ARTE

Obrero, pescador, escultor y pintor

Han sido pocos los representantes del arte ingenuo o naïf (también llamados artistas domingueros, instintivos, autodidactas, singulares, arte popular o ínsito- del lugar-, entre otras denominaciones posibles) en Uruguay. En una muestra titulada Pintura ingenua uruguaya realizada en la Alianza Francesa en 1977, confluyeron apenas una veintena de nombres luego de recorrer la totalidad de las capitales departamentales y no todos alcanzaron el nivel inventivo necesario. Otros países latinoamericanos (Brasil, Argentina, las naciones caribeñas) proporcionaron abundantes creadores. De la misma manera, Europa (Francia, Portugal, Alemania,Yugoslavia, Checoslovaquia, Polonia) dejó un amplio espectro de sólidos pintores ingresados, sin esfuerzo, a la historia del arte.

Luego de recorrer varias sedes, el Museo del Art Brut, fundado por Jean Dubuffet, recaló en Lausana, donde una de las figuras más apreciadas es la uruguaya Magalí Herrera. Es difícil establecer un nexo común entre todos ellos. Especialistas y los propios artistas resisten un agrupamiento denominación homogénea.

El padre de la tendencia- a pesar suyo y sin que sus descendientes lo reconozcan- fue el Aduanero Rousseau, un empleado de la aduana de París a fines del siglo XIX que, a los 40 años de edad, comenzó a pintar. No tenía educación artística ni había cursado estudios académicos, poseía una cultura limitada pero como ser humano había desarrollado una profunda comprensión de la vida, en una mezcla de sensibilidad y experiencia que no pasaba por los cánones rigurosamente establecidos del arte. Su mano era torpe y su ojo no registraba los códigos artísticos del pasado ni los contemporáneos (entre ellos, Picasso, su admirador). La visión era intensa y sugestiva pero la transposición plástica se asemejaba a las expresiones infantiles: figuras planas colocadas en una perspectiva elemental, detallismo excesivo en la anécdota narrativa o descriptiva, colores crudos. Los surrealistas se empeñaron en rescatar la vigencia y autenticidad de estas personas extrañas a los círculos intelectuales, pintores domingueros o en sus ratos de ocio o, también, cuando la imperiosa necesidad interior los impulsaba a tomar un pincel robándole horas a sus humildes ocupaciones. Porque las característica de estos singulares del arte es que aparecen cuando ha transcurrido un largo trecho de su existencia (no hay, salvo excepciones, jóvenes) como si de repente, un día cualquiera, emergiera una secreta vocación postergada.

Son, pues, autodidactas, que ensayan, con toda simplicidad, dibujar correctamente. Les falta la soltura de la mano, el ejercicio orientado y adquirido a través del tiempo que entra en colisión con la madurez mental o las alteraciones de su mundo interior. Tienen que inventarse un método operativo en la marcha de la elaboración de la obra. Mineros, amas de casa, peluqueros, zapateros, empleados de comercio, mecánicos, talabarteros, jubilados, sicópatas, que encuentran en el acto de pintar o esculpir una voluntad de diálogo, menos con los demás como sucede con los artistas profesionales, que consigo mismos.

La temática les es común: prefieren los paisajes a los retratos, aunque no los excluyen, escenas populares, siempre en una visión adánica, detenida en el tiempo, paraísos artificiales y rurales, poblados de seres humanos y animales en extraños espacios míticos, inmutables, perezosos, atemporales. Obsesionados por los problemas humanitarios pueden pasar fácilmente por la historia, la religión, la evocación o la ardiente vida interior.

Los artistas ingenuos parten de cero y sin maestros. Copian reproducciones o tarjetas postales, no observan el entorno natural, y se consideran realistas, transfigurando el mundo real. A mediados del siglo XX los pintores ingenuos conocieron un gran predicamento como si fueran una respuesta al excesivo intelectualismo o el subjetivismo del arte culto, conciliando el equilibrio perdido entre intuición y razón surgido al amparo de una vitalidad fresca y la alegría de vivir.

No todos alcanzaron una dimensión perdurable. En especial porque cada vez se es menos ingenuo (están los profesionales de la ingenuidad) y la sociedad y los medios de comunicación se encargan de eliminar esa condición. Pero subsisten cuando hay una gran unidad interior, una fuerza ética sostenida aunadas a una particular percepción visual.

El pescador de La Paloma

Alfredo «Lucho» Maurente (1910-1975) nació en San Carlos, fue comprador y vendedor ambulante, obrero de la construcción en Montevideo hasta que en 1940 descubrió la soledad de las playas rochenses. Se instaló en un muelle viejo de La Paloma y comenzó a trabajar la piedra, en talla directa. Alternaba con su trabajo de pescador y llegó a tener el título de «capitán de embarcaciones» que él mismo construía. De esa primera serie de esculturas en piedra no quedaron testimonios pues un ingeniero cordobés, entusiasmado con las piezas, se las llevó a Argentina.

En La Paloma levantó un boliche, la Pescadería Lucho, con paredes en relieve de cemento y el techo sostenido por sirenas moldeadas en el mismo material, pintadas, que oficiaban a modo de cariátides. Ese alarde de sabrosa imaginación hizo que el adquiriera fama entre los veraneantes argentinos (en especial escritores) que se arrimaban al mediodía o a la tardecita para tomar unos tragos o almorzar y cenar los platos preparados por el dueño.Y escuchaban las anécdotas y reflexiones del pescador, con el rostro curtido por el sol y de una exquisita amabilidad.

Allí sintió la injusticia social y descubrió el sentido de la solidaridad obrera. Trató de agremiar a sus compañeros, con resultados infructuosos. De esa experiencia surgió la imagen de Cristo emplazado en las dunas cercanas con la intención de «regenerar a los rebeldes» compañeros, una obra que reveló un intenso compromiso expresivo. Luego, con la dictadura militar, todo el lugar fue destruido y el Cristo retirado.

Lucho también hizo esculturas en madera (quebracho, naranjo, acacia) y una de ellas es una versión reducida y de espontánea concepción de El David, mientras que en la pintura elaboró una imaginería curiosa, hundida en la historia nacional y la vida cotidiana. Artigas y Batlle y Ordóñez, indios, gauchos, paisajes lugareños, venus criollas, recuerdos del pasado inmediato asociados a experiencias personales, son el pretexto para comunicar un sentido exultante y exaltante del mundo, pautado por acentos dramáticos de corte expresionista. «Si pintara el mar como lo he visto, me llamarían loco», confesó alguna vez Lucho, que veía el color del mar según el color de los peces y en ese íntima relación entre la geografía marítima y sus habitantes extrajo una modalidad expresiva primordial, ajena a falsos culturalismos.

Ahora que desde Rocha alguien se encarga de conservar y restaurar la obra de Lucho Maurente, parece oportuno recordar a un artista que, al igual que Magalí Herrera y Cyp Cristiali, personalidades ineludibles de altísima imaginación, es otro referente de la historia del arte nacional. *

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