PERIODISTA DE THE WASHINGTON POST ESCRIBIO BIOGRAFIA DE LAURA BUSH

Una primera dama en apuros

Todos se preguntarán, en rigor, cómo es en su cotidianidad Laura Welch: una mujer de pocas palabras, amante de la buena literatura, defiende los derechos de las mujeres y cultiva el arte de la discreción. No obstante, a pesar del gesto plácido y la sonrisa indeleble, la mujer del presidente de Estados Unidos también tiene su lado oscuro. Como todos los mortales de este mundo, sí señor.

Ann Gerhart es periodista del prestigioso diario The Washington Post y sigue profesionalmente a la primera dama estadounidense desde que ella llegó a las fastuosidades de la Casa Blanca. En su polémico libro La esposa perfecta, editado recientemente en los Estados Unidos por Simon & Schuster, el potencial lector se encontrará con la vida y las obras de esta mujer de 57 años nacida en Midland, Texas, en el seno de una familia próspera del sur, con diplomas de maestra y bibliotecaria, y para muchos la verdadera patrocinante de que Bush hijo esté hoy comandando al país de las barras y las estrellas.

Mucho se ha debatido acerca de la transformación de George W. Bush después de alejarse del alcoholismo y de cómo cuando tenía 40 años su mujer le exigió abandonar el whisky. «O Jim Beam o yo», aseguran que le dijo severamente Laura, poniendo entonces un límite definitivo al ingreso del scotch a casa.

Gerhart se detiene en un episodio clave de la vida de la sureña Laura, quien antes de ser la esposa perfecta fue también la hija perfecta y única del matrimonio de Harold y Jenna Welch. En 1963, con 17 años, Laura pidió las llaves del auto para ir a una fiesta con su amiga Judy. Tal vez cansada de portarse tan bien siempre, Laura sorteó un semáforo en rojo y terminó chocando contra otro auto. A ellas no les pasó nada, pero el chico que conducía el otro auto murió.

El joven se llamaba Michael Douglas y no era un desconocido sino un compañero de clase de las chicas, según dicen el más popular del curso. Laura no fue multada ni sancionada por el terrible accidente. Curiosamente, desliza Gerhart, en los expedientes tampoco figura que se le haya practicado ninguna prueba de alcoholemia. La autora de la biografía insiste en que, al igual que sucedió con su marido, en la vida de Laura también hubo un antes y un después. Sólo que en su caso fue giro temprano, una conversión dolorosa y precoz que modeló los rasgos de su personalidad por siempre.

«Se hizo más cauta y menos espontánea, más abierta a la comprensión de los otros, menos inclinada a juzgar a las demás personas», señala generosamente la autora. «Haber causado la muerte de Mike Douglas me dio otra perspectiva de la vida», reconoce la primera dama en el libro.

El alcohol parece ser un tormento en la vida de Laura. Pero así como supo cuándo ponerle frenos a la adicción de su esposo, parece que no pudo actuar del mismo modo con sus hijas, las irreverentes mellizas Jenna y Barbara (22), muy dadas a la cerveza desde la adolescencia y con un par de ingresos en la policía por esa causa. «Ellas hacen lo que quieren hacer todos los adolescentes», las disculpó alguna vez. Las chicas nacieron en 1981, luego de varios intentos fracasados de los Bush. Laura perdía los embarazos.

Laura sabe que su lugar está al costado de su esposo, con quien se casó en 1977. Según parece, una de las pocas veces que Laura Bush desoyó el principal consejo de su suegra y mentora Barbara («nunca contradigas a tu marido») fue luego de los atentados del 11 de setiembre de 2001, cuando se enfrentó a un desenfrenado George W. Bush que minutos antes había dicho que quería a Osama bin Laden vivo o muerto.

Otra vez fue en el famoso programa de TV Tonight Show, donde Laura se animó a decir que no pensaba como su marido en relación al aborto, ya que creía que las mujeres debían tener derecho a elegir en esos casos. Aunque inmediatamente hizo un giro y logró dirigir nuevamente la atención hacia su esposo George. «Pero no me eligieron a mí para gobernar, sino a él», manifestó sonriéndole sin prejuicio alguno a las cámaras. *

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