Los papeles del genio
En pleno mes de enero es también un éxito de público ; es un éxito que, a juzgar por el fervor de los espectadores, ha de durar. Esto sería suficiente para despertar la curiosidad del crítico; pero además de juzgar al espectáculo, se ofrecen dos interesantes temas a la reflexión. El primero es la explicación de ese éxito planetario; el segundo, las semejanzas, diferencias y comparaciones entre esta puesta en escena de Carlos Rivas con la no menos triunfante versión montevideana de Mario Morgan, con la actuación de Taco Larreta, Lucía Sommer, Mario Ferreira y Roxana Blanco.
La heroína, Cathy (Gabriela Toscano) parece atrapada sin salida por la personalidad y el recuerdo de su padre (Osvaldo Santoro), un genial matemático que acaba de morir en medio de la demencia y luego de años de locura, años que han admitido, sin embargo, algún intervalo lúcido. Cathy ha atendido a su padre con una abnegación lindante con el sacrificio; sacrificio de su vida y hasta de su carrera como estudiosa de las matemáticas. Un joven profesor, discípulo del genio fallecido, Harold (Pablo Rago) que llega muy rápidamente a la intimidad de Cathy, revisa con ahinco los papeles póstumos del matemático; descubre allí una extraordinaria demostración que ha de revolucionar la ciencia y añadirá un lauro póstumo a la carrera del genio. Para la sorpresa de todos, Cathy se atribuye la autoría de la demostración; ni Harold ni su hermana Claire (Carola Reyna) que ha ido a Chicago desde Nueva York para las exequias del padre, la creen. Al fin se descubre que Cathy es la genial autora, y encara un futuro idílico: se casará con Harold y darán clases de matemáticas superiores en alguna universidad del Medio Oeste.
La obra se nos ha disminuido en esta segunda sesión. Para empezar, es muy burda la forma en que Auburn engaña al espectador en el primer acto. Aparecen allí padre e hija en la noche en que Cathy cumple años; ambos dialogan familiarmente y con coherencia; celebran con champagne. Es un buen diálogo, que define certeramente a los personajes y a su relación; pero en la última línea del diálogo el padre dice que él está muerto desde hace una semana. El autor convierte en un santiamén a toda la escena en una peligrosa alucinación de Cathy; arroja sombras, que nada logra despejar, sobre su lucidez; el espectador cree razonablemente, con Harold y Claire, que Cathy necesita urgente atención psiquiátrica. Más adelante Auburn retrocede en el tiempo y muestra al padre vivo y lúcido, escribiendo a la intemperie en un cuaderno algo que anuncia a su hija como una demostración matemática extraordinaria, que concuerda perfectamente, en sus palabras, con la idea que tenemos del descubrimiento; un poco más adelante la lectura, por la hija, de esos mismos cuadernos, revela que la mente del profesor había naufragado definitivamente. El autor quiere hacernos creer que el matemático era absolutamente centrado, lúcido, cariñoso y sin una sola excentricidad en todos los momentos de su vida, salvo cuando escribía en sus cuadernos.
Varias interrogantes quedan sin respuesta. No se comprende por qué Cathy, que conoce como nadie la valía de su descubrimiento, no lo hizo público antes de la muerte de su padre. Tampoco es normal que dos escrituras, la del padre demente y la de la hija cuerda, sean tan similares como para que un profesor de matemáticas como Harold, entrenado en el método científico, no logre distinguirlas; tampoco es normal que, a fines del siglo XX Cathy escriba a mano cuarenta páginas de demostraciones e ignore tanto a las computadoras como a las serviciales máquinas de escribir Smith Corona. Son demasiadas trampas; y el espectador, al fin, aunque sigue adherido a la suerte de su dickensiana heroína, se despega de la obra.
En cuanto al éxito de la pieza, el único punto en que la obra seduce verdaderamente es cuando aparece el tema del sentido y la gravitación del pasado: el peso de la personalidad y aún del recuerdo del padre en la vida de la hija. Nuestro país tiene un extraño criterio quirúrgico y suele intentar la abolición del pasado: hay más de una ley aberrante que bloquea el acceso a la verdad, y no nos referimos aquí sólo a las normas de la «ley de caducidad» sino también a las que informan la legitimación adoptiva y el delito de difamación.
«La prueba» habla a la vez, y bien, del peso negativo del pasado y también de sus beneficios; pone en la balanza y plantea el conflicto entre las determinaciones innatas o casi innatas, como la herencia genética y el ambiente, y las disposiciones adquiridas; y también alude agudamente a la necesidad de su difícil síntesis.
En cuanto a la relación de las dos puestas en escena, ambas pueden mirarse fraternalmente por encima del Plata sin desmerecerse. La argentina de Carlos Rivas tiene para nosotros el agrado de situar la acción en una definida escenografía, que parece representar el pórtico de una casa en un suburbio de Chicago. Es una escenografía mínima y funcional, pero corpórea; la versión montevidena se redujo a unas hojas secas. Sin embargo, la acción ocurre en la casa real del matemático, no en una inferencia probable. Otros puntos de comparación, en cambio, favorecen a Morgan; y el más evidente es la marcación de actores. Quizás con alguna excepción, los actores argentinos de «La prueba» son tan buenos como los uruguayos ; pero todos, también con una sola excepción (Carola Reyna), incurren en esa naturalidad un tanto desmadejada que vemos en los teleteatros. Es posible que Taco Larreta sea naturalmente distinguido y hasta profesoral ; pero ni Osvaldo Santoro, cuyas muy notables condiciones de actor son evidentes, ni Pablo Rago son aquí ni distinguidos ni profesorales. Santoro es un padre bonachón, muy semejante al que encarnó con gran solvencia en «Lejana tierra mía» de Eduardo Rovner; pero debe haber una diferencia nítida entre el comportamiento de un profesor de Chicago y un pintor local en trance de emigrar. En cuanto a Gabriela Toscano, la actriz sabe lo que hace y tiene una fuerte personalidad que sostiene muy bien a su personaje; pero el director toleró o alentó un inexpresivo si que reiterado gesto: la mano derecha extendida hacia delante, al costado y arriba, mano que luego vuelve sobre la cara. Y si se nos permite lo que quizás sea una preferencia personal, nos resulta muy molesto que los profesores de Chicago no puedan articular la frase más trivial como «Qué querés decir ?» sin el inútil énfasis de «¿Qué mierda querés decir ?». Todas las palabras tienen sentido, y no hay ninguna que no deba ser empleada ; pero la misma nota del mismo trombón termina por no tener ni sonido ni sentido. *
LA PRUEBA, de David Auburn, con Osvaldo Santoro, Gabriela Toscano, Pablo Rago y Carola Reyna. Escenografía de Carlos Rivas y Martín Papanicolau, vestuario de Paula Herrera, musica de Nico Posse, dirección de Carlos Rivas. En Multiteatro. Buenos Aires.
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