El caudillo y el dictador
La gesta emancipadora americana, que contemporáneamente parece una tarea inconclusa, fue realmente una epopeya teñida de sangre y plena de sacrificio y estoicismo.
Tras el controvertido descubrimiento del continente que los cronistas oficiales suelen vestir con los ropajes del intercambio de culturas, se inició realmente una sangrienta aventura de conquista.
Millones de aborígenes que poblaban estos territorios fueron despiadadamente masacrados por los presuntos colonizadores y despojados de sus tierras. En ese proceso, paradigmáticas culturas quedaron sepultadas bajo la perfidia y la saña criminal de las coronas europeas.
Aunque legaron su lengua y algunas de sus costumbres a los antiguos pobladores de América, los «visitantes» practicaron una estrategia de exterminio que escasamente registran los libros, textos o documentos de la época.
La esclavitud se transformó en práctica corriente, en una de las peores experiencias de violación de los derechos humanos de la que se tenga memoria.
Los antiguos imperios ansiosos por conservar su poder y satisfacer sus apetitos imperialistas drenaron gran parte de las cuantiosas riquezas del Nuevo Mundo, al que transformaron en un auténtico teatro de tragedia colectiva.
Sin embargo, la propia dinámica de la historia que parece ser una ecuación constante determinó que los conquistadores fueran finalmente expulsados por el heroísmo de quienes aspiraban a la autodeterminación.
Algo más de cinco siglos después, América advierte con estupor y particular desencanto que el sueño independentista de nuestros próceres y sus epígonos enfrenta nuevos desafíos.
Como en el pasado, los apetitos imperialistas siguen gobernando la voluntad de las potencias, que se ufanan permanentemente de su impunidad para perpetrar nuevos actos de agresión.
Contemporáneamente, son múltiples los ejemplos de intervencionismo en países codiciados por sus riquezas. Quizás el caso más elocuente sea la invasión a Irak, perpetrada por una coalición encabezada por Estados Unidos.
Contrariamente a lo que sucedía en épocas de la conquista, en que el oro y otros metales preciosos eran el botín más apetecible, hoy todos los esfuerzos del imperialismo global se orientan al dominio de los recursos energéticos, cada vez más escasos y costosos.
Todos los territorios que poseen yacimientos de petróleo están en riesgo de ser ocupados y colonizados, porque la posesión de tan vital producto representa poder económico.
Otro tanto sucederá seguramente pronto con el agua, un recurso finito ausente en muchas regiones del planeta, que nuestro Uruguay posee felizmente en abundancia. De allí la necesidad de preservarlo y evitar que no nos sea escamoteado, porque en esa batalla está en juego la supervivencia de nuestra soberanía nacional.
Las nuevas formas de dominación se traducen en otras estrategias modernas que cobraron aún un mayor auge en el período de la posguerra fría, como el imperialismo financiero.
La extrema volatilidad de los mercados manipulados impunemente desde los grandes centros de poder, transforma a los países en vías de desarrollo en meros apéndices dependientes.
Las consecuencias son bien conocidas por todos los uruguayos que, en los últimos cuarenta años, han padecida rigurosas recetas recesivas e inaceptables proyectos de reestructura económica.
Las graves secuelas sociales de esas prácticas inmorales y extorsivas están a la vista: desocupación, pobreza, marginalidad, mortalidad infantil, masiva emigración y privatizaciones compulsivas.
Evidentemente, en nuestro siempre flagelado continente americano, aparentemente ya no es necesario invadir territorios para apropiarse de las riquezas. Basta manipular a los gobiernos y amenazar con el corte de los flujos crediticios, para poner de rodillas a un país.
Aunque resulte redundante mencionarlo, siempre resulta oportuno recordar lo sucedido en 2002 durante el período más crítico del colapso bancario, cuando el embajador de la potencia dominante condicionó públicamente el otorgamiento de asistencia a la sanción de una ley. Fue uno de los más groseros actos de injerencia que registra nuestra memoria.
La multimillonaria deuda externa, nacida de administraciones de gobierno irresponsables e intereses usurarios, se ha transformado en una auténtica espada de Damocles para las naciones del denominado Tercer Mundo.
Es claro que los países latinoamericanos se han tornado extremadamente vulnerables a las presiones internacionales, las que sólo podrán enfrentar exitosamente mediante una estrategia regional.
Aunque obviamente la dimensión del problema no se limita a meros términos económicos, el desafío es en consecuencia diseñar políticas de bloque que permitan ganar nuevos mercados, derribar las barreras proteccionistas y transformar a nuestro continente en una comunidad fuerte y emprendedora.
El objetivo será ciertamente complejo, en la medida en que América Latina no aprenda las lecciones del pasado y asuma cabalmente un proyecto común de desarrollo que le permita comenzar a sacudir los fuertes lazos de dependencia que la mantienen postrada. Ese fue el propósito americanista que inspiró a nuestros prohombres, cuando vertieron su sangre en aras de su sueño emancipador.
En «El caudillo y el dictador», la historiadora uruguaya Ana Ribeiro asume una minuciosa investigación sobre algunos de los acontecimientos cruciales de nuestra gesta independentista, poniendo particular énfasis en la figura del libertador José Artigas.
Aunque naturalmente la producción bibliográfica sobre nuestro prócer nacional es profusa y abundante, hay ciertos aspectos de su epopeya que no siempre han sido abordados con transparencia y responsabilidad académica.
Ana Ribeiro que asume en esta oportunidad una obra de largo aliento ostenta una vasta experiencia como investigadora que se ha traducido en recordadas obras, como «Historia e historiadores nacionales», «Historiografía nacional» y «Los tiempos de Artigas», que fue publicada en seis tomos.
En este extenso libro, la docente indaga en varios períodos históricos aún cargados de enigmas, que transcurren entre la derrota de Artigas y su posterior exilio en el Paraguay.
En ese contexto, la autora procura decodificar las claves del turbulento origen del vasto territorio en el que hoy se encuentran nuestro Uruguay, la vecina Argentina y la nación guaraní.
Aunque los personajes históricos que actuaron en este teatro territorial durante el siglo XIX son numerosos, Ribeiro concentra su trabajo en dos protagonistas de primer nivel y crucial incidencia en la construcción del futuro de la región: José Artigas y el dictador paraguayo Gaspar Rodríguez de Francia, quien le otorgó asilo político al traicionado caudillo.
Artigas fue, más allá de la controversia, un personaje determinante en nuestro parto emancipador. Carismático jefe de paisanos, gauchos e indios, encabezó la resistencia contra el dominio de la corona española, extendiendo su poder desde la otrora denominada Banda Oriental hasta el litoral entrerriano y Misiones.
El tanto, Francia, plenipotenciario dictador heredero del poder imperial, fue un hombre culto, conocedor de leyes y las artes del gobierno, que construyó una independencia paraguaya basada en la relativa neutralidad y el aislacionismo oportunista.
Apelando a cientos de cartas, documentos y testimonios escritos recogidos en fuentes y archivos de la región, la historiadora asume la ardua tarea de interpretar nuestro pasado y el de los países vecinos, desde una perspectiva pedagógica y esclarecedora.
Antes de ingresar en el cuasi desconocido período del exilio e
n Paraguay, la docente reconstruye las últimas batallas del caudillo previas a la derrota, el complejo entramado de poderes que jugaban sus cartas en la región y algunos de los grandes hitos que jalonaron la épica artiguista.
En ese contexto, recrea acontecimientos capitales de la trayectoria de Artigas, como la Batalla de Las Piedras primer gran triunfo militar de los orientales el sitio de Montevideo, el paradigmático Exodo, las Instrucciones del año XIII y el reglamento de tierras, entre otros.
Describe, en ese contexto, el itinerario del caudillo, un personaje extraño ante los incrédulos ojos de los europeos, que llegó a despachar sus oficios de gobierno desde una carreta o sentado sobre un cráneo de vaca, mientras ingería carne directamente del asador y bebía ginebra de un cuerno.
Sin embargo, lo más relevante de este relato minuciosamente cronológico pero alimentado de abundantes citas y testimonios, es la conjunción de poderes, ambiciones y apetitos imperialistas que se movían en torno al prócer.
En forma simultánea, la investigadora comienza a construir la personalidad de Gaspar Rodríguez de Francia, hombre fuerte del Paraguay, que concentró un poder sólo similar al de Julio César o Napoleón Bonaparte, luego de una compleja secuencia de hábiles operaciones políticas.
Ribero define a Francia como un hombre austero, solitario y culto, pero ambicioso e implacable con sus enemigos. Un ejemplo de su obsesión por su seguridad personal que está elocuentemente expresado, es que cuando el dictador paseaba, las calles debían estar literalmente vacías y las ventanas y puertas debían ser cerradas a su paso.
Bajo su gobierno, Paraguay consolidó su independencia y construyó un proyecto de neutralidad aislacionista, que lo situó al margen de los recurrentes conflictos que sacudían al Río de la Plata.
La autora entreteje minuciosamente el laberinto de traiciones que van acorralando a Artigas, enfrentado simultáneamente a dos poderosos enemigos que pretendían aniquilarlo: el imperio portugués que invadió la Banda Oriental y el poder de Buenos Aires.
Las permanentes derrotas y las deserciones tienen como corolario su retiro y su huída al Paraguay, perseguido por partidas militares que pretendían capturarlo y seguramente aniquilarlo.
En tanto, Francia, en plena guerra interna contra la conspiración que desafiaba su poder, olvidando las desavenencias del pasado, otorgó asilo al caudillo, en una inteligente movida de ajedrez político.
Con abundante documentación, Ana Ribeiro corrobora la controvertida tesis de que José Artigas fue una suerte de prisionero del dictador, que mantuvo al derrotado combatiente bajo control.
El relato no soslaya ningún acontecimiento histórico relevante, como los realineamientos de los imperios con intereses en la región, la culminación del proceso independentista, la lucha por la consolidación de los proyectos federalistas y las primeras escaramuzas entre las divisas tradicionales en nuestro territorio, que culminaron años después en la fundación del Uruguay moderno.
La docente describe con dramatismo el exilio de José Artigas en lares guaraníes, definiéndolo como una traumática experiencia de derrota, soledad, olvido y pobreza casi marginal, pese a que su figura fue públicamente reivindicada poco antes de su muerte.
«El caudillo y el dictador» es un ciclópeo y documentado trabajo de investigación, que apunta a arrojar luz sobre algunos fragmentos capitales de nuestra historia nacional.
El libro abunda en citas, cartas y otros testimonios de la época, que permiten reconstruir los treinta años que el caudillo permaneció en el Paraguay, derribando muchos compartimentos estancos de la historiografía tradicional.
Sin embargo, más allá de su enfoque eminentemente pedagógico, este libro resulta esclarecedor y aleccionante en más de un sentido, por cuanto no soslaya los claroscuros y responsabilidades de algunos personajes históricos de relevante actuación en el período más turbulento de la epopeya independentista del cono sur americano.
Desestimando todo propósito discursivo o apologético, Ana Ribeiro interpela al pasado, construye un revelador friso histórico que convoca a la reflexión, acerca del heroísmo, la lealtad, la traición y el insobornable idealismo.
En un tiempo en que las convicciones parecen sucumbir, los valores están gravemente subvertidos y las identidades seriamente saqueabas por la frivolidad globalizadora, esta vasta obra comporta un elocuente testimonio de la integridad ética de algunas cuasi legendarias figuras que coadyuvaron a edificar nuestra siempre renovada utopía emancipadora.
(Editorial Planeta)
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