SE VIENE FILME POLICIAL DE BRIAN DE PALMA

Cuídate de las mujeres fatales

El filme transcurre entre lo ordinario y la idea de sofistificación. Pero no deja de ser por momentos un tanto ridícula y al mismo tiempo envolvente al punto de atar a los espectadores a sus butacas. También posee performances pobres y a la vez brillantes, con lo que el filme navega por esas dualidades y gana la partida en forma cautivante.

Porque, en rigor, está rodada con la mano maestra de Brian De Palma. Así de contrastante viene a ser Mujer fatal, el más reciente opus de ese creador fuera de serie para cierta tribu de cinéfilos, o de ese artesano descartable (para sus detractores) que fundó todo un modo y un lenguaje cinematográficos muy personal y ritualístico.

Un autor, entonces, Brian De Palma, que divide aguas y ha llevado su exaltación de las convenciones del policial negro y su erotismo desbordante a extremos cinematográficos poco frecuentes.

Ya en la secuencia inicial, De Palma acumula y ofrece de manera explícita todo su imaginario estético y referencial con un homenaje a Pacto de sangre, de Billy Wilder, la presentación de su heroína (la despampanante y gélida Rebecca Romijn-Stamos), un robo de diamantes valuados en diez millones de dólares con torpe escena de lesbianismo incluida en el baño del Palais durante la apertura del mismísimo Festival de Cannes y la posterior traición de la protagonista a sus sádicos socios.

Exiliado en Francia (único país donde hoy puede conseguir 35 millones de dólares para rodar sus obsesiones luego de sus múltiples fracasos hollywoodenses), Brian De Palma traslada luego la acción a París y hace convivir en Mujer fatal el glamour de los famosos diseñadores que lo asistieron (desde Valentino hasta Jean-Paul Gaultier, pasando por Dolce & Gabbana, Prada, Yves Saint-Laurent y Chanel), una deliciosa y sugerente banda sonora del músico experimental japonés Ryuichi Sakamoto (ganador de un Oscar por haber fundado la banda sonora de El último emperador) y una elaborada iluminación del fotógrafo Thierry Arbogast, con escenas casi de un porno liviano dignas de un sórdido peep-show de Las Vegas o caracterizaciones penosas como la del paparazzi que interpreta Antonio Banderas.

Exaltación del artificio, de la manipulación, del placer de jugar al cine con la pantalla dividida, la utilización de la cámara lenta o la construcción de varios suntuosos planos-secuencia (marca de fábrica de De Palma) y con pocos diálogos (en su mayoría ampulosos y ridículos), Mujer fatal funciona a modo de síntesis de las obsesiones de su guionista y director: el voyeurismo, las fantasías masculinas, el destino signado por el azar, los celos, la paranoia y la escisión de la personalidad que lo consagraron en películas precisamente como Obsesión y Blow Out, el sonido de la muerte, las impresionantes Vestida para matar y Doble de cuerpo o Demente.

La trama, saturada de fabulaciones y confabulaciones, traiciones cruzadas y un tono pesadillesco, devuelve a De Palma a su status de gran satirista con algunos toques de humor absurdo. En la película más delirante que haya dado un director norteamericano desde El camino de los sueños, de David Lynch, con su arquetípica descripción de la femme fatale que a todos seduce y destruye y con su permanente diálogo con Alfred Hitchcock (Romijn-Stamos tiene mucho de aquella espléndida Kim Novak de Vértigo), De Palma es capaz de fascinar e irritar en la misma proporción, y vaya si lo sabe y lo disfruta y lo posiciona como un diferente. Para aquellos que ante todo busquen en un filme coherencia e hilación narrativas, además de una progresión dramática, Mujer fatal puede resultar una gran decepción porque aquí no se cumple casi ninguna expectativa creada. En cambio, para aquellos que no le tengan miedo a ciertos códigos del cine clase B y de explotación, y que se dejen transportar por todas las posibilidades sensuales y lúdicas del cine encontrarán en la energía visceral y la elegancia formal de De Palma suficientes motivos de regocijo. *

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