El itinerario de un actor exuberante
No hace mucho Daniel Hendler me confesó, en una visita a Montevideo por motivos profesionales, que lo halagaba muchísimo que el público lo afiliara con Leo Maslíah, con sus modos y esa formulación humorística. Y Hendler se atrevió aun a decir más: que había crecido escuchando a Leo Maslíah y hasta que había intervenido en alguna de sus piezas teatrales, además de generarle internamente una situación de auténtica admiración por el músico y dramaturgo.
Lo cierto es que en esa conversación Daniel Hendler señaló, asimismo, que su crecimiento en el universo del cine se lo estaba tomando con mucha calma. Paso a paso. Y, sobre todo, en ese contexto estudiar puntillosamente los proyectos y aprobarlos o desecharlos a partir de un rigor selectivo que, hasta el momento, nunca ha faltado a la cita. Ni tampoco esa medida dosis de técnica e intuición que lo ha catapultado como un actor exuberante, versátil y de rango ya internacional al obtener el Oso de Plata con El abrazo partido, de Daniel Burman, título que por otra parte se alzó con el premio del Jurado de la Berlinale. Con Burman ya había trabajado en la estupenda Esperando al Mesías (2000) un registro de cuño costumbrista de trazo sutil, que no elude el romance y que vierte barnices de humor judío para un puñado de historias sobre personajes de una clase media venida a menos en la Buenos Aires recesiva de finales del siglo XX. De tales historias asoma la de Ariel (Hendler), un joven judío con problemas de identidad, y la de Santamaría, un empleado bancario al que una crisis financiera deja sin trabajo, matrimonio y hogar.
Al año siguiente, el actor uruguayo había rodado Sábado (2001), de Juan Villegas, relata la historia de un sábado monótono y de tres parejas de jóvenes que ahondan en sus insatisfacciones afectivas y en sus principios de deseo no cumplidos como comprobación del signo de los tiempos en una Buenos Aires con una escritura visual despojada y poética.
Al mismo tiempo, Hendler se involucra en el mayor hallazgo de filme uruguayo como lo es, evidentemente, 25 Watts (2001), ópera prima de Juan Pablo Rabella y Pablo Stoll, sobre la peripecia de tres jóvenes vagamundeando por las calles montevideanas en una historia fragmentada, no lineal, en torno a la idea del no future que se instala en sus excesos, sus silencios y ese fluir incontinente, metáfora de un desasosiego entre perturbador y símbolo epocal. Hendler volvería a insistir con la pareja de cineastas que, en el transcurso de 2003, rodaron Whisky (estreno a confirmar), una historia de dos hermanos que se involucran en un turbulento triángulo amoroso.
No sabe, no contesta (2001), de Fernando Musa, trabaja en métrica de comedia un ensayo amoroso de dos jóvenes en la paisajística urbana bonaerense con un tono que no esquiva la frescura, solventes ambientaciones y diálogos amenos.
El fondo del mar (2003), de Damián Szifrón, sitúa a Hendler en un personaje que ciertamente lo desmarca de los anteriores que había abordado: la peripecia obsesiva y desesperante de un estudiante de arquitectura que siente que su novia (Dolores Fonzi) lo está engañando e ingresa en una pesadilla de la que no sabe cómo salir. Daniel Hendler está viviendo su momento de gloria. Ha trabajado severa y meritoriamente para que trepara al escenario de la prestigiosísima Berlinale y se alzara con el Oso de Plata.
Todo un gran actor, y uruguayo de pura cepa. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad