La 26ª Bienal de San Pablo a la vista
A la manera de las bienales de Venecia y Valencia, que mantuvieron durante dos ediciones seguidas al mismo curador, la 26ª Bienal de San Pablo conserva a Alfons Hug, un alemán que fue director del Goethe Institut en Brasil. No es crítico ni historiador de arte y, sin embargo, intervino además en la III Bienal del Mercosur con una propuesta transversal, no muy acertada. Tampoco lo fue su proyecto sobre Iconografías metropolitanas en la 25ª Bienal paulistana, hace dos años.
Tema: Territorio libre
Para la 26ª Bienal, Alfons Hug propone el tema Territorio libre. En el texto que se incluirá en el catálogo, difundido por Internet, hace una introducción de carácter sociológico, una tendencia a la que parece muy afecto en consonancia con los criterios adoptados en la Documenta. Escribe: «Los artistas crean un territorio libre de dominación y, con él, un mundo opuesto al mundo real: un país del vacío, del silencio, de la introspección, en el cual el frenesí que nos rodea es detenido un instante. Pero es también un país de enigmas, en el cual se codifica la avalancha de mensajes simplistas que brotan de los semilleros del kitsch. Al romper fronteras materiales, el artista se convierte en contrabandista de imágenes entre las culturas. El arte no sabe de jerarquías. En el arte, la pregunta por lo que es viejo o nuevo, periférico o central, moderno o primitivo, se plantea en términos completamente diferentes a los de la economía. El arte se sustrae al cálculo y la histeria de la sociedad moderna. Mientras la industria sigue amoblando el mundo, la tarea más noble del arte contemporáneo consiste en limpiarlo. En este contexto, la abstracción juega un papel privilegiado, pues escapa a la verborrea del mundo moderno, creando un sublime contrapunto. Sólo con ayuda de estos puntos de sosiego del arte es posible traspasar el umbral de lo cotidiano y contrarrestar la vorágine demoledora del drama urbano. La tierra de nadie de la abstracción libera al mundo de todo lastre, purifica y posibilita un nuevo contacto».
Más adelante, Hug extiende sus discutibles consideraciones: » En el Brasil no faltaron los intentos de colonizar la tierra de nadie. Sólo recordemos la fundación de Brasilia y aún un poco antes, hace medio siglo, la creación de la Bienal de San Pablo. Ambas son aliadas naturales, pues nacen del mismo espíritu ilustrado y comparten la vocación de iniciar nuevos rumbos. Fueron concebidas como una especie de cantera de nuevas imágenes y allanaron el camino del país hacia la modernidad. La Bienal de San Pablo es una región extra territorial en la que los artistas construyen sus colonias utópicas. Es una reserva protegida, en la que se secan los flujos de mercancías y fracasan las estrategias políticas. La Bienal se comprende como una área de repliegue, donde se acumula la masa crítica y la energía positiva, premisas indispensables de la transformación de la sociedad y de la anticipación intuitiva de nuevas formas de convivencia humana. Cada generación de artistas está llamada a efectuar un nuevo levantamiento topográfico de este territorio libre y diseñar sus contornos. Solamente las artes disponen de una reserva universal de signos y arquetipos, cuyo intercambio moviliza la memoria colectiva de la humanidad. Entonces, si el artista es un contrabandista de imágenes, la Bienal puede ser una plataforma de transacciones en el reino de la estética al cual, para acceder, basta presentar la curiosidad, asociada al afán de conquistar otros mundos como credencial, y una mente despierta como entrada; un lugar donde se comercializan bienes preciosos, pero no se cobran impuestos. Con este vocabulario, que por momentos parece inspirado en la inefable astróloga Ludovica Squirru, el director de la 26ª Bienal de San Pablo, adelanta sus criterios programáticos mientras reúne la participación de numerosos países, entre los cuales figura Uruguay, por supuesto. Todavía no se comunicó el número de países y artistas que intervendrán.
Un poco de historia
La Bienal de San Pablo fue creada en 1951 por iniciativa del mecenas, coleccionista y empresario brasileño Francisco (Ciccillo) Matarazzo Sobrinho (1898-1977), de indesmentible prosapia italiana. Era lógico suponer que un hombre entusiasta del arte moderno y por su origen peninsular, se inspiraría en la Bienal de Venecia, la más antigua de todas. Así fue. Pero antes, como buen empresario, fundó el Museo de Arte Moderno (dirección artística del crítico Lourival Gomes Machado, encargados de prensa los eficacísimos Artur Profili y Oliveiros S. Ferreira) y comenzó una gira por prestigiosas instituciones de Europa y Estados Unidos para comprometer la participación y colaboración. La 1ª Bienal se realizó en un edificio situado en el parque Trianon donde hoy se encuentra la sede del Museo de Arte. Participaron veinte países con envíos nacionales, donde había numerosos artistas y pocas obras (Uruguay estuvo representado con Figari, Barradas, Torres García y Antonio Pena, como envío oficial, mientras que en la sección general fueron admitidos, por selección, Alpuy, Améndola, Costigliolo, Cuneo, Gary, Vicente Martín, Pareja, Platschek, García Reino, Ventayol, Yepes, Pastor, Lanzaro, Domínguez Nieto, Solari, María Carmen Portela). Ese exceso, extensivo a los demás países, restó jerarquía y visibilidad al conjunto pero de cualquier manera fue el punto de arranque de un memorable acontecimiento de notable proyección regional e internacional en el futuro. El catálogo, modesto y manuable, estuvo lejos, durante varias ediciones, de los volúmenes pesados y lujosos de la década del noventa (luego disminuiría, como en todos lados) para satisfacer la vanidad de las empresas patrocinantes.
La 2ª Bienal coincidió con el 400º aniversario de la fundación de la ciudad de San Pablo. El arquitecto Oscar Niemayer concibió un pabellón para muestras industriales en el parque de Ibirapuera, en las afuera de la ciudad, una zona pantanosa recuperada. Con el paso del tiempo, ese parque se incorporó a la ciudad. El edificio nunca fue apto para exposiciones de arte, demasiado abierto y expuesto al sol y a la luz, en su superficie de 30 mil metros cuadrados, pero hoy es el símbolo por excelencia de la bienal. La comisión artística de la Bienal se amplió incorporando a Mario Pedrosa, uno de los críticos brasileños fundamentales y que luego dirigiría una de ellas.
La 2ª Bienal fue la más memorable hasta hoy. Allí concurrieron 41 países (el doble de la anterior) y la selección, luego de la primera experiencia, fue más exigente. Casi ningún encuentro internacional de arte contemporáneo pudo contar al mismo tiempo de salas especiales dedicadas a Oskar Kokoschka (Austria), James Ensor (Bélgica), Alexander Calder (Estados Unidos), Henri Laurens, Germaine Richier y Henri – Georges Adam y del movimiento cubista (Francia), Pablo Picasso con 50 cuadros y además el Guernica prestado por el Museo de Arte Moderno de Nueva York, Piet Mondrian (Holanda), el futurismo (Italia), Petar Lubarda (Yugoslavia), Henry Moore (Gran Bretaña), Rufino Tamayo (México), Edvard Munch (Noruega), Ferdinand Hodler (Suiza), Gropius, en la sección arquitectura. Para ese éxito contribuyeron 75 museos y 313 galerías extranjeras. Una hazaña que aún hoy, sería imposible, por razones de seguridad y los altos costos operativos. Además, estaban las selecciones nacionales, algunas realmente notables. Entre la treintena de artistas uruguayos, figuró Vicente Martín con el cuadro Alfabeto marino, una de sus obras más importantes, y que, inencontrable hasta ahora, sólo queda la fotografía.
Las restantes bienales paulistanas (o de cualquier otro lugar, incluyendo Venecia) no lo
graron alcanzar ese brillo excepcional, donde se reunieron las estrellas máximas del firmamento creador del siglo XX. Algunas coincidieron con la inauguración de Brasilia (1959) y atrajeron, fundamentalmente, a los principales críticos de arte de todo el mundo que realizaron su congreso extraordinario en la nueva capital (Herbert Read, Bruno Zevi, Johnson Sweeney, Romero Brest, André Chastel, Meyer Shapiro, Argan, França, entre otras notabilidades)
Luego vino la dictadura militar (1964) y los cuestionamientos de adentro y de afuera, hasta que la democracia se reinstaló luego de veinte años de suspensión. La dictadura de los curadores sucedió a la de los militares y las bienales de los años noventa fueron sometidas a fuertes procesos de silenciosa privatización por el ingreso de empresas y empresarios en la conducción. Empezó como un proyecto unipersonal del Museo de Arte Moderno y de Ciccillo, pasó a Fundación Bienal y ahora debate su estatuto. Lo importante, todavía, es la permanencia, entre siempre discutibles y discutidas curadorías, del objetivo inicial: acercar el arte brasileño y de América Latina a una vitrina internacional que cada vez más amplía el espectro de visitantes y de países participantes de los cinco continentes. Las bienales paulistanas influyeron notoriamente en los cambios operados en los artistas del continente y fueron, y continúan a ser, una referencia ineludible (con todas las limitaciones del caso) para la información y formación del público de estas latitudes. Ya no es la única. Se agregaron las del Mercosur y Ceará y aunque excedidas en número para un único país, aunque sea un continente, es una bienvenida multiplicación que favorece la tan vapuleada cultura tercermundista. Actualmente, la Bienal de San Pablo con medio siglo de existencia es, luego de la centenaria Venecia, la más antigua y una de las más prestigiosas del mundo y, como el cerca de centenar que surgieron en muchos países, obtiene el estigma de anacrónica pues hoy no es, ni puede ser, el termómetro de la situación actual del arte dada la complejidad y velocidad de su condición. Habrá que inventar otro paradigma para las exhibiciones. Mientras tanto, hay que soportarlas. *
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