ARTE

Para darse aire

El Museo del Parque Rodó hospeda, hasta fin de mes, varias muestras colectivas temporarias de interés. A Seis dibujantes uruguayos se agregan Moda & Arte, pinturas del músico griego Vangelis (ya comentadas aquí) y Juguetes para Icaro. Abanico de dos mares. Son cien abanicos seleccionados por la curadora (comisaria, continúan a decir en España, de connotaciones inquietantes) cubana Llilian Llanes, fundadora de la Bienal de La Habana y directora de las primeras ediciones.

La idea, surgida de circunstancias personales (el placer y el uso del abanico), se convirtió, casi sin proponérselo, en una colección que luego derivó a una exposición. La historia del abanico es fascinante. Surgido en las antiguas civilizaciones orientales (mesopotámicas, egipcias, chinas, japonesas) se fue transformando en el correr de los siglos y pasó a ser de un instrumento funcional de gran tamaño (abanico de brazo) para refrescar a los poderosos (laicos y religiosos) durante las ceremonias, a cumplir una función individual (abanico de mano), que es el más conocido y difundido. Formado de plumas de avestruz u hojas de árbol, tuvo una función restringida hasta que en numerosas sociedades, en tiempos estivales, lo consideraron un adminículo indispensable. Generalmente asociado a la mujer, se extendió también al sector masculino. Pues el abanico, si es cierto que cumple una función concreta, darse aire para tolerar mejor el calor, conlleva un significado artístico y simbólico, con sus variados códigos de comunicación. España se apropió del abanico como si hubiera nacido en sus tierras y pocos países europeos lo admitieron a pesar de distintos intentos por introducirlo. Sin embargo, si no se popularizó, las cortes aristocráticas inglesas y francesas lo usaron a partir del siglo XVI y XVII y famosos pintores contribuyeron a realzarlo como objeto de arte.

Son dos las variantes del abanico: el de varillas y plegable y el liso y rígido. Se han ejecutado de distintos materiales para el mango y varillas (maderas olorosas, marfil, carey, metal) y papel, seda, encaje, cabritilla o telas variadas para la parte superior (denominada país o paisaje), con el agregado de oro, plata y piedras preciosas según las épocas y países. Se incorporó al vestuario de la mujer como un elemento indispensable. Pocos objetos han resultado tan prácticos como el abanico y aún hoy sorprende que no se lo emplee por las personas en las más diversas ocasiones, sustituido (sin elegancia) por un diario, un papel doblado, una revista o cualquier otro recurso disponible. Las soluciones inteligentes y accesibles no parecen agradar a vastos sectores de la sociedad contemporánea.

Llilian Llanes acomete la osadía de proponer una aparente frivolidad luego de ser la descubridora del arte del Tercer Mundo, comprometido con urgentes problemas sociales y políticos. Nada más dogmático ni menos comprensivo del arte del abanico que suponer tal afirmación manteniendo el anacronismo de deslindar arte y artesanía, privilegiando las manifestaciones tradicionalmente admitidas en detrimento de las utilitarias. El abanico tiene sus códigos y sus infinitas lecturas, según sea la posición (cinco) y orientación (cuatro) empleada. La encantadora coquetería de la mujer (que culminó en el siglo XVIII, el siglo galante y del iluminismo, se prolongó con el romanticismo) utilizó el abanico como un instrumento insuperable de atracción o repulsión entre los sexos, de apertura al diálogo o al desdén. No hubo un código general sino que cada país, cada ciudad, lo adaptó a su cultura. Durante la invasión napoleónica, el abanico sirvió como arma política, de trasmisión de mensajes en su implícito codificado. Pero nunca perdió su carácter de objeto de arte. Los abaniqueros recurrieron a grandes pintores (Rubens, Fragonnard, Sorolla, For tuny, entre tantos otros). No es pues de extrañar que en la exposición cien artistas españoles (Manolo Valdés, Anzo, Miquel Navarro, Manuel Sáez, José Sanleón), cubanos (Tania Bruguera, Kcho, José Franco), argentinos (Nora Correas, León Ferrari, Nora Iniesta) y hasta Yoko Ono, desplieguen inventivas diferentes, creando incluso los propios abanicos (recurriendo a una hoja de papel plegado). Todo para darse aire o andar por el aire, como sugiere el título de la exposición. *

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