, los diálogos sabrosísimos, nunca monótonos atrapan a los espectadores.

Todos están pendientes de este falso melodrama que no llega a la estridencia ni a los golpes bajos. En todo caso, desde su escritura visual, funda una poética perdurable y conmovedora. *

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