Más sobre la temporada que fue

Muchos visitantes extranjeros se asombran de la gratuidad del museo del Parque Rodó. Es habitual (menos en Buenos Aires y Londres) que las instituciones públicas y privadas cobren la entrada para ver el patrimonio artístico, a la que hay que agregar otra más correspondiente a las muestras temporarias, de las que ni siquiera Londres se exime. (El caso más escandaloso fue el alto precio para visitar una parte de la colección de la reina Isabel). El público local todavía no se percató de las virtudes democráticas de los museos nacionales que, como las playas, son accesibles a todos los sectores sociales. Es cierto que buena parte del público ignora esa circunstancia pues no recibe la mínima información y los medios de comunicación no dedican ningún espacio a las artes visuales, ése que ocupan abundantemente los programas de frívolos entretenimientos. Así, en la prensa escrita, radio o televisión. Con ausencia de cualquier presupuesto mínimo, los museos no pueden mantener una política cultural de difusión permanente y atraer, así, a vastos sectores sociales para que disfruten de un patrimonio que les pertenece. Desde luego que todo apunta al Ministerio de Educación y Cultura, al mantener un sistema educacional rígido y ninguna preocupación por las actividades culturales. El tema es largo y complejo, y nadie se decide a encararlo con lucidez hasta hoy.

 

Algunas omisiones

Siempre ocurren. Pero es bueno subsanarlas. En el recuadro Lo mejor del año del lunes pasado, debieron figurar, entre las exposiciones colectivas del exterior 100 afiches mexicanos, un hermoso despliegue de imaginación de artistas aztecas en el Centro Cultural de España, aunque su importancia merecía un catálogo acorde a su envergadura, y la contundente muestra de Afiches UFA, 1918-43, procedentes de Alemania, en el Cabildo de Montevideo. Por su parte, un hecho cultural excepcional fue la restauración y ubicación de los murales del Hospital Saint Bois en la nueva sede de Antel (notable el de Gonzalo Fonseca), una tarea paciente y costosa que jerarquiza al edificio de Carlos Ott junto con las esculturas ya implantadas en la parte exterior, de Agueda Dicancro y Nelson Ramos. Todavía cabe mencionar a Ricardo Lanzarini, Carlos Barea y Eduardo Fornasari, como dibujantes que se destacaron en la colectiva del Museo Nacional de Artes Visuales y que todavía puede verse, en forma parcial, en la salita de entrada. Y, por último, entre los premios, la persistencia del Banco Central en mantener la continuidad del Premio Figari, uno de los pocos estímulos y reconocimientos a los artistas con dilatada trayectoria.

 

Luces y sombras

De lejos, el Museo Nacional de Artes Visuales acaparó lo mejor del año. Diez muestras del exterior, de América Latina y Europa (ver recuadro del lunes pasado) testimoniaron, en su inusual diversidad de lenguajes, de lo tradicional a la actualidad, que pocas instituciones son capaces de competir con él aunque no cuente con los recursos indispensables para desempeñar su función y, acaso, por eso mismo, redobla su mérito. En la programación de 2004, Consuelo Císcar, alma máter de la cultura valenciana, enviará nada menos que la Suite Vollard de Picasso perteneciente a la Fundación Cultural Bancaja y fotografías de Sebastiao Salgado, ese brasileño universal, que por primera vez se conocerán en Uruguay.

El Centro Cultural de España empezó muy bien con el uruguayo Marco Maggi y después decepcionó su sinuosa agenda, siempre bien presentada aunque de imprecisa definición de selección y calidad, recuperada en parte con Torres García y Barradas y la intervención de Muntadas, para decaer con las gigantografías de Los caprichos de Goya, una ampliación fotográfica digital de algunos rostros de los pequeños, geniales grabados, que traicionan los originales en todos los sentidos posibles y sobre los que ni vale la pena detenerse. Un error grotesco que engaña al público desprevenido con la espectacularidad y que procede de la actividad investigadora (¿?) de la Calcografía Nacional de España y de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Por eso mismo, insólito, sin justificación posible que, de hecho, no aparece consignada en el inútil catálogo.

Varios artistas nacionales hicieron muestras individuales excelentes (Martín Mendizábal, Claudia Anselmi) y en cambio el envío que hicieron al Salón Municipal debilitó la obra similar o fragmentada del contexto inicial, sin el riguroso, impecable montaje, del Centro Cultural Dodecá. Horacio Guerriero (Hogue) alcanzó un alto nivel expresivo en sus dibujos de la Sala Carlos F. Sáez.

Se publicaron un par de libros (sobre Figari, Solari) y alguna revista que sobrevive, pero ni los autores ni las editoras creyeron conveniente distribuirlos, hasta ahora, entre algunas secciones especializadas, por uno de esos criterios insondables que presiden ciertas actitudes humanas. *

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