Un viejo fin de año
La radio de capilla larga al troesma Castillo con «año nuevo, vida nueva». El ambiente del barrio ya venía de jarana. Aún retumbaban las chanzas y jolgorio del día de los Santos Inocentes.
Muchos habían caído como angelitos. Aún en esa mañana del 31 se comentaban las inocentadas mientras se preparaba la leña para el cordero a fuego muy lento. Ese bicho tiernito que habíamos comprado a los vendedores ambulantes que ofrecían puerta a puerta su apetecible mercadería. No había festejo findeañero sin el tradicional baile en la calle.
Como diría Borges, tiempos en que los tangos de Arolas se bailaban en la vereda. Los vecinos entre cortes y quebradas, canyengue con un solo corazón. Cuelgan de los árboles los parlantes de corneta. En el aire, los acordes del cuarteto de Firpo y las milongas de Panchito Cao para recibir el año moviendo las tabas. Pibas con sus melenitas de oro y boquitas pintadas, zafando a la vigilancia de las abuelas que haciéndose las sotas no pierden detalles del bailongo. Es que entre los galanes de bigotitos había varios tigres que si le dabas un cacho, ¡salute! la nena marchaba al espiedo. Y hasta los giles, esa noche con la sidra casera, se despabilaban y querían salir de la categoría de bobinas. La madrugada del nuevo año trepando en los cielos. Ritmo de los «programas bailables» que de tan querendón calentaba con tutti las válvulas grandotas de la radio de madera. Mesas largas en la vereda y las doña abanicándose con los almanaques de pantalla que regalaban todos los comercios. Se bancaban el calor con el vientito de esas pantallas que tenían fotos de Gardel, el pintún Chevalier o la enigmática y bella Marlene Dietrich.
Esa noche se conocían los ganadores de las rifas vecinales. La gente del Club El Moscón, del entrañable Bella Vista, por muchos años rifó lindazos relojes Omega. El vecino que sacaba el premio del boliche al final la quedaba.
Es que el lechoncito adobado o el cajón de tintillo entre todos los garroneros lo mandaban a bodega. Si te sacabas la rifa del sastre judío eras un bacán.
A los pocos días se andaba haciendo pinta, bien trajeado, con un coqueto casimir inglés. Al otro día, era la clásica excursión del 1º de enero.
La organizaban entre varios vecinos a puro escote. Antes del mediodía, bien cargado de gente y morfe salía el camión del tano de bigotes mostacholes.
Meta fierro, no paraba hasta la orilla del Santa Lucía. Un año agarraron para los terrenos del señor Piria y se deslumbraron con una cruz en lo alto, le rezaron a San Antonio y mucha intriga con las misteriosas historias que contaban unos pescadores de esas playas solitarias. Ya en los primeros días de enero era costumbre visitar al fotógrafo Toja para la foto familiar.
Un álbum de recuerdos, sonrisas pícaras que nos miran y dan fuerza para arrancar otro año con esperanzas grandotas.
Con más recuerdos y música los esperamos, todos los sábados a las 18.30, en 1410 AM LIBRE. *
Coordinación de Angel Luis Grene
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