Carmelo Arden Quin: crear a los 90
Los museos uruguayos no tienen ninguna obra de Carmelo Arden Quin, la figura de mayor proyección mundial del arte uruguayo actual. Mientras en Estados Unidos, Suiza y Argentina se inauguraron salas dedicadas al Arte Madí y las colecciones privadas atesoran y exhiben sus obras (Museo Costantini de Buenos Aires, Colección Cisneros de Caracas, vistas en Montevideo) y las muestras se suceden en varias capitales europeas en los últimos años, aquí, en su país de origen, solamente logró hacer una exposición en el Museo Torres García en 1995. Sin embargo, es el fundador del movimiento madí, junto con Gyula Kosice, en Buenos Aires, 1946, un movimiento que aún perdura siendo la vanguardia histórica más larga de todas y que además se extiende a una escala internacional asombrosa. En la ciudad de La Plata se inauguró, a mitad de este año, un museo dedicado a esa corriente con 150 obras donadas por integrantes provenientes de numerosos países (incluso de Japón) en una demostrativa revelación de su vigencia.
Nacido en la zona fronteriza de Rivera-Santa Ana do Livramento, en 1913, Carmelo Arden Quin, hizo estudios primarios y secundarios en colegios marianos del Brasil, se interesó por el marxismo, recorrió las selvas de Misiones y aprendió los rudimentos artísticos con Emilio Sans, un pintor dominguero catalán, residente en Rivera. En 1935 se instaló en Montevideo y conoció a Joaquín Torres García en una conferencia en la Sociedad Teosófica. A través del maestro del constructivismo se familiarizará con los nombres de Mondrian, Klee, Juan Gris, Picasso y la vanguardia rusa. Sin ser discípulo, mantuvo una estrecha relación con Torres pues esa amistad fue decisiva para su formación estética. En la conflictiva década del treinta luchó contra la dictadura de Terra y a favor del gobierno republicano español, mientras realizaba obras que prefiguraban el arte madí. Se vinculó al pintor uruguayo Rhod Rodfuss y en 1938 se trasladó a Buenos Aires siguiendo cursos de filosofía y letras mientras trabajaba en un frigorífico.
Poco a poco ingresó al medio intelectual porteño de escritores y pintores, hasta que conoció a un joven poeta de origen húngaro, Gyula Kosice. Juntos fundan el Arte Madí y, dos años antes, en 1944, editan la revista Arturo, una publicación mítica. Se incorporarán varios argentinos y el uruguayo Rodolfo Uricchio en dinámicas reuniones que luego llevarían a la escisión del grupo. Fue, sin duda, un movimiento auténticamente rioplatense, que tuvo sus posteriores adhesiones en los uruguayos Volf Roitman, María Freire, Antonio Llorens, Horacio Faedo y Bolívar Gaudin. Publicó una novela cuyo manuscrito se perdió entre los allanamientos de la policía peronista y en 1948 se radicó en París. Aunque volvió periódicamente a Uruguay y Argentina, Carmelo Arden Quin se convirtió en protagonista de la nueva escuela de París donde alcanzó un renombre indiscutido. Organizador nato, atrajo a jóvenes de diferentes países a su estudio que se incorporaron a la corriente madí, realizando numerosas muestras colectivas.
Carmelo Arden Quin no es, ni será, un creador popular, como tantos otros de su envergadura. Pero su legado al arte del siglo XX, dentro de las corrientes geométricas y el cinetismo, con el marco irregular (igual que los catálogos), la escultura articulada y móvil, en su permanente investigación de posibilidades expresivas está cuidadosamente anotado en historias y diccionarios importantes. Es bueno recordarlo en un ambiente como el uruguayo, tan desmemoriado, que omite su nombre y retacea el reconocimiento que, como pocos, merece. A los 90 años, desde su residencia en Savigny-sur-Orge, en la periferia parisina, Carmelo Arden Quin mantiene invicta su capacidad imaginativa. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad