El sentido de las cosas
Es imposible hablar de REM sin dejar de reconocer que se trata de una de las bandas más importantes de toda la historia del rock. Estos sureños (nacidos en Athens, en el estado de Georgia, donde resulta muy difícil la vida para los negros, a pesar de que son mayoría) han sabido, desde sus comienzos como banda de garaje universitaria allá en los primeros años 80 ganarse un lugar en lo más alto del podio rockero de la mano de algo tan importante como difícil de conseguir: grandes canciones.
A la capacidad para lograr melodías pegadizas y la pesada impronta literaria que suelen tener sus textos, se le suma una actitud siempre fiel a sus principios.
Liderados por el cantante Michael Stipe, una de las personalidades más atrayentes de ese vanidoso y gigantesco zoológico que es el rock, el combo que completan el guitarrista Peter Buck, el bajista Mike Mills y el baterista Bill Berry, hasta el momento de su abandono por motivos de salud, han levantado un tótem que ha amenazado más de una vez con caerles sobre sus cabezas, pero siempre han escapado, no sólo porque tienen suerte, sino porque son artistas con mayúsculas.
Desde los primeros pasos desde aquella gema en vinilo que fuera Murmur, la banda estalló a nivel planetario con aquella canción incluida en Document, The One I Love, para luego abandonar las ligas de los grupos independientes para firmar con la multinacional Warner por una suma que superó los 60 millones de dólares de hace 15 años.
El hijo de esa supuesta herejía se llamó Out of time, disco que contenía una verdadera colección de canciones brillantes, formidables y felices, dentro de las que estaba Loosing My Religion. A partir de ahí el Universo todo les perteneció.
Luego vendría esa obra máxima, concluyente, que fue Automatic for the people, sin quizá, uno de los mejores trabajos discográficos de todos los tiempos. Con el tiempo llegaron nuevas etapas, sendos callejones sin salida que parecían hacer naufragar el proyecto. Discos como New adventures in Hi Fi, Monster o Up le dieron lugar a una suerte de expansión que los hacía pasear desde la más sutil belleza a la más oscura y comprometida exasperación.
Si bien los tópicos seguían siendo los mismos (amor, muerte, memoria, sexo, política), el sentido del humor y la ironía ya no eran las mismas.
El estilo y la carrera del grupo se reconstruyeron con el magnífico Reveal y a partir de ahí volvieron a ser lo que eran.
Esa historia se recoge en la edición de REM, The best 1988-2003, un compilado que habla por sí solo de la maestría y de la importancia que esta gente tiene.
Canciones de carácter clásico se unifican a dos nuevas joyas que muestran por dónde va el camino actual de la banda. «Bad day» y «Animal» son finos trazos de armonía y delicadeza, que recuerdan a la notable «It’s the end of the world», es cierto, pero deja bien en claro que se está ante un grupo de músicos mayores, sin el menor rastro de desgaste creativo y ello constituye una razón para tener en cuenta este disco. Imperdible. *
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