SE EDITARON GRANDES EXITOS DE THE DOORS

Una estética de la sensualidad

Cuenta la historia, no así la leyenda que transita ya en diversas y múltiples direcciones, que en el transcurso de1965 hubo un encuentro de gesto metafísico en una bella y alejada playa del sur de California: allí, un misterioso y a la vez carismático joven llamado Jim Morrison decidió recitar un poema de su autoría: «Moonlight drive».

En el encuentro estaba nada menos que el talentosísimo Ray Manzarek, por entonces tecladista de una banda poco conocida llamada Rick and the Ravens, quien quedó impactado por la intensidad del poeta y le propuso, de inmediato que trabajaran juntos en algún proyecto musical. El dúo, que tuvo una química especial desde el vamos, probaría suerte con los hermanos Jim y Rick Manzarek en la guitarra hasta encontrar a Robby Krieger, amigo del baterista John Densmore. Inspirado en un más que febril libro de Aldous Huxley, Las puertas de la percepción (The doors of perception), Jim Morrison encontró el nombre para el grupo que se transformaría en una de las usinas más creativas de la historia del rock y, por su aura trágica, en un mito si se piensa precisamente en ese Morrison que alguna vez estamparía en el para siempre de los oídos de la gente: «Queremos el mundo y lo queremos ahora» .

Dos años más tarde, «Moonlight drive» era una de las canciones de Strange days, segundo disco de The Doors, que en su veloz, vertiginosa y hasta caótica existencia ya había sentado las bases del mito. Es que el debut homónimo de 1967 contenía tres de las canciones que los situaron para siempre bajo las luces: la intensísima, provocadora «Break on through (to the other side)»  todo un grito de carácter generacional, buena síntesis de los años sesenta , la psicodélica y notable «Light my fire» y la torturada y altamente poética «The end», plagada de climas e invocaciones de quien comenzaba a hacerse llamar The Lizard King. (El Rey Lagarto). Esas canciones, por cierto, aparecen en el primer tramo de Legacy-The absolute best, el doble compacto que el sello Warner lanzar a la venta y que a pesar de semejante título (Legado-Lo absolutamente mejor), resulta en consecuencia una apropiada manera de atravesar las puertas y entrar bien acompañado al universo maravilloso de The Doors.

La leyenda, no la historia, dice un montón de cosas sobre Morrison y sus amigos (¿cabe alguna duda de que, más allá de las innegables capacidades del cuarteto, el Rey Lagarto conseguía eclipsarlo todo?). Es que la historia del grupo se condensa en apenas seis años, lo que fue desde ese encuentro en la playa a la muerte del cantante en París en julio de 1971, pasando por los años salvajes del Whisky a Go Go californiano y los cinco discos aparecidos en vida de Jim: L. A. Woman fue editado cuando ya habían comenzado las peregrinaciones al cementerio de Père Lachaise.

En el medio sucedieron algunas cosas y se inventaron muchas otras, pero sobre todo The Doors le dio un sentido y un espesor a la escena californiana que nunca más alcanzaría, como bien lo prueba el auge en los ochenta de engendros pop metal maquillados y dedicados a la letra idiota.

Lejos estaba Jim Morrison de las letras idiotas, y si hay algo singular en los Doors es que, aun para quien no entiende ni un pocode inglés, sus canciones transmiten señas epocales.

Y asimismo una urgencia, un dolor, una pasión o una simple incomodidad generacional, todo en un envase musical inclasificable, en el que se podían reconocer las raíces del electro blues, pero allí se terminaban las pistas. Hábiles chamanistas, los Doors le siguieron poniendo brillos a la leyenda con canciones superlativas como «Alabama song (whisky bar)», «People are strange», «The unknown soldier», «Roadhouse blues», «La Woman», «Riders of the storm» o «Hello I love you». Todas ellas están en Legacy, pero también momentos menos célebres e igualmente reveladores como «The changeling», «Tell all the people», «Soul kitchen» o «Five to one».

Como corresponde a esta clase de lanzamientos, el doble compacto cierra con un inédito: «Celebration of the lizard» (un poema incluido por Morrison en el arte de Waiting for the sun, de 1968) ya tenía una versión en vivo en Absolutely live (1970), pero que en esta ocasión se presenta en forma de suite de alto vuelo que llega a ser perturbadora con una duración de los 17 minutos  registrada en las sesiones de The Soft Parade , y emerge claramente como ejemplo de la cantidad de demonios musicales que podían habitar un grupo de formación en apariencia tan clásica.

Gratamente documentado (se incluyen los bajistas y demás músicos invitados, fechas y posiciones en los rankings de cada single),y por cierto ilustrado por imágenes de los Doors en la cumbre de su itinerario artístico y con una afinadísima elección de las 34 canciones remasterizadas, Legacy hace diferencias con compilados anteriores.

Y además se labra un espigamiento sonoro tan impactante como para producir la idea de la permanente travesía de los sentidos, un viaje al desierto de los chamanes (tan cercanos a Morrison), un paso decidido en pos de la idea de la belleza hecha literalmente belleza. Morrison sigue vivo y todavía moviliza y hasta conmueve. *

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