Una cineasta en dirección al Oscar
Con apenas cuatro millones de dólares, la hija Coppola está consiguiendo lo que muy pocos/as cineastas en el mundo: gustarle al gran público y a la crítica más exigente, a la industria representada por los heterogéneos miembros de la Academia. Esto sin contar los principales Globos de Oro ya obtenidos, y los incontables premios y candidaturas a Mejor Dirección, Mejor Actor, Mejor Actriz y Mejor Guión votados por diversas entidades que agrupan a críticos (e incluso directores) en Estados Unidos. Sofía Coppola agradece los halagos hacia una película, Perdidos en Tokio, que al igual que la anterior que realizara, Las vírgenes suicidas, 1999 no fue concebida pensando en el suceso comercial .
Sofía Coppola pareciera tomárselo con calma, sin exteriorizar emociones como otros/as galardonados/as, quizá rumiando todavía que algunos de los que ahora la aclaman, la despedazaron cuando en 1990, a pedido de papá, reemplazó a Winona Ryder en el papel de Mary Corleone, en la tercera parte de El Padrino.
A los 32, Sofía podría considerarse una mujer realizada, por más que ella se crea a mitad de camino: la niña que a los 6 dibujaba helicópteros, explosivos y palmeras en el set de Apocalypsis Now y muy pronto empezó a hacer películas caseras, no estudió en vano pintura en la Escuela de Arte. Esa base la aplicó a la fotografía después de encandilarse con revistas europeas de moda, y a los 15 ya estaba en París trabajando para Karl Lagerfeld. Más adelante, se metió con buen éxito en el diseño de indumentaria para varias firmas (en el cine hizo el vestuario de Vida sin Zoe, de Historias de Nueva York, 1989).
Debutó con el notable corto Lick the Star (1998), el magnífico largo Las vírgenes…; la serie de TV Platinum (2003), que también produjo, al igual que su última obra Perdidos en Tokio . «Trato de hacer todo aquello que me interesa. No querría llegar a los 50 y preguntarme qué habría pasado si hubiese hecho tal o cual cosa. Prefiero intentarlo».
La hermosa novela de Jeffrey Eugenides Las vírgenes suicidas llegó a manos de Sofia gracias a Thurston More, de los Sonic Youth, y ella se enamoró perdidamente de ese texto, «de su intensidad, su fuerza visual. Empecé a imaginarla hasta tener la película en mi cabeza.» Entonces, aunque los derechos estaban comprados, Sofía se puso a escribir el guión.
Es que Sofia había comprendido el miedo a crecer, el difícil pasaje a la adolescencia de las hermanas Lisbon, y conocía personalmente el dolor de la pérdida (su hermano Gian Carlo, murió en un accidente). Por otra parte, su familiaridad con las artes plásticas le proporcionó referentes como los fotógrafos Bill Owen, William Eggleston, Francis Zsabo, y en cine, ella reconoce la influencia de Matar a un ruiseñor, de Rotbert Mulligan, y Badlands, de Terence Malick.
Las vírgenes… transcurre a comienzos de los 70 en un barrio residencial suburbano de jardines prolijos y vecinos a tono. Pero algo funciona mal detrás de esa cáscara de normalidad: una de las cinco rubias hermanas Lisbon, la menor, de 13, ha hecho un intento de suicidio que sus padres se empeñan en llamar accidente. Cecilia reincide y esta vez lo logra. Así la narración va registrando distintas voces, desde el recuerdo idealizado de los chicos del lugar que intentan despejar el misterio de esa tragedia inicial que al cabo del verano se multiplica por cinco. Acaso las chicas Lisbon, con terrible lucidez y valiente determinación, eligieron convertirse en leyenda.
Sofia Coppola declaró al estrenar Las vírgenes suicidas que no se identificaba con ninguno de los personajes, aunque la atraía Lux (la mayor, interpretada por Kirsten Dunst), «porque es la típica chica rubia americana, cosa que yo nunca he sido».
Perdidos en Tokio, tan distinta en el tratamiento visual y en la historia que narra, se relaciona con ese sentimiento tan humano, tan fecundo en las artes: la evocación idealizada.
Es la historia de un maduro y cotizado actor y la joven mujer de un fotógrafo fashion se encuentran en un lujoso hotel de Tokio, se atraen, se acompañan, discurren, se divierten, la atracción crece pero se separan sin hacer el amor.
Contrariamente a lo que algunos productores suelen creer, sobre todo en Hollywood que el final feliz es el principal ingrediente de la fórmula para el éxito , el público ha demostrado en ocasiones su rotunda preferencia por lo que no fue, o fue un poquito y después se frustró.
De todos modos, lo que Sofia Coppola sabía de entrada era que quería a Bill Murray para el protagónico, la perseguía una imagen del actor sentado en una cama, con una bata tipo kimono, imagen que finalmente no sólo filmó, sino que aparece en los avisos.
Pero ese enorme actor que siempre fue y es Bill Murray (Hechizo del tiempo) resultó una figurita difícil: tuvo unos meses el guión sin responder mientras que Sofía lo llamaba, lo volvía a llamar dejándole mensajes persuasivos.
«En mis sueños tenía que ser con Bill Murray y en Tokio, no había otra opción», admitió la cineasta. Después de ocho meses de hacerse desear, el actor accedió, sin firmar contrato. «Nunca sería tan desenfadada para conseguir un actor como lo fui para tener a Bill en Perdidos…«, dijo Sofía.
Bill Murray es Bob Harris, el actor famoso que, escapando por unos días de una situación matrimonial desventurada pero que soporta porque hay hijos de por medio, está en Tokio sin entender media palabra ni un cuarto de ideograma.
El hombre, además, se siente en crisis con su profesión, sabe que debería estar haciendo teatro en lugar de vender whisky desde los afiches. Scarlett Johansson, joven actriz de 18 que nos hace creer que tiene 25, está a la altura de su partenaire en el papel de Charlotte, la casada con un descontento de Bovary posmo, que vagabundea por las dependencias del hotel.
Su marido, embebido en su trabajo, apenas la ve, no la oye, sólo le dispensa algún mimo distraído. Y claro, Charlotte repara en Bob y viceversa, ambos encuentran reparo mutuo en medio de las luces de neón, el gentío, las canciones que cantan uno y otra (y otros/as). El hombre y la mujer perdidos sin traducción y con jet lag se encuentran y consiguen intimidad sin sexo.
Al igual que en Las vírgenes…, Sofía con tanto oído como sentido visual recurre a los franceses de Air (Alone in Tokio) y a Kevin Shields y Brian Reitzell para la música incidental. También usa otros temas de manera dramáticamente expresiva: Murray haciendo, por ejemplo, More Than This; Anna Faris (perfecta como una modelo maníaca), enfatizando Nobody Does It Better o Scarlett Johansson flechando a Murray con Brass in Pocket.
No es de sorprender que de regreso en Nueva York, Sofía Coppola haya dirigido, como quien se toma unas vacaciones, un video de White Stripes, donde se le ocurrió poner a Kate Moss bailando. *
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