ARTE

La Fundación Barnes cambia de sede

La Colección Barnes es célebre desde su creación en el año 1923 en Merion, las afueras de Filadelfia. En un enorme parque, un edificio de mármol blanco construido especialmente por el arquitecto francés Paul Cret, de un sobrio clasicismo con bajorrelieves en la fachada del escultor Jacques Lipchitz, frisos con motivos africanos y columnas dóricas. En el interior de sus 23 habitaciones se cuelgan 180 renoirs, 69 cézannes (una de las versiones de Los jugadores de cartas y de Las bañistas), 60 matisses (La alegría de vivir, 1906, segunda versión de La danza, 1933), 46 picassos, 12 rousseaus, 7 van goghs, 6 seurats, numerosos manets, monets, degas, signacs, modiglianis, soutines, impresionistas y posimpresionistas fundamentalmente, pero también ejemplos de pintura clásica y artes primitivas. Obras que nunca fueron prestadas para ninguna exposición y rara vez aparecen reproducidas en libros. El montaje o, mejor, la distribución o el colgado, privilegia las varias hileras superpuestas y simétricas, no a la manera abarrotada del siglo XIX cubriendo las paredes hasta el techo, sino siguiendo el gusto de su poseedor, mezclando estilos y alternando los lenguajes y las épocas de acuerdo a un orden secreto y misterioso, con extraños herrajes encima o a los costados, posiblemente en clave, hasta hoy indescifrable.

El criterio utilizado por el doctor Barnes para su colección, que no se limita al arte moderno, sino que incluye cuadros de épocas anteriores, parece tener alguna relación con el que luego adoptaría, genialmente, el Museo-Isla de Hombroich en Alemania, aunque sin los requisitos de la refinada museografía actual. Tienen algo en común. En ambos no existe una cronología lineal y, en especial en el museo alemán, hecho de varios módulos construidos en un inmenso parque, las afinidades son formales y sin carteles identificatorios.

En ese sentido es uno de esos museos admirables que une el arte, la naturaleza y la gastronomía regional de la gran cafetería gratuita durante toda la permanencia, pues desde la boletería (el tique es superior a los habituales de sus congéneres) se le advierte de esa circunstancia al eventual visitante. En Estados Unidos hay coleciones privadas de alto nivel como la Frick Collection en Nueva York, residencia del magnate del acero, con excelso sentido para elegir obras maestras de Holbein, Vermeer, Tiziano, Constable, Turner, etc., en un contexto decorativo infalible de muebles, alfombras, cerámicas. Y en la misma ciudad, la Pierpont Morgan Library, dedicada al grabado, dibujo, libros y manuscritos, es encantadora y el único lugar en el mundo donde el portero abre la puerta al visitante, al entrar y al salir.

En realidad, la colección Barnes no es, ni quiso ser, un museo. Al contrario. Se opuso a los aspectos masificadores de las exposiciones y trató de crear una escuela de la mirada, la educación y apreciación de las bellas artes en su residencia (siguiendo las ideas de John Dewey), para pequeños grupos interesados que no provinieran de los ámbitos universitarios o profesionales, y trabajar en contacto directo con las obras. Incluso más, en su fábrica y antes de formalizar la fundación, exhibió las obras adquiridas conversando con los obreros. Barnes escribió numerosos artículos de arte y dio conferencias, destacándose su libro El arte de la pintura (1926) y no habilitó su casa para el público. Al morir Barnes en 1951, sus legatarios flexibilizaron las normas de relacionamiento con el exterior.

Empresario y coleccionista

Un caso curioso el doctor Albert C. Barnes (1872   1951). De origen humilde, farmacéutico diplomado, desdoblado en hombre de negocios, el doctor Barnes amasó una enorme fortuna a principios del siglo XX inventando, en 1902, y comercializando después, el antiséptico Argyrol, que lo hizo rico y famoso. Pero la celebridad se cimentó en el mundo del arte cuando empezó a visitar las galerías de París (Durand Ruel, Ambroise Vollard) a partir de 1912 y durante los dorados años de Montparnasse. Demócrata convencido, su intención era compartir su colección con las mayorías, sin distinción de clases sociales, aunque nunca aceptó a la inculta burguesía local y, especialmente, detestó la soberbia de los especialistas e intelectuales. No llegó a sospechar, a su muerte en un accidente de tránsito, en 1951, la emergencia de las oleadas casi salvajes del turismo cultural (de sus propios compatriotas y japoneses), esos insectos felices depredadores y superficiales, visitantes apresurados de exposiciones.

Sus continuadores lucharon por modificar las rígidas condiciones del testamento de Barnes (las obras debían permanecer en el mismo lugar y jamás se prestarían) y luego de infinitas instancias judiciales, Violette de Mazia, alumna, asistente, directora de estudios y amante de Barnes, decidió que la fundación fuera una escuela de arte y en parte de horticultura, otra de las pasiones de Barnes. En 1961 se permitió abrir la fundación a 200 visitantes por día, dos veces a la semana. Más tarde, se amplió a 400 personas tres veces semanales, previa oblación de cinco dólares. Con tal exiguo número de visitantes fue escaso el interés de las empresas en contribuir para su mantenimiento.

Cuando murió Violette de Mazia en 1988, la Fundación Barnes comenzó a tener serios problemas económicos.

En el barrio de sus enemigos

La tranquilidad y el placer de una colección presentada fuera de serie, al parecer, se acabaron.

Lo anuncia en un par de artículos Geneviève Breerette, enviada especial de Le Monde. Según los datos recogidos, la municipalidad de Filadelfia habría reservado un lugar especial en la Benjamin Franklin Parkway, una avenida céntrica rodeada de árboles e instituciones culturales, despreciadas por el Dr. Barnes, lo que no deja de ser una sangrienta ironía del destino. Por esa avenida están la Academia de Bellas Artes y el Museo de Arte, con la casi completa obra de Marcel Duchamp y gran parte de la de Brancusi, donada por el matrimonio Arensberg, entre otras procedentes de importantes artistas. No lejos, está el Museo Rodin, construido por el millonario Jules Mastbaum, que en dos años encomendó tirajes de los originales de Rodin y atesora 127 piezas de bronce, mármol, yesos originales, terracotas y ceras, siendo el tercero del mundo luego de las colecciones de París y la Universidad de Stanford. En esa zona se piensa construir el Museo Alexander Calder, originario de Filadelfia. En la misma avenida ya se inauguró el Kimmel Center for Performing Arts, con la orquesta filarmónica de Filadelfia.

Una selección de la Colección Barnes se conoció, por primera y única vez fuera de Filadelfia, en el Museo d’Orsay de París, en 1993.

Registrada en video, junto a la colección original en la lujosa mansión, por Alain Jaubert y Philippe Pilard, constituyeron, exposición y video, dos revelaciones de una mítica colección, conocida por muy pocos. *

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