Aquellos encorsetados años fifty
Tener una mentalidad amplia, ruidosa y aguda y asimismo tener el impulso, si se quiere, de transgredir las reglas de juego de un colegio convencional (el de Wellesley en el que estudió Hillary Clinton, por ejemplo) hacia la década del cincuenta, no es tarea fácil.
Y esa es la travesía que, desde el vamos, emprende el personaje caracterizado con corrección por Julia Roberts, a la que nunca habrá que solicitarle performances brillantes sino estaríamos en el reino del revés.
Pero lo cierto es que La sonrisa de Mona Lisa, de Mike Newell, evoca inmediatamente a aquella pequeña gema que fuese La sociedad de los poetas muertos, de Peter Weir: el personaje (Julia Roberts) que se desmarca por su pensamiento (y su gestión) liberal dentro de un universo si se quiere tan estricto como reaccionario y el contrastante grupo de alumnas que van a ir rodeando a esa profesora que les ofertará una nueva mirada, otra forma de percibir el estado de las cosas y, a la vez, amplificar la sensibilidad y los sentidos hacia otras territorialidades y roces humanos.
No hay mucho más en La sonrisa de Mona Lisa. Sí puede admitirse el oficio de Newell para modular climas y diálogos sabrosos, cuadros escénicos en los que sobresalen particularmente Maggie Gyllenhaal (la notable protagonista de La secretaria) y Kirsten Dunst, además de ese personaje o historia dentro de una historia en que se transforma la inmensa Marcia Gay Harden (cuya sabiduría y versatilidad se han podido gozar a pleno en títulos como De paseo a la muerte, de los Coen, o en la reciente Río místico, de Clint Eastwood) como la profesora de buenos modales que es todo un festín para los sentidos.
Con aciertos parciales, ligera en sus aspiraciones, es un asunto menor, pero aun así puede verse. *
La sonrisa de Mona Lisa («Mona Lisa Smile»), Estados Unidos, 2003. Dirección de: Mike Newell. Con Julia Roberts, Kirsten Dunst, Maggie Gyllenhaal, Julia Stiles, Marcia Gay Harden.
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