EL MAESTRO EDUARDO DARNAUCHANS PRECISA DE TODOS NOSOTROS

La canción nunca tiene fin

De profesión baladista, han sucedido más de tres fecundadoras décadas desde que Eduardo Darnauchans comenzó a recorrer el camino de la canción popular. Tras alzarse con el mayor galardón en el Festival de la Canción en la ciudad de Tacuarembó al despuntar los setenta, viajó a Montevideo para grabar en el sello Sondor. Es así que sus inicios pueden ubicarse en el ciclo Los conciertos de La Rosa, en el Teatro Stella D´Italia, debutando en Montevideo junto a Leo Antúnez y Opus Alfa.

Ahora el zurcidor de canciones mayores como «Pago» o «De los relojeros», entre muchas otras, se encuentra internado desde hace días

Darnauchans nació el 15 de noviembre de 1953 en Montevideo. Hasta los 17 años de edad vivió entre Minas de Corrales (Rivera) y Tacuarembó. En 1972 registró su primer disco Canción de muchacho (1973) y ya se delataban influencias dylanianas, de los Beatles y los Stones y de la cultura rock en general, y en especial. de folk singers como Dylan, Peter, Paul and Mary y Leonard Cohen, además de los poetas de la generación beatnik (Ginsberg, Ferlinghetti, Corso), Juan Gelman o su padre intelectual Washington Benavides (con el cual ha trabajado durante mucho tiempo en carácter de coautoría de muchas de sus más relevantes canciones). Luego vendrían Las quemas (1975), Sansueña (1978), Zurcidor (1981), Nieblas & neblinas (1985), El trigo de la luna (1989), Noches blancas (1991), Dylan en cassette (1991) y la antología Sin perder el tiempo (1991, Entre el micrófono y la penumbra (2001) y Raras y casuales (2003).

Varias son las canciones que pueden amarrar la esencialidad y el ser y estar de Darnauchans, pero en «Resumen» (del disco Zurcidor) el propio compositor se define a sí mismo: «Ya no soy del norte/de dónde seré/ señor Aduanero/ dígamelo usted./ Salí de mi Alicia/ y Alicias hallé/ una me esperaba/ y otra por nacer./ Si vengo de un sitio/ parecido al sur/ ¿por qué no me hieren el (f)río y la luz?/ Un padre mi Pedro/ me puso a vivir/ un Pedro mi Eduardo/ que tuve y perdí/ Canción y canciones/ mi miedo y mi amor/ yo soy lo que canto/y adiós que me voy».

También compuso música para obras de teatro y filmes y se presentó en los principales escenarios de la capital y el interior del país.

Durante los años de la dictadura Darnauchans, como muchos de sus pares, fue objeto de censuras y persecuciones. En su caso, se registró un episodio muy particular: le prohibieron cantar en diversos escenarios y sin embargo sus discos no fueron censurados y paradójicamente se editaron.

Se trata de uno de los compositores decisivos de la música popular uruguaya: todo un cantautor consciente de la función del arte, ha apostado siempre a la sensibilización de sus auditores a partir de una construcción cancionística superlativa y, más que nada, de una poética si se quiere lunar pero de alto rango en el manejo del lenguaje y del un apalabrar de desconsolado como sus personajes. Darnauchans es un individuo que ha elaborado sus canciones desde un lugar estrictamente poético. Sus historias, donde suele el cantautor convalidar su yo particular, son de una hechura por momentos desgarrante y siempre con el sello del refinamiento. Ese es el Darno, un personaje unique empapado de historias, propias y ajenas, que transitan con una hondura reveladora. Un talento mayor, además de compromiso y puntillosidad estética y operativa son los elementos que han llevado adelante el proyecto cancionístico de Darnauchans con una solvencia y un despliegue demasiado parecido a la belleza a secas. Sus discos lo confirman: autoexigencia y creatividad a torrentes como sellos de un modo de hacer esas canciones memorables como una forma de apaciguamiento.

Ahora Darnauchans precisa de todos nosotros: un quebranto de salud requiere que puedan juntar unos cinco mil dólares para una operación que debe realizarse con premura. Nadie ha brindado y se ha brindado tanto a sus otros como Eduardo. Es hora de estar cerca de él en estos momentos difíciles que está pasando y que, seguramente, sorteará porque en efecto la canción no tiene fin. *

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