Navidad de antaño
Por los primeros días de diciembre, el pibito le empezó a romper los cataplines al gaita almacenero. No paró hasta conseguir una lata de querosén. Con mucha maña le puso unas rueditas y ¡listo el pollo! En ese carrito puso su «judas» de trapo y retazos mangados a una tía modista. Al igual que otros purretes, se trilló todo el barrio pidiendo el clásico vintén. En la medianoche del 24, el muñeco reventó lleno de cuetes y ardían las fogatas. Las cañitas y los «revienta portones» explotaban y los vecinos entran y salen de los zaguanes de la cuadra.
Puertas de par en par, gente saludándose y compartiendo la cabezona sidra casera. El pino navideño titila con las velas que, un rato antes, tenía que prender el familiar más viejo de la familia. Brillan los chirimbolos de hojalata, cuelgan de las ramitas las postales llenas con polvo de brillantina y al pie del arbolito está un chiquitúa pesebre de terracota. Los budines habían hecho sudar la gota gorda a las abuelas. El horno de barro del patio no paraba de echar humo. Los dátiles y las pasas de uva, imprescindibles en esa sabrosa alquimia, se compraban en el barrio judío de la Villa Muñoz. Y si te largabas a la Ciudad Vieja, las aceitunas negras para el copetín se las comprabas a don Singer. Esa mañana el hielero había pasado bien temprano con su carro y caballo adornado con jazmines. Todos se apuraban a comprar dos y tres barras para la heladera, tupida con jarras de clericó y rosadito semillón. Brindis con las copitas que solamente salían de su encierro en el cristalero para las bullangueras fiestas. Familias muy unidas y los vecinos, la gran familia del barrio. Sin importar su valor, lo importante era intercambiar regalos. Papeles de colores y celofán para envolver las chucherías que tenían un mensaje fraterno. Un tano se pone melancólico recordando su lejana aldea y le da de punta a una canzonetta. El cuore latiendo fuerte cuando sonaban las doce campanadas de la capillita de Maturana. Mientras se estira la sobremesa, los creyentes salían de raje para llegar a tiempo para la misa de gallo. El cura hacía el oficio en latín, menos cuando se subía al pequeño púlpito y pedía una plegaria para la convulsionada Europa sacudida por la guerra. Luego, ese mismo señor, de larguísima sotana, visitaba la mayoría de los hogares del barrio y había que ver cómo sabía de fútbol. Los espíritus de la Navidad, al decir de Dickens, todo lo impregnaban. Hasta a los pasajeros del rezagado tranvía que antes de bajar dejaban en el canasto, al costado del motorman, turrones y budines. El judas del pibito está ardiendo en la esquina. La gran familia del barrio se estrecha en un abrazo. Un saludo para los compañeros y a los lectores cómplices de parte de este viejo escribidor. Con más recuerdos y música los esperamos todos los sábados, a las 18.30, en 1410 AMLIBRE. *
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