El movimiento perpetuo de la música
Una vez más Los Beatles fueron la noticia más importante en impacto del año en el continente de la música popular o cultura rock. Paul McCartney decidió reflotar las cintas crudas del álbum Let it be (el último disco que grabaron como grupo antes de su disolución en 1969) y reeditarlo sin los arreglos orquestales que Phil Spector diseñó espléndidamente para la edición original. A Paul McCartney nunca le habían gustado esos trabajos de Spector y, tres decenios más tarde, se permitió el bienvenido capricho de publicar Lei it be… Naked y desterrarlos y, a la vez, enviar un mensaje al universo de la música popular: el auténtico es el que se editó a fines de 2003 y en la que McCartney excluyó canciones como «Maggie May» y «Dig it» y colocó «Son´t let me down».
Para la memoria colectiva universal es obvio que el Let it be con los arreglos de Spector es el disco válido y oficial, no puede haber discusiones al respecto. Pero si hay que preguntarse por un momento con cuál hay que quedarse, la respuesta es obvia: optar por tener ambas ediciones para seguir disfrutando del mayor grupo creativo del siglo XX.
Los Beatles, pues, marcaron uno de los focos de atención más trascendentes del año que acaba de culminar. Los sobrevivientes de la banda, además de la viuda de Lennon (que editó el objetable DVD Lennon legend) están jugando una carrera peligrosa y hasta si se quiere tonta.
Pero, de igual modo, al mercado discográfico no le importan demasiado las diferencias que puedan mantener McCartney y Yoko Ono. En rigor se aprovechan de esa lidia, de esa rivalidad, para hacerla merchandising y facturar posteriormente millones de dólares con todos los emprendimientos que han concretado. Y por último: si alguno de ellos cree que Los Beatles están condenados al olvido si no se siguen editando materiales encontrados o reciclados, se equivocan. Los Beatles siguen siendo la estructura más perfecta de la idea de perdurabilidad. Como lo son Miles Davis en el jazz o Astor Piazzolla en el tango. Son modelos, referencias, sensibilidades mayores. O sea, Beatles for ever. Uno de los regresos fundamentales de 2003 fue el del canadiense Neil Young, el último renegado del rock: con la edición del estupendo Greendale –que narra la historia de la familia Green en un disco conceptual que critica fuertemente la política del presidente Bush– se aseguró estar en el podio de los mejores discos del año. Neil Young, más que envejecer, rejuvenece y sus canciones –con el respaldo vertebral de su banda Crazy Horse– son una invitación al goce y a la reflexión más profunda.
Elvis Costello ya no lleva jopo y ropas new wave. Ahora, con la edición de su disco más reciente, afloró el poeta hondo y desgarrado, acaso porque su brillantísimo compacto North recupera el sentido de la melodía refinada en su mejor pulso creativo y expositivo, soportando una letrística por momentos altamente conmovedora. Los arreglos despojados y sus historias rotas, a la vez con una densidad grave y dichas en forma maestra por Costello hacen que North esté entre los mejores discos del año.
Otro regreso: el del explosivo Iggy Pop. Convocó a sus viejos compañeros de ruta (The Stooges) y asimismo a los Green Day para la consumación de un disco de garaje, volcánico al que denominó Skull ring. Canciones impresionantes y con un latido roquero que reivindica a la corriente. Rocanrol, el de Iggy, como para recordar que hubo momentos de revuelta, de una estética de choque que ya no se percibe prácticamente por ninguna parte.
El lord del glamour, David Bowie, también volvió a las bateas con un compacto incitante y elegante, por momentos sensualísimo: Realtity. El camaleón por excelencia de la cultura rock, facturó una secuencia que nunca decae y que atraviesa diversos subgéneros y estilos. Una maravilla oír sus modos expresivos, sus aceleraciones y sus sosiegos interpretativos. Un grande a secas.
Radiohead, la mejor banda de rock posliquidación final de propuestas mayores como las de Talking Heads o Nirvana, desde hace años ha emergido como el proyecto más importante e inteligente de este flanco de la cultura popular contemporánea.
Su disco Hail on the thief, después de las experimentaciones fascinantes en Kid A y Amnesiac, es como una especie de retorno a sus raíces. El disco estéticamente está más cerca de su memorable y legendario Ok computer que de precisamente Kid A. El disco comprueba del proyecto de canción de los Radiohead y, al mismo tiempo, determina que Thom Yorke, su usina creativa, es irrefutablemente el mejor compositor de las dos últimas décadas. Un letrista mayor, sí.
8 Miles aparece como la mejor banda sonora de 2003. Con intérpretes varios encabezados por el protagonista del filme homónimo, es decir por la eminencia rapera de Eminem, el disco se alza como la materialización de una creatividad tan aguda como persistente. Brilla Eminem y, por supuesto, la gran nueva consolidación de la estética rap: el imponente 50 Cents. Precisamente este último, en plan solista, gestó el disco más excitante de la cultura hip-hop con Get rich or die tryi`n. Un disco fortísimo y de una intensidad demoledora y con textos de alta tensión contestataria.
Cada vez que el australiano Nick Cave encara la construcción de un disco ya es inevitable que se lo ubique entre los mejores del año. El caballero más oscuro, el William Blake del rock gravó el formidable Nocturama. Y hay que celebrarlo: música de fina hechura, sorprendente y con textos arremolinados pero de gran volumen poético. Cave está entre los veinte mejores compositores de la historia del rock.
El power rock de los White Stripes se constituyó en otra de las propuestas más significativas de 2003. Su disco Elephant, aun con deuda al hard rock, opera envolventemente. Una saga de canciones de fuerte impacto expresivo y con una ejecutividad expresiva irresistible. Ahora tienen que fundar su obra maestra.
Los Strokes se adentraron plenamente entre las bandas de mayor arraigo del presente roquero. Su disco Room on fire no es más de lo mismo como piensan algunos observadores, sino toda una estrategia de trabajo que se apoyó en las virtudes de su disco anterior para continuar una ruta musical por la que nadie transita con su solvencia. Han generado un lenguaje y un temperamento expresivo propio que por momentos deja temblando. Un disco delicioso. *
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