Prohibido para nostálgicos

"Corso de barrio"

La memoria, flor de bullinga, anda como loca. Caza el pomo y empapa al viejo escribidor con un chorro de recuerdos. Se disfraza de arlequín y aquí está, a los saltos, mientras chamuya estampas del Carnaval de antaño. Corso de barrio, una tibieza que aún palpita en el cuore sensiblero. Los vecinos con sus sillas de respaldo de mimbre para las jovatas y los banquitos de madera, salían temprano a la puerta. En cada cuadra todos se conocían y conversan mientras esperan. La gran familia del barrio se alborota sin grupo. Corretean los pibes disfrazados de marineros y espadachines. Las gurisas lindazas con los trajes de «dama antigua», todo un arte de la tía costurera. El séquito de Marquéz de las Cabriolas hace de las suyas. Entre todos los vecinos habían hechos rifas para comprar esos farolitos y guirnaldas que ahora cruzan la calle, atados a los postes del tranvía y a los árboles. Llega «el invicto» de El Chaná y los carros del Municipio. Y con orgullo, todos veían pasar a las comparsas del barrio entre un número interminable de cabezudos. Aplausos y gritos para las murgas de pibes que todo rincón montevideano las tenía de a pilones. Botijada con los coloretes de la madre o la cara pintarrajeada con un corcho quemado. Latas, un tambor y tapas de cacerola para hacer bruot bochinche al desfilar vestidos de mamarracho. Imposible no recordar el tango del amigazo Carlitos Roldán que inmortalizó a esas entrañables murgas de pibes. Entreveradas por todos lados, las «máscaras sueltas» revivían el espíritu del antiguo desenfreno. Anónimos vecinos haciendo piruetas, hablaban con la voz finita para que no supieras quien te estaba cargando. Quizás, era el seriote boticario, el pícaro canillita o el zapatero remendón, imposible identificar a esas enloquecidas mascaritas. La barriada reía. Todos tiraban kilos de papelitos y hacían guerrillas con sus pomitos de éter perfumado. De golpe, aparecía el infaltable de siempre. El querido Menecucho, muy jovial por esos días, recorría todos los corsos de barrio y de ninguno se hacía la rabona. Con su traje simulando harapos, varios talles mas grande y la melena, viene vendiendo a las doñas sus satíricos versos. Los pibes tenían un metejón con ese personaje que los miraba, se hacía el enojado y, de improviso, lanzaba sus características carcajadas para el jolgorio de todos.

Sobre un colchón de papelitos se acercan los carruajes alegóricos de la empresa Urta.Las serpentinas se trepan a esos carromatos y acarician a las chiquilinas vestidas como en la película «Escuela de sirenas». La noche del corso terminaba con un baile en la casa más grande del barrio. Un «asalto de máscras» donde todos bailaban las congas de los Lecuona y los mambos de Pérez Prado. Con más carnavaleros recuerdos música de troupes y murgas de antes, los esperamos los sábados a las 18.30 en 1410 AM LIBRE. *

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