Epica y aventuras en alta mar
Los lectores de Patrick O’Brian habrán podido comprobar que el argumento de la película Capitán de mar y guerra, de Peter Weir, con rol protagónico de Russell Crowe, está inspirado en la décima novela de la serie, The far side of the world, cuya acción se desarrolla durante la guerra británico-estadounidense de 1822. Aunque basada sobre todo en esta novela, el filme lleva en su título el recuerdo de la primera de la serie, quizás en su deseo de garantizarse un buen futuro comercial entre los admiradores de la saga de O’Brian. Capitán de mar y guerra se trata de un filme que merece todo el reconocimiento, pues la empresa de llevar a la pantalla las aventuras de la fragata Surprise y de sus tripulantes no era fácil. En efecto, el guión (obra de Peter Weir y John Collee) estaba obligado a verter en imágenes un mundo tan denso y detallista como el novelado por Patrick O’Brian, con su puntilloso empleo de la terminología naval, su peculiar discurso narrativo, su preocupación por la verosimilitud histórica y su nutrido universo de personajes, todos ellos intensos y vigorosos.
El hecho de que la película transcurra casi íntegramente en el limitado espacio de la Surprise y en alta mar, sin otros personajes que los tripulantes de la fragata, favorece la concentración dramática de la historia y permite que el espectador se identifique con el destino de los personajes, todos ellos magníficamente trazados.
Es evidente que Peter Weir ha puesto un interés muy especial en los personajes de su última producción, como no podía ser de otra manera si se tiene en cuenta que uno de los rasgos más recordados de las novelas marineras de O’Brian es la relación entre el capitán inglés Jack Aubrey y el cirujano y espía de origen irlandés Stephen Maturin. Sus aventuras, sus charlas, sus discusiones y, por supuesto, sus dúos de violín y violoncelo pautan las novelas de O’Brian con un ritmo singular que cualquier adaptación cinematográfica estaba obligada a tratar con mimo. Y en este aspecto la versión de Peter Weir no defrauda lo más mínimo, pues tanto Russell Crowe (el capitán Aubrey) como Paul Bettany (el doctor Maturin) llevan a cabo unas excelentes caracterizaciones. Sin embargo, el mejor hallazgo que nos depara Capitán de mar y guerra en el terreno de las interpretaciones no es, con todo lo excelente que se pretenda, el de Russell Crowe. Si algún actor del filme merece el reconocimiento del espectador, ése es Paul Bettany. Su interpretación del cirujano naval está realizada con magníficas muestras de ironía, con toques tan sutiles de ingenio, de humor soterrado e inteligente.
El Aubrey y el Maturin de la película no son sólo tipos –el héroe valeroso y apasionado, su compañero sesudo y racional , sino auténticos caracteres, personajes redondos y plenos. Ni el capitán ni el cirujano carecen de defectos –el uno es testarudo y orgulloso hasta la temeridad, y su interés por la gloria militar no es menor que su ansia de botín; el otro se abstrae hasta tal punto de la realidad del barco por su dedicación a su pasión naturalista que está a punto de olvidar su deber y eso es justamente lo que les proporciona ese tono de realidad y verosimilitud. Eso son el capitán y el cirujano, dos amigos entrañables que conversan y se gastan bromas, discuten, y hacen las paces, se ayudan en los momentos de mayor peligro y emoción.
Este sentido de la amistad y de la camaradería recorre toda la historia y le proporciona el valor añadido que la convierte en una película muy atractiva. Como toda aventura realmente digna de tal nombre, Master and Commander también es un relato portador de valores, con un profundo sentido moral. Más allá de la épica bélica, de la apología de una nación y una bandera, el filme de Peter Weir toca la fibra sensible de cualquier ser humano porque trata valores universales y lo hace mediante personajes reales, cercanos, captados en todas las facetas de su vibrante humanidad. El retrato de la vida marinera es espléndido, y no sólo por la eficacia de la ambientación y la puesta en escena –verdaderamente asombrosas, como la crítica ha reconocido de forma unánime–, sino por el detallismo y la cercanía de la mirada del director, que desde luego se ve favorecida por un reparto en el que no abundan caras conocidas, y sí actores sobrios y verosímiles, a través de los cuales se transparentan de forma diáfana los personajes que encarnan. Las cámaras recorren la Surprise en todos sus ejes –desde las sentinas a las cofas, de la popa al extremo del bauprés, de la banda de babor a estribor–, en todas las circunstancias meteorológicas –durante las calmas chichas, con vientos favorables que permiten desplegar todo el velamen, en medio de una galerna en el Cabo de Hornos–, y en todos los momentos que mejor retratan la vida de la tripulación de un velero. En mi opinión, el mayor interés de la película de Peter Weir no procede de la narración de los episodios más espectaculares –los dos combates contra el Acheron o la terrible travesía de las aguas australes–, sino de aquellos que retratan la convivencia cotidiana de la fragata Surprise: las maniobras sobre cubierta o en la jarcia, los castigos corporales (con el látigo de nueve colas rasgando la espalda del marinero atado a un enjaretado), las canciones cantadas a la luz de la luna (esa historia de damas españolas, que no llegué a entender del todo, pero que tenía un tono pícaro y juguetón), las conversaciones de los marineros bajo cubierta, con sus obsesiones y supersticiones, la importancia del grog, el estrépito de las reparaciones, las alegres y desenfadadas comidas en la cámara del capitán.
Capitán de mar y guerra es un filme que atrapa la atención desde el primer instante, pero además cuenta una historia valiosa, de la que el espectador sale enriquecido. La cinta no sólo sobrecoge por el fragor de sus batallas y el rumor de la navegación por mares embravecidos, ni por exhibir un alarde de imágenes deslumbrantes y perfecciones técnicas –que, no obstante, se perciben en muchos momentos, como en las espléndidas tomas aéreas que sobrevuelan la fragata Surprise, en la espectacular y complejísima secuencia de la travesía del Cabo de Hornos, o en los hermosos planos generales de las Islas Galápagos–, sino que además logra conmover de un modo en que pocas películas de aventuras contemporáneas lo han hecho. Cine de indudable perfección formal y un digno ejemplo de educación de los jóvenes en valores como el sentido del deber, la responsabilidad, la lealtad, el compañerismo, el coraje, el respeto hacia el adversario y la importancia del estudio.
Cuando intuye que se aproxima el desenlace, el espectador sólo puede lamentarse de que la época. *
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