Tarde de circo
El 51 y el 54 repletos de pasajeros. Todos saltaban apurados de la plataforma del tranvía. Después a puro patacón hasta el circo que ese domingo tenía el imán del Ramírez. Antes de llegar, los datos posta acalambraban el balero de los que soñaban con salir de la categoría de patos crónicos. Sobre la calle Guerra había un montón de medio tanques y asados al pincho para que hicieran muela de apuro los que en su prisa ni había tocados los caseritos ravioles. Los canillitas, a puro pregón, vendían las biblias burreras. El Pueblo Ituzaingó era una fiesta. Hasta las vecinas, rápidas pa’los mandados, ponían una mesita en la puerta y entre los malvones y hortensias vendían «pasta flora» y tremendas pascualinas. El hormiguero de aficionados palpitaba por Gronardo y ni hablar por Francisco Echegoyen. Una copita en el Missouri de enfrente, solo una para aceitar el garguero y no quedar roncos desde el vamos. Una corbata que daba suerte, los tiradores con el botón roto de pura cábala y el gacho que casi había tocado el cielo cuando embocamos aquella manga. Ambiente camba y finoli en los studs, con pingos importados que habían traído los Reyes. El porteñaje por todos los rincones. Muchas excursiones llegaron la noche anterior en el clásico Vapor de la Carrera. Los fanáticos de San Isidro ahora hacían pinta y rezaban a San Maroñas. Muchos ni habían dormido porque en la madrugada habían trillado los boliches de Andes con Las Cuartetas a la cabeza. Pero ahí estaban, en las populares y hasta en el pituco Palco de los Socios con sus ranchos de paja y trajes cruzados y muy blancos. Los clandestinos se hacían la América. Los corredores levantaban apuestas por todos lados. Ya sea en «la perrera», donde el rollo y la guita entraba y salía en los canastos de los vendedores de tortas. O en el Palco donde los señores de galera y bastón, con sus costosos prismáticos colgando del cuello, llamaban con una seña al vendedor de soda. Un cuchicheo y se amasijaban jugándole bien fuerte a una yegua que daría el batacazo. Si estabas al alpiste, veías que mucho copetudo, la mayoría propietarios, timbeaban con el pibe de los refrescos a un pingo que no era el suyo. Guardiaciviles con casco y ropa de gala hacían la vista gorda. El metejón del Ramírez llegaba a todos los barrios en la voz del inolvidable locutor Macón. Ahora resurgió de sus cenizas. La pasión popular, aun castigada por la malaria, sigue vivita y coleando. Leyendas de la Vieja Capital. Cuando Romántico hacía capote, «el pulpo» un rey de copas, Lalinde, el carbonero Alejandro López y los hermanos Batista, maestros de la fruta. El circo volvió para quedarse. Con más recuerdos y música los esperamos, los sábados a las 18.30, en 1410 AMLIBRE.
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