El narcisismo de Tom Cruise
La primera impresión es la fastuosidad: El último samurai , de Edward Zwick, viene a ser una producción que trepó en costos a los cien millones de dólares. Y todo ese diseño de producción está desplegado deliberadamente para multiplicar el narcisismo de alguien como Tom Cruise, que parece no haber aprendido absolutamente nada luego de su paso por las excelentes Ojos bien cerrados, de Stanley Kubrick y, sobre todo, Magnolia, de Paul Thomas Anderson.
No hay sorpresas en este relato que no se aleja de una articulación estilística cercana al western: en definitiva sí la existencia de magníficas escenas de masas –que algunos pésimos observadores han querido igualar con las inimitables del maestro Kurosawa, por favor– en el campo de batalla, pero a la vez barnizadas por una saga de lugares comunes que no eleva en ningún momento la historia del filme.
Edward Zwick apela a su artesanía y a su oficio como ya lo había delatado en un largometraje como Tiempos de gloria o incluso en Valor bajo fuego: los temas siempre serán los mismos, reza la máxima, y solamente cambia la formulación, el cómo en cuestión y aquí reaparecen tópicos como el honor y la lealtad, el sentimiento ultrapatriótico ahora escenificado en un Japón que manifiesta un enfrentamiento entre los samurais y a quienes ellos responden a morir: el emperador.
Zwick, además, practica la mirada histórica con una inflexión crítica que se queda meramente en la intencionalidad o en una secuencia de apuntes que en el transcurso del metraje nunca se ahondará. Criticar la masacre ocurrida en los Estados Unidos no otorga buenos créditos ante la industria hollywoodense o en este tipo de megaproducciones. En todo caso, hay una situación revisionista, sí señor, pero con ese perfume light que nunca será suficiente.
Escenificada entonces en 1876, la narración enfoca el itinerario del capitán Nathan Algren (Tom Cruise), un individuo agobiado por su memoria y por sus evocaciones, por ese sistema de culpas que puede llegar a doblegar a cualquiera. Los excesos cometidos junto al genocida de Custer son, siempre, asunto serio y perdonarse a sí mismo es quizás su talón de Aquiles.
Así que ese capitán Algren, alguna vez héroe de guerra, que termina ebrio y a la vez arlequín literal de shows en el oeste caótico y desenfrenado, finalmente irá resucitando cuando decide acompañar al coronel Bagley (un impecable Tony Goldwyn) a la ciudad de Tokio, al otro lado del mundo, con el objetivo de entrenar a las milicias del emperador Meiji.
Habrá que batallar una vez más contra una insurrección encabezada por un samurai de nombre Katsumoto (Ken Watanabe, lo mejor del filme con una performance fuera de serie). De primera, nomás, en el roce de la lidia a todo o nada, Algren es tomado prisionero. Y toda su vida trocará sensiblemente al establecer contacto con la ética y la estética de los samurai. Y además con sus códigos de honor y su modus operandi en los campos de batalla para los cuales se utilizaron escenarios en Nueva Zelanda.
Y poco más. La reconversión espiritual de un alma perdida como el capitán Algren. Y entonces Tom Cruise permanentemente atrapado por primeros planos, como para que el espectador ciertamente llegue a fatigarse más de la cuenta en un metraje que, además, se alarga y se alarga y uno se queda con las espectacularidades de las escenas de masas, y punto.
El último samurai («The Last Samurai»). Estados Unidos, 2003. Dirección de Edward Zwick. Con Tom Cruise, Ken Watanabe, Tony Goldwyn, Masato Harada, Togo Igawa, Billy Connolly y Scott Wilson. Guión: John Logan, Edward Zwick y Marshall Herskovitz. Fotografía: John Toll. Música: Hans Zimmer.
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