Una pareja casi perfecta

El regreso al cine de Madonna

Comprobar, por cierto, que la trayectoria actoral de Madonna no posee performances espléndidas sino más bien opacas, parece una impresión definitiva. La cantante insiste en proyectar una posible imagen de actriz como si hubiese obtenido los mismos resultados que en el territorio de la música pop. Y no.

Hubo sí una película promisoria como Buscando desesperadamente a Susan. Después hubo altibajos varios, un acierto (Juegos peligrosos de Abel Ferrara) y opiniones muy divididas por su protagónico en la polémica Evita de Alan Parker.

Ahora Madonna llega en velocidad de comedia con Una pareja casi perfecta (The next best thing) junto a su amigo y excelente actor británico Rubert Everett y bajo la dirección del prestigioso cineasta John Schlesinger (Perdidos en la noche): una vez más Madonna no alcanza a dar la talla.

Todo el arco del relato se despliega a partir de la peripecia de dos amigos íntimos (Madonna y Everett): ella, la mujer que no logra consolidar un espacio afectivo estable; él, un homosexual confeso, que se refugia en su cinismo, en su sistema mordaz de ver los acontecimientos y que ciertamente viene a ser el soporte para los derrumbes emocionales del personaje de Madonna.

De tanto consolarse mutuamente, los rollos confesionales instalan por una larga noche una suerte de atracción fatal que los lleva a la sexualidad. Resultado: Madonna queda embarazada. Madonna y Everett son padres de Sam, un chico que a medida que va creciendo acosa con sus agudísimas preguntas. Todo funciona. Aparentemente.

Hay un pacto entre los personajes de Madonna y Everett: cada uno hace la suya, pero todos viven bajo un mismo techo. Hay aventuras de ocasión para Everett; abstinencia para la profesora de yoga que compone con demasiado esfuerzo Madonna.

Hasta que lo previsible se presenta: la chica se enamora de un joven empresario (Benjamín Bratt) el asunto se tiñe de celos, malentendidos y otras expresiones desagradables que llegarán hasta la corte cuando la madre de Sam decide casarse y mudarse a Nueva York. La reacción del padre es intempestiva: decidido a retener su hijo a toda costa la batalla por su custodia se practica en tribunales en forma feroz y pese a las advertencias de su abogada (Ileana Douglas). Todo mal para papá, quien descubre que no es su papá sino el antiguo amor de mamá. Vaya indignación. Qué hacer. Seguir peleándola hasta las últimas consecuencias, bancar el dolor de que lo separen de su hijo después de seis años de convivencia muy honda.

No obstante habrá happy end. Y todo parece –el filme– un gran malentendido con buenas intenciones. Vaya a saber por qué Schlesinger aceptó rodar este asunto menor que colateralmente posee una crítica a las actitudes homofóbicas. Por lo menos safa el gran Rupert Everett con su destreza actoral y su encanto filoso. Después, la obviedad y la llanura. Madonna no parece haber nacido para el cine, pero persiste. Allá ella.

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