El peso del cuerpo al momento de morir
Del sufrimiento a la redención, del dolor a la esperanza, de la indignación que lleva a la venganza, al sueño de una vida distante de lo que parece un destino cruel. Así se desplazaban los personajes de Amores perros, cada uno detrás de su nowhere road, pero ligados por una fatalidad que les tocó vivenciar.
Y así también aparentemente se movilizan, marcados por una situación sofocadora los tres protagonistas de 21 gramos, segunda parte de un tríptico que le permitió a Alejandro González Iñárritu un tránsito desde México hasta Hollywood, asegurar su trayectoria como cineasta y hasta tentarse con la posibilidad del Oscar.
González Iñárritu confía en su buena estrella con los premios, gracias a un antecedente tan valioso como la nominación que Amores perros obtuvo en 2000 en la categoría de mejor película no hablada en inglés, aunque en su fuero íntimo tampoco tiene muchas expectativas. «Es que se trata de una película fuera de las normas académicas. Sí me gustaría que ganara para que más gente pudiese verla, pero sólo por eso».
De un lado está el formidable Sean Penn, que ya ganó el título a mejor actor en el Festival de Venecia, y quien caracteriza a un profesor de matemática casado con una emigrante británica al que vemos, en el comienzo del filme, confinado en un hospital con un cuadro de complicada evolución, papel que para muchos competirá con el que entrega en Río místico en la consideración de los votantes de la Academia. Del otro aparece Benicio del Toro, un ex preso que en su búsqueda de redención y de reencuentro familiar decide integrarse a una de esas zonas del cristianismo evangélico que bullen en los Estados Unidos. Allí asoma una ama de casa todavía joven y atractiva, madre de dos hijos, que esconde una vergonzante adicción a las drogas duras y que tiene el espectacular rostro de Naomi Watts, una femme fatale con temple de actriz superlativa.
Los tres viven los traumas de un accidente que modificará sus vidas sensiblemente y que alude al título del filme: 21 gramos es el peso que el organismo perdería cuando se produce la muerte y que asimismo equivale a la capacidad del alma. Dice el cineasta mexicano: «Hay sombras de autor de las que es imposible escapar, pero mientras Amores perros conjuga tres historias muy distintas que se entrelazan en un solo acontecimiento, 21 gramos es una sola historia vista desde tres ángulos. Que ambas están hechas por las mismas manos, sí; que el chef es el mismo, también. Pero eso es algo que no puedes cambiar».
La cercanía de ambos filmes se hace palpable a partir de su modo narrativo: el quiebre de la linealidad, por ejemplo. «Esta elección ayuda a crear una enorme tensión narrativa y también a dosificar la gran carga emocional de la película, que en rigor es todo un tributo al sufrimiento humano».
Rodada a lo largo de casi tres meses en lugares cercanos a Memphis, con imágenes registradas en cámaras portátiles de alta definición, 21 gramos tiene para los hispanohablantes el mérito adicional de haber sido el primer proyecto financiado por Hollywood cuyo equipo técnico fundamental está compuesto casi íntegramente por latinos.
«El director, el guionista, el responsable de la fotografía, el sonidista, el autor de la música original y todos los departamentos importantes en la realización de la película están a cargo de latinos. Estamos demostrando que podemos entrar exitosamente a una industria dominada por europeos y norteamericanos, porque de hecho tuve el control sobre el proceso final de la película», admitió González Iñárritu.
De todos los colaboradores iberoamericanos del realizador hay dos que sobresalen nítidamente: el notable director de fotografía Rodrigo Prieto (Frida y 8 Mile, calle de ilusiones) y el compositor y productor argentino Gustavo Santaolalla, responsable de la banda sonora. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad