Un calor de lejos
El viejo barrio a la hora de la siesta. El sol apretaba y las vecinas prendidas al radioteatro. En el aljibe, el balde subía con agua fresca para llenar la jarra que todos cuidaban como un tesoro. Los botijas, aprovechando el entusiasmo de las abuelas con la historia de la radio, se escapaban para tocar el cielo saltando con la rayuela. A la sombra colgaba la fiambrera de tejido, con la longaniza para hacer muela en la mateada de la tardecita. Verano con tutti en la vieja capital.
Por fines del 20, hacían capote unos armatostes que los vecinos alimentaban con barras de hielo. Pintadas con colorinches, esas primeras heladeras estaban hasta en los ranchos de la costanera Buceo. La década del 30 arrancó con un flamante Estadio, campeones futboleros y para el montevideano asombro llegaron las primeras frigidaires.
Si daban los mangos, hacías bolsa la chanchita y salute al botonazo verano. Los modelos pioneros tenían un motor barullento pero todo se bancaba en la novelería de los tiempos modernos. En Introzzi inauguraron una sección decorada con figuras de esquimales y pingüinos y pusieron de moda la palabra «refrigeración».
En una esquina, los pibes aprovechaban el calor para hacer sus primeras guitas. Una mesita recostada a la pared y el jarrón lleno con la popular limonada. Esperaban a los clientes leyendo la historieta de un gato aventurero llamado Félix. En el almacén esquinero, el gaita se hacía la América vendiendo más y más gaseosa de tapa con bolita.
También hacía roncha «la pareja refrescante», como decía el jingle de la radio, la Coral y La Salteña. Al llegar el fin de semana, muchos se trepaban con la prole al tranvía y arrancaban para los tradicionales paseos. Como el Parque Urbano, con el gancho de la tan concurrida playa Ramírez. Antes de cruzar a la arena, el hábito era quedarse un rato bajo las arboledas y disfrutar de la brisa. Por los alrededores de La Glorieta se tupía de paseanderos y una banda meta bombo, trompeta y redoblante. Cuando paraba, aparecían los gardelitos, unos muchachos que cantaban vestidos como «el morocho» y pasaban el platito. En esas tardes de largos veranos también las plazas tenían su encanto. Como la Artola, un ritual para los vecinos del Cordón.
Con la magia de la orquesta de los Bomberos que todos los domingos cruzaban del cuartel de enfrente para alegrar a la céntrica barriada.
Lo pintoresco además de sus uniformes y relucientes instrumentos era su mascota, una llama que vivita y coleando siempre los acompañaba mientras los musiqueros tocaban sus partituras.
Por la placita Zabala andaban los organilleros con sus monitos y cotorritas de la suerte, dale que te dale a la manivela. En el Parque Capurro todos a su pista de patinaje, lindaza para hacer ojito y con un poco de suerte quizás ligamos una gentil damita.
Con más recuerdos y milongas los esperamos todos los sábados, a las 18.30, en 1410 AM LIBRE. *
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