LIBROS

Las vidas de Rosencof

Esta ecuación recurrente, que coadyuvó a edificar las civilizaciones y los modelos políticos y sociales en el devenir de más de dos milenios, siempre se alimentó de talento, esfuerzo, sacrificio, sangre y heroísmo.

Como si se tratara de un mandato superior e inalienable, pedestales de soberbia y autoritarismo fueron demolidos por la vorágine del tiempo y la inclaudicable voluntad humana.

El sentimiento de libertad  asfixiado periódicamente por la mesiánica demencia de inquisiciones y dictaduras  se reprodujo incesantemente, para perdurar como una suerte de herencia genética trasmitida a través de las generaciones.

Los cambios que marcaron derroteros de gloria siempre se nutrieron de la pasión, un sentimiento indomeñable e intrínseco a nuestra propia identidad.

En ese contexto, el idealismo siempre fue la levadura de las grandes transformaciones protagonizadas por la humanidad, que jamás renunció a su derecho a la autodeterminación y la dignidad.

El hombre es, sin dudas, el arquitecto de su propio destino. Puede escoger una vida rutinaria y sin mayores compromisos o bien asumir una aventura existencial intensa, que exceda las fronteras de lo meramente convencional y se instale en el territorio de lo emocional.

Esa crucial opción fue asumida por muchos de los grandes prohombres que registra nuestra historia oficial o aún por aquellos deliberadamente ignorados por los investigadores, los documentos o los textos recomendados por los programas de la educación formal.

El pasado  más allá de meras interpretaciones  es una materia sin dudas altamente manipulable. Basta que la mentira se apropie del relato histórico, para que todo discurso disidente sea literalmente barrido de los territorios del debate.

De allí la necesidad de conservar intacto el espíritu crítico, a los efectos de cerrarle el camino a quienes pretenden colonizar la voluntad colectiva y transformar a los jóvenes en individuos acríticos e indiferentes.

Sin dudas, la ausencia de debate deviene inevitablemente en ignorancia, que es el peor flagelo que azota a una humanidad seriamente condicionada por el poder de las corporaciones económicas y los recurrentes apetitos imperialistas.

A ello se suma, naturalmente, la frivolidad característica de una posmodernidad cada vez más despiadadamente castradora.

Otro concepto teórico que de uno y otro modo se está apropiando de nuestras rutinas, es el vinculado a la globalización planetaria, hija bastarda de la expansión de los modelos de acumulación capitalista que adquirieron un renovado auge luego del descongelamiento de la denominada guerra fría.

Las nuevas tendencias  que aspiran a demoler definitivamente las filosofías humanistas  atacan directamente al corazón de nuestro código de valores, mediante modelos culturales de sustitución.

La consecuencia de estas variables históricas es un acelerado proceso de pérdida de identidades. Este fenómeno es claramente perceptible en el Uruguay contemporáneo, cuya calidad de vida ha sido socavada por una crisis estructural de rasgos endémicos.

No obstante, no todo se reduce al mero discurrir acerca de las características de la situación de emergencia social que afronta el país. La actual coyuntura es consecuencia, naturalmente, de diversas relaciones de causalidad que se retrotraen  en el tiempo  a por lo menos cuatro décadas atrás.

En ese punto de inflexión, que deberíamos situar a comienzos los años sesenta, comenzó a gestarse el monstruo que devoró  quizás definitivamente  al Uruguay próspero y paradigmático.

Durante la segunda mitad de la década del cincuenta, ya se comenzaron a visualizar los primeros síntomas de descaecimiento, que anticiparon los tiempos de violencia y confrontación fratricida que se instalaron pocos años después.

Los compromisos asumidos con organismos financieros de crédito, el aumento de las relaciones de dependencia y la creciente injerencia del imperialismo hemisférico, hicieron añicos – en poco tiempo – los sueños libertarios construidos por nuestros próceres.

A medida que avanzaba la escalada represiva, la democracia uruguaya iba perdiendo su identidad, hasta transformarse en una grotesca dictadura, tan o más deleznable que otras experiencias autoritarias de la región.

En el decurso de los acontecimientos, afloró en la escena nacional un fenómeno cuasi inédito: un movimiento guerrillero decidido a apropiarse del poder, mediante la lucha armada.

Durante casi diez años, esta organización insurgente que trasladó la lucha política a la escena militar, desplegó su operativa y sus estrategias en la clandestinidad.

El Movimiento de Liberación Nacional  que hoy actúa en la legalidad e incluso tiene una representación política que concita multitudinarias adhesiones  fue derrotado en 1972.

Su estructura fue desmantelada y la mayoría de los dirigentes que integraban su cúpula directriz fueron encarcelados en situación de aislamiento, siendo sometidos a tratamientos inhumanos en las pesadillescas bastillas de la dictadura.

Uno de los personajes reales de esta historia fue Mauricio Rosencof, escritor, dramaturgo y actualmente periodista, que fue  antes de ser capturado, recluido y torturado  uno de los más paradigmáticos referentes del movimiento tupamaro.

Hoy, pese a estar alejado de la militancia política activa, el «Ruso» mantiene inalterables sus convicciones y insobornables principios éticos que  en el pasado  le transformaron en ideólogo y combatiente.

En «Las vidas de Rosencof», libro recientemente editado por Alfaguara, Miguel Angel Campodónico asume la titánica misión de reconstruir el periplo existencial de este luchador social, un personaje real de carne y hueso que nunca pidió ni le dio tregua a la vida.

El autor, que obtuvo un rotundo éxito editorial con la biografía

del hoy senador encuentrista José Mujica, pasea su pluma por los itinerarios de Rosencof, desde su infancia de hijo de humildes inmigrantes polacos hasta el presente.

Alternando el relato novelado con los recuerdos y las reflexiones del propio protagonista, el autor se interna en el complejo tejido existencial del protagonista de tan apasionante épica.

Renunciando a la habitual rigidez cronológica, el investigador inicia su obra con una apelación al propio personaje, que yace supuestamente abatido en la sala 8 de Hospital Militar. En realidad, el preso político  sometido a la sazón a tratos inhumanos  sólo estaba protagonizando una experiencia de simulación, con el propósito de recuperar fuerzas y continuar sobreviviendo pese al tormento.

A partir de esa referencia, que describe con singular crudeza y despiadado dramatismo, el narrador evoca minuciosamente la participación de Rosencof en la planificación de la toma de Pando, un episodio que  hace ya más de 34 años  sorprendió por su audacia a un país convulsionado por luchas políticas, la fermentalidad ideológica y las confrontaciones armadas.

Sin soslayar explícitas referencias a otras operaciones de la organización clandestina, Campodónico evoca la captura de Mauricio Rosencof en 1972, en el momento quizás más álgido del enfrentamiento entre la guerrilla y las Fuerzas Armadas.

Obviamente, un considerable fragmento de este relato está consagrado a la reclusión del luchador, aislado, salvajemente torturado y privado de sus más elementales derechos, por los protagonistas de la dictadura criminal que sojuzgó al país durante más de once oscuros años.

Tras situar a su personaje en la escena literaria, Miguel Angel Campodónico «profana» los laberintos de la memoria, para recrear
 con absoluta elocuencia  los orígenes del guerrillero.

En ese contexto, recrea el arribo a nuestro país del padre de Rosencof, un sastre judío de origen polaco que en 1931 llegó a Florida, huyendo de la pobreza y el naciente antisemitismo que se estaba instalando en Europa.

El libro evoca la posterior llegada a Uruguay del resto de la familia, el nacimiento del propio «Ruso», el traslado a Montevideo y los primeros años de la infancia vividos en el barrio Palermo.

El investigador, que alterna naturalmente la narración con el fluir de los recuerdos del propio dramaturgo, exhuma el lacerante episodio de la muerte del hermano mayor y la nueva vida iniciada en la casa de la calle Garibaldi entre Humaitá e Ibirapitá. Ese barrio y sus personajes más representativos, han alimentado profusamente parte de la literatura nacida de la pluma de Rosencof.

El autor incorpora abundantes referencias a los familiares que perecieron asesinados por la demencia nazi en Polonia, algunos de ellos en el infierno de los campos de exterminio, tal cual lo evoca en forma conmovedora el propio «Ruso» en «Las cartas que no llegaron». Esta obra sin dudas referente de la producción autobiográfica de Rosencof, está siendo representada actualmente en el teatro, en una adaptación impactante por su rigor testimonial.

Asumiendo la necesidad de novelar la historia de su personaje más allá de su mero valor biográfico, el autor evoca el proceso de formación ideológica del luchador y la construcción de su proyecto de compromiso con la historia contemporánea del país.

En ese contexto, a través de la voz del propio protagonista transformada en relato, recuerda los primeros años de militancia

del ex guerrillero en filas del Partido Comunista, su período de concientización ideológica y su afiliación a dicha organización política de izquierda.

Describe igualmente, con la minucia requerida, su proceso de radicalización, que culminó con la incorporación al movimiento guerrillero que conmovió al país hace más de tres décadas.

Rompiendo deliberadamente las coordenadas del tiempo, Campodónico sitúa su pluma en un episodio que representa al Mauricio Rosencof ya incorporado a los cuadros del MLN: el encuentro clandestino en Montevideo con el cineasta griego Constantin Costa Gavras, para comenzar a concebir el filme

«Estado de sitio», cuya exhibición permaneció prohibida en nuestro país durante la dictadura.

Sin embargo, no soslaya la experiencia del activista en contacto con los cañeros de Bella Unión y los arroceros de Treinta y Tres, circunstancia que le permitió conocer a Raúl Sendic.

El relato se pasea por otros escenarios geográficos y personajes: el Chile del derrocado presidente socialista Salvador Allende, la Cuba de Fidel Castro y la épica figura del guerrillero argentino cubano Ernesto «Che» Guevara.

La obra recrea  con precisión y rigor  la tumultuosa peripecia del Rosencof tupamaro, las acciones revolucionarias que los tuvieron como protagonista, las negociaciones clandestinas, la prisión y el tormento durante la dictadura.

Campodónico recaba impresiones del hoy fallecido ex director de Inteligencia, Víctor Castiglioni, para capturar en las páginas de este libro la visión del fenómeno de la guerrilla urbana observado desde la otra trinchera.

«Las vidas de Rosencof» es un auténtico fresco histórico y existencial, que condensa en sus páginas la experiencia personal

de un luchador social tan inclaudicable como insobornable, que siempre vivió con pasión la defensa de la superior causa de la justicia social.

Miguel Angel Campodónico demuestra todo su oficio de avezado investigador, para explorar minuciosamente la historia de un personaje sin dudas singular, que sintetiza el sentimiento de

una generación de uruguayos que abrazó con pasión la utopía transformadora, que aún hoy es un sueño no consagrado.

A más de tres años de su exitosa primera aparición en el marcado editorial, «Las vidas de Rosencof» constituye un documento ineludible y en muchos aspectos hasta aleccionante, que convoca a la reflexión en torno al sacrificio, el heroísmo y el idealismo.

La reedición de esta obra permite al lector recuperar fragmentos capitales de nuestro pasado reciente, en el entendido que éste requiere un permanente debate, a los efectos de rescatar algunas experiencias de lucha que seguramente nutrirán la construcción del proyecto de cambio que la mayoría de los uruguayos ansiosamente aguardamos.

(Editorial Alfaguara)

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