Conflictos de una identidad perdida
En cambio aquí, Solás explora los dolores del exilio (un cubano vuelve de Estados Unidos para reencontrar a la madre a la que ha dejado durante mucho tiempo) y afirma los desconciertos de una identidad dividida, desde un tiempo presente resignado y en parte autocrítico.
La otra novedad, que para Solás es también una búsqueda estética, consiste en que el director utiliza el melodrama (género latinoamericano por excelencia) como vehículo para explorar las relaciones de sus personajes con la realidad: el hombre que vuelve desde luego reencuentra a la madre pero también a una prima con la que emprende una equívoca relación, mientras se cuestiona la lejanía y el desarraigo.
Esa tecla melodramática, sin embargo, está premeditadamente controlado. El filme se toma su tiempo para examinar el carácter del protagonista, oponerlo a los otros cubanos que han permanecido en la isla («a pesar de todo» dice uno de los diálogos) y ya no son como los cubanos de antes.
En ese momento comienzan los cambios de ese personaje central, que abandona el automóvil que ha alquilado y retoma la olvidada bicicleta, deja el hotel, y parece aprender que perdió algo viviendo en el extranjero. Con buen criterio, Solás, su libretista Sergio Benvenuto (con largos antecedentes en el mejor cine cubano) y Elías Solás, dejan constancia que la vida en Cuba no es ninguna maravilla y que lo que el protagonista ha perdido no son las ilusiones del futuro dentro de su país, sino en todo caso sus raíces, esa mixigenación que está en el título del filme.
Este reencuentro del espectador uruguayo con un cine cubano de mayor empeño, y con uno de sus cineastas emblemáticos, confirma los cambios que están ocurriendo en Cuba. Sin entusiasmo por un futuro que será mejor, sin el «pintoresquismo» folclórico de coproducciones en general con España, sin la descripción de gentes y lugares populares, Miel para Oshún se propone una inserción en un presente dramáticamente menos excitante y promisorio, y lo hace recurriendo a tradiciones culturales cubanas (el melodrama).
Es en todo caso una de las primeras exploraciones en un cine cubano actual, probablemente Solás se exceda en la búsqueda de calidades visuales y fotográficas, o crea que el vigor de las situaciones dramáticas es mayor de lo que en definitiva consigue.
Pero como actitud creativa, indica una vuelta atrás después de ilusiones desvanecidas. De alguna manera Solás está dejando atrás su anterior cine de reconstrucción histórica de épocas más o menos pasadas, elimina su visión dialéctica inspirada en Visconti, donde las clases sociales dominantes estaban destinadas a extinguirse, y se aplica a una aceptación del presente visto desde el presente, sin ilusiones.
Visto en la perspectiva del actual cine cubano, su película marca una vía diferente, el comienzo de una búsqueda expresiva, todavía sin desarrollar. Algo está pasando en el cine cubano, y esta película es una muestra de ese movimiento que empieza desde adentro, por uno de los cineastas que a diferencia de otros colegas de su generación salieron al exterior para hacer un cine internacional en coproducciones sin personalidad propia. Algo que, entre líneas, le sucede al protagonista de Miel para Oshún.
Solás, tras viajar por Europa volvió a Cuba en 1965 para hacer su «verdadero primer filme», el mediometraje Manuela, que el crítico francés Marcel Martin consideraría «una pequeña obra maestra».
Su posterior obra de ficción incluye títulos como Lucía (1968), Un día de noviembre (1972), Cantata de Chile (1975), Cecilia (1981), Amanda (1983), Un hombre de éxito (1986), El siglo de las luces (1992), en los que examinó con preferencia contradicciones sociales y caracteres femeninos. Inactivo durante casi una década, volvió a la actividad para hacer esta película ganadora en México de un Ariel de Plata, y de una mención especial en el Festival de La Habana 2001. *
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