"El 11 de setiembre fue una llamada de alarma"
Ese es Chomsky: profundamente analítico, un viajero de la crítica y la autocrítica que se ha transformado en uno de los intelectuales más luminosos del siglo XX y principios del XXI y que, por otra parte, no le teme a poner en jaque al establishment político e ideológico de los Estados Unidos.
Y entonces Chomsky alarga sus campo meditativo: «Fue una época horrible: el operativo terrorista masivo de Kennedy contra Cuba, los primeros ataques en Vietnam en 1962, la imposición de los Estados de Seguridad Nacional en América del Sur. Si lo comparamos con la actual guerra en Irak, cuando por primera vez en Estados Unidos o incluso en Europa, ha habido protestas masivas populares contra una agresión extranjera incluso antes de que se iniciara, ha habido cambios».
Puede referirse, desde su lectura de la realidad inmediata, a si Tony Blair y Colin Powell son cínicos y malignos o se autoengañan: «Cómo perciben las personas lo que hacen no es algo que me interese», dice Chomsky. «Son muy pocos los que van a mirarse en el espejo y decir: la persona que veo es un monstruo salvaje; lo que hacen, en cambio, es inventar alguna construcción que justifique lo que hacen». Y continúa, tajante: «Los gobiernos ya no controlan a la gente como antes. Me alegra verlo. La de Nueva York es una sociedad muy insular, pero el 11 de setiembre fue como una llamada de alarma y muchos, al parecer, tomaron conciencia de golpe de que no sabían demasiado sobre el papel de su país en el mundo. Hubo editoriales pequeñas que respondieron reeditando algunos de los libros que empezaron a explicar la historia. La gente no necesariamente coincidía con los análisis, pero era evidente que quería escucharlos».
Chomsky proyecta su mirada en perspectiva: «Yo identifico dos posibles trayectorias de los asuntos globales: la primera ve una continua agresión internacional, un terrorismo de Estado más desarrollado y la probable destrucción de la especie. La segunda ve poblaciones civilizadas que comienzan a comprender en todo el mundo que existe una alternativa a ese futuro».
El último libro de Chomsky, Hegemony or survival (Hegemonía o supervivencia), es un repaso de la historia de la política exterior estadounidense desde 1945 («Ningún presidente de esa época, juzgado de acuerdo a los principios de Nuremberg, habría escapado a la horca») y a la vez una honda reflexión de la actual «guerra contra el terrorismo».
El fluir reflexivo de Chomsky llevó a admiradores como Bono de U2 a describir al profesor de 73 años como el Elvis Presley del mundo académico. Chomsky trabaja desde el interior del imperio, en uno de los lugares más rigurosos, el Massachussetts Institute of Technology. El MIT se vende como «la fábrica de ideas de Estados Unidos».
Y ese es, entonces, Noam Chomsky: un lingüista sereno, un profesor riguroso con sus palabras y sus decires y, sobre todo, con su mirada histórica. La que coteja con los alumnos del MIT. O la que, de pronto, llega a susceptibilizarse cuando ve que nada menos que en el New York Times no ve reflejadas auténticamente las declaraciones que le hizo a uno de sus periodistas: «No sé si The New York Times trataba conscientemente de trivializarme, pero el efecto es poner todo en la misma categoría que los chismes que se leen en las revistas que se ven en los quioscos de los supermercados.
Me preguntaron, por ejemplo, si yo pensaba que había muchos eufemismos para los genitales.
No es pregunta seria. Cualquiera sea el propósito de ese tono, el efecto es hacer ver que todo el que se aparte de la doctrina política ortodoxa es en algunos aspectos ridículo». Chomsky, genio y figura, infatigable pulmón intelectual de una modernidad que quiere completarse y donde todavía cabe el animal utópico en oposición vehemente a la muerte de los grandes relatos y la muerte de las ideologías. *
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