JULIO CORTAZAR (1914-1984)

El hombre de los ojos de pez

Tenía una mirada extraña y penetrante. Ojos alargadísimos cargados de esa rareza, la ternura. Ojos de pez que miraban absolutamente todo, como tratando de devorarse la comarca y el mundo que intentó explicar desde sus relatos y sus novelas, desde sus ensayos y sus abordajes periodísticos. Por eso su lema era: «Yo no busco, encuentro». Y ese fue desde que se largó a fundar literatura Julio Cortázar, del cual hoy se cumplen veinte años de su muerte: un individuo que buscó atentar contra la rutina y contra todas las formas de la retórica, aquello que con severa lucidez calificó como «la gran costumbre».

Pero, al mismo tiempo, fue un homo ludens: un individuo que tomó la territorialidad del ejercicio literario como el juego, todos los juegos, y allí están textos como La vuelta al día en ochenta mundos o las irresistibles Historias de famas y cronopios o esa travesía-testamento, celebración de la vida y a la vez ensayo amoroso que viene a ser Los autonautas de la cosmopista para comprobar el pulso del escritor que va mucho más allá de la solemnidad y fractura así todos los mandamientos y todas las reglas del establishment escritural.

Fue también el intelectual deslumbrante y alumbrador que decidió instalarse en París, pese a que le arreciaron críticas desde Buenos Aires, y tomó como suyos los tópicos urgentes de América Latina y de algunos hechos que conmovieron al mundo: apoyó (críticamente) a la revolución cubana y se entregó plenamente a la revolución sandinista (llegó a escribir un libro de relatos periodísticos al que llamó Nicaragua tan violentamente dulce), así como fue uno de los pocos escritores vinculados a la izquierda que públicamente, al promediar la década del 60, se declaró en contra de la por entonces intervención soviética en Checoslovaquia.

Pero Julio Cortázar fue muchas cosas a la vez: el novelista impar, unique y fascinantemente experimental que escribió Rayuela, tal vez uno de los textos de largo aliento fundamentales del siglo XX en lengua española. Habría (y hay) un antes y un después de Rayuela y seguirá habiéndolo: esa novela-río y de tono inconfundiblemente existencialista provocó –al momento de su publicación– polémicas incesantes entre los intelectuales latinoamericanos

Después hubo imitadores y, ya se sabe, pura hojarasca. Así, para regocijo de los autores, se dividieron los fans –por así designarlo– de Rayuela y los fans de Paradiso, otro texto vertebral del novelista cubano José Lezama Lima. Una competitividad por fuera de los autores como también lo fuesen, por esos años, Los Beatles versus Los Rolling Stones en el universo excitante de la cultura rock.

El experimentador lúdico y lúcido, meditador profundo y certero del rol del intelectual que ya había insinuado algunos de sus ases estilísticos y narrativos en su primera novela Los premios, consagraría por lo tanto con la edición de Rayuela un texto faro que lo situó a la cabeza de los autores del llamado boom latinoamericano (entre los que se encontraban con novelas también decisivas Gabriel García Márquez con Cien años de soledad; Carlos Fuentes con La muerte de Artemio Cruz; Mario Vargas Llosa con La ciudad y los perros; José Donoso con Casa de campo, entre otros textos de capital importancia) a partir de una torsión del lenguaje y de un diseño formal absolutamente innovador. Una forma de entregarse a la modulación de un corpus lingüístico y una estética tan refinada como revulsiva que daría otro campanazo con la edición de 62, modelo para armar y que, más tarde, llamaría a una polémica de colisión, más bien de gesto áspero, tanto desde adentro de la izquierda y la derecha política, cuando Cortázar fundó su novela El libro de Manuel.

Para muchos, no obstante, fue mejor cuentista que novelista. Y un poeta menor, seguramente su flanco más débil, aunque en Prosa del observatorio fluye una caligrafía poética de corte barroco de una fineza superior. Pero no se podrá eludir jamás al Cortázar cuentista: escribió personalmente el mejor cuento breve en lengua española («Continuidad de los parques») y asimismo el más extenso, casi una nouvelle en homenaje al cronopio Charlie Parker: «El perseguidor».

Pero también fue el cuentista de tonalidad fantástica si se piensa en textos superlativos como «Casa tomada o «Las babas del diablo», por citar solamente dos ejemplos, y el que se comprometió políticamente con textos como «Alguien que anda por ahí» (al Che Guevara) y la clara denuncia fascista que se ejemplifica en el brillante «Escuela de noche».

A veinte años de su muerte esa máquina de pensar y hacer que fuese Julio Cortázar aparece como un signo nobilísimo de la vigencia y la perdurabilidad.

Fue un escritor extraordinario y a su vez un humanista. Por eso seguimos queriendo tanto a Julio. *

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