SE EDITO "EL VIVO DE LEON"

Calidades de un compositor entrañable

Cuando uno se topa a un disco de la contextura de El vivo de León, pues la primera audición es inevitable y frontalmente emocional. Es que, de algún modo, uno ha venido recorriendo junto a León Gieco -desde la década del setenta- los avatares epocales, sus luces y contrasombras, esos inidentes que en caso del cantautor santafesino tiene relación directa con su obra fundada.

Gieco, entonces, como un compañero de ruta, pese a todos los altibajos que pueden marcársele en su prolífica obra. Gieco como medida de la belleza y, por fin, como un inexorable medidor ético. Es precisamente en Gieco -y en otros pocos- donde el término solidaridad no se ha vaciado de contenido. Pero, a la vez, están las canciones que los trascienden y lo disparan como un referente.

Gieco es un producto inicialmente dylaniano: un infiel en la cifra del gran Bob, un disidente desde la estética roquera a la que luego le fue sumando una potente lectura de la realidad inmediata de la comarca y del continente latinoamericano. Siempre lo fue y lo será, aun cuando más tarde se volcó a trabajos más concretamente folclóricos a partir de sus experiencias junto a otros intérpretes como Antonio Tarragó Ros y especialmente los inmensos Sixto Palavecino, Peteco Carabajal y Leda Valladares.

Desde que llegó a principios de los setenta desde su pueblo natal Cañada Rosquín, provincia de Santa Fe, a dejarse llevar por el vértigo bonaerense y conectó con la cabeza en franco desarrollo creativo de Gustavo Santaolalla (por entonces miembro vertebral de la inolvidable agrupación Arco Iris) y así fundó y editó su primer disco en forma independiente, Gieco estableció un modo de capturar el paisaje y el roce humano en sus canciones que siempre han tenido la hondura de lo simple.

Una poética si complejidades, por momentos muy adjetival, directa que fue asomándose tímidamente hasta alcanzar un impacto en aquel escenario todavía subterráneo del llamado rock argentino.

Lo cierto es que, tres décadas más tarde, León Gieco es toda una autoridad y un individuo de consulta para las generaciones más jóvenes. Nadie, públicamente, manda reparos severos contra su figura y su modo de construir canciones. Hay una autoridad si se quiere intelectual que ha sido apreciada por sus cogeneracionales (Luis Alberto Spinetta, Charly García, entre otros) y asimismo por aquellas propuestas más jóvenes. Es que nunca fue solemne ni paternal y siempre supo cómo acercarse a las bandas nuevas y, en buena medida cómo hicieron en su momento con él, respaldarlas en la manera de lo posible y lo necesario.

Recorrió todo el país (de allí surgió el monumental trabajo discográfico De Usuhia a la Quiaca) y ha tenido sus silencios autocríticos muy reflexivos. Hoy podría decirse que Gieco es de esos cantautores que lograron una serena madurez y una estructura de trabajo, una territorialidad profesionalísima que le permite disfrutar (y que a la disfruten sus receptores) de un proyecto cancionístico con muchos vaivenes pero que sigue manteniendo como eje esa aura dylaniana para luego indagar en otros subgéneros como el chamamé o incluyendo, en algunos casos, las nuevas construcciones sonoras como el rap desde los «Los Salieris de Charly» y los «Orozco» a la fecha con un toque o un lenguaje personalísimo.

El vivo de León, producto de una saga de conciertos ocurridos en octubre pasado, presenta quince materiales de todas sus épocas. Y aun cuando, por ejemplo, actualmente puedan tener un componente naïf algunas canciones, de igual modo no hay pérdida de nobleza y de autenticidad en las mismas y en la globalidad del proyecto.

El disco arranca con la impecable «Cinco siglos igual» y cierra toda intensidad con «Ojo con los Orozco». Pero está presente el primerísimo León Gieco de «Hombres de hierro» y de «En el país de la libertad». O asimismo se despliega radiante el Gieco rocanrrolero de «La mamá de Jimmy» o el baladista desgarrado de «La navidad de Luis», el folclórico de «Canción para Carito» o esa frescura siempre recuperable, simplona pero solvente de «Canción de amor para Francisca».

Se trata de un disco con la hechura del balance absolutamente personal de cara a un público fervoroso y que se refleja en Gieco de pies a cabeza. No desde la idea del ídolo inalcanzable, sino del que se baja del escenario y es un igual. Es la lección de Gieco: haber sido siempre un igual que compartió escenarios con grandes figuras (Milton Nascimento, Mercedes Sosa, el gran Pete Seeger), pero que nunca dejó de mezclarse en la multitud para no perder pie en la cotidianidad desde que aparecen estas canciones absolutamente perdurables, ya de catálogo. *

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