El pasado revisitado en el Cabildo
En la salas superiores, a la derecha y a la izquierda de la cansativa escalera de piedra, se despliegan dos momentos de la historia cultural uruguaya. Por un lado, la exposición permanente que da un acertado y sintético recorrido desde los aborígenes hasta el siglo XIX, con adecuados recursos que incluyen además de cuadros, grabados y diferentes tipos de objetos.
En el otro sector, el proyecto es más concentrado y ambicioso. Lleva el nombre A través de un siglo y se propone ser Una mirada hacia los espacios públicos e interiores del Montevideo 900, según se lee en la modestísima hojita doblada, con pobres fotografías (del inefable Servicio de Imprenta y Reproducciones de la IMM), que oficia de catálogo. Hay un texto de introducción histórica pero faltaron referencias concretas (listado y procedencia de las obras) a la exposición misma que es atrapante. Es una lástima. Mientras se pierde el dinero que no se tiene (o por lo menos, así proclaman los responsables de la comuna montevideana) en muestras menores y frustradas, la que se exhibe ahora en el Cabildo desde hace unos meses debió ser merecedora de una importante publicación y de un fuerte respaldo institucional.
Aunque ya tiene una larga experiencia en el museo de la Plaza Matriz, con logros atendibles, el licenciado Oribe Cures, responsable de la dirección y del proyecto, apoyado en el diseño del montaje por Enrique Badaró y la arquitecta María Garderes, nunca hasta el momento pudo redondear con tanto acierto resolutivo una exposición.
Sin duda es un trabajo de equipo que obedece a un guión curatorial firme. Se pudo así conseguir dos cosas fundamentales: aprovechar e incorporar, por primera vez el inmenso ropero con tres monumentales espejos (que tanto fastidia a las muestras que allí se hacen), duplicando la visión espacial y luego recolectar objetos variadísimos, auténticos, que dan ese toque de exquisita evocación a la muestra. Desde la entrada el visitante se topa con clima especial, como si al traspasar la frialdad del edificio penetrara en una acogedora residencia inmovilizada en un pasado venturoso.
La virtud principal es no haber hecho una exposición de cuadros (error de Los años veinte en el Blanes ) sino que se eligieron algunos de maestros conocidos (Carlos María Herrera, Diógenes Héquet, Pedro Blanes Viale, Pedro Figari), de los otros (Molina Rosales) e incluso anónimos, aunque se nota la ausencia del testimonio de la moda epocal de Carlos Federico Sáez, que tan bien encaja en esta propuesta. Que está dividida en tres sectores. El más amplio e importante, el más convincente, es el que ocupa la sala mayor enfocando Espacios Interiores. La intimidad de la vida del novecientos fluye con exquisito cuidado. Es conveniente empezar por el fondo, al lado del imponente ropero-espejo con una suntuosa cama gondolera de caoba e incrustaciones de nácar, cubierta de una refinada colcha de color rosa viejo y sobre la cual, como al descuido, hay un par de medias de seda y un corsé de varillas. Esa instancia poética se desliza por las miniinstalaciones (de una instalación total que en definitiva es la exposición) que contagia a un juego de tocador (como muchos otros objetos pertenecieron a Teresa Mascaró de Santos), máquinas de coser y de escribir (un extrañísimo ejemplar de colección), relojes de pared con termómetro y barómetro, piano de jacarandá con el escudo nacional tallado al frente, mesas de caoba y mármol, cómoda-lavatorio, y una serie de adminículos epocales: preciosas sombrillas de tela y encaje, vestidos, guantes de cabretilla, jarras de cerámica, porcelanas de Limoges, teteras con calentador, tinteros de peltre, revistas publicadas en esos años y par de figuras de madera pintada de negros sostenedores de lámparas. Con esos (hay muchos más, pero no muchos más), con la sobriedad de la disposición y del montaje se convoca la memoria de un ayer que tuvo sus momentos gratificantes. En especial para la burguesía que de manera muy precisa retrató Carlos M. Herrera en sus imágenes femeninas cubiertas de capelinas y tules sensuales.
El Espacio Público, también con fotos murales de la época, es pequeño pero suficiente: bastan un panel de adoquines y numerosos zapatos usados, una hilera de llamadores de puerta, manos de bronce ya desaparecidas, placas de calles, para dar una idea evocadora. Quizá al sector dedicado al Conventillo le faltó una disposión más suelta de la ropa tendida, pero el cuadro temático alusivo de Figari y las fotos y los recipientes de barro cocido dan una idea ajustada del Montevideo que fue. No sucede lo mismo con el interesante proyecto Sangre, sudor y máquinas en la planta baja. Dos investigadores del Departamento de Arqueología de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación intentaron recuperar la cultura del trabajo de los montevideanos pero sólo consiguieron reunir material de una empresa (Fábricas Nacionales de Cerveza SA) mientras que de otra (Abal Hnos. SA) apenas algunos afiches. El conjunto tiene hallazgos parciales en las salitas chicas y el resto no consigue recrear el pasado industrial. Es un planteo que puede tener un desarrollo más completo en otra oportunidad.
Inauguraciones de la semana
Son dos las inauguraciones de la semana. El Instituto Goethe anuncia ensamblajes de madera y metal de Juan Carlos García (San Carlos, 1976) para el viernes, a las 19.30.
De Enrique Badaró, coordinador general del Centro Municipal de Exposiciones se recibió el martes 30 el siguiente comunicado de prensa que se transcribe textualmente: «El día viernes 9 de junio del corriente, a las 19.30, tendrá lugar la inauguración de las muestras Manuel Espínola Gómez, una retrospectiva «Entre la Entraña y el límite». Curadoría: Alicia Haber Sala Mayor. Roberto Fernández, muestra fotográfica «De Viento y Nube». Sala Menor: Curadoría: Enrique Badaró. (Es de nuestro interés que la fecha prevista para estas inauguraciones era el día 8 de junio, pero por efectuarse ese día un paro general nacional, se posterga para el día siguiente)». En la invitación se recogen algunos datos adicionales: que la retrospectiva cubre la trayectoria del maestro entre 1939 y 1997, que en esta ocasión se presentará el catálogo-libro de la curadora, que la exposición estará habilitada todos los días hasta el 31 de julio.
El Departamento de Cultura de la IMM tiene (supuestamente) una oficina de prensa y los organizadores de las dos muestras podrían haber canalizado una información más generosa sobre ellas. Como difusión cultural, los periodistas que allí trabajan parecen aquejados de una distracción permanente y ya que es un servicio público, el contribuyente tiene derecho a estar mejor informado. No sabe cúantas obras son ni el criterio adoptado para la exhibición.
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