El humo sagrado

por R. F. L.

La neocelandesa Jane Campion se decidió por Humo sagrado, que acabamos de ver en el Festival de la Crítica.

Reclutó a la impecable Kate Winslet (cuya popularidad recién la alcanzó con Titanic) para componer a esa Ruth camino a la India para absorber de pleno otra calidad cultural y espiritual.

Y la muchacha singularmente será otra a partir de peripecias que han marcado de manera trascendente el andar de esta adolescente antes con el fluir del desencanto, ahora radiante y desenvuelta.

Lo cierto es que la familia de Ruth, preocupada, decide contratar a un experto en cuestiones del alma y del Dalai Lama (Ruth quedó fascinada con sus preceptos) encarnado por el siempre solvente Harvey Keitel.

Así que mano a mano quedan Ruth (Winslet) y P. J. Waters (Keitel): este último inicialmente señala que a la muchacha le lavaron literalmente el cerebro.

Se van al desierto a ahondarse. Mutuamente. Hay que expulsar de Ruth tales ideas alocadas. Después, todo gira, todo cambia y el ovillo de una historia de amor comienza a envolverlos con alta febrilidad.

Humo sagrado no logra convencer del modo que lo hacía esa obra maestra que es La lección de piano, pero Jane Campion es una auténtica cineasta que trabaja la construcción de su escritura visual con fluido refinamiento y especialmente profundidad al momento de las escenas eróticas.

Lo que no funciona en todo ese universo es el libreto: Humo sagrado se desparrama en sus propias proposiciones y la dupla Winslet-Keitel parece quedar a la deriva. Lástima.

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