Prohibido para nostálgicos

El viejo almacén

Ya no queda ni uno. Devorados por «los súper» y los «minimárquet» donde un tipo coreano hasta te ofrece navegar por Internet. Almacén de barrio, toda una linajuda estirpe de pura cepa barrial. Al entrar, crujía el piso de madera y un mundo de aromas nos daba la bienvenida. Tablones caseros hacían de estanterías y en los rincones las grandes bolsas de arpillera con granos, harina de maíz y el tradicional gofio. Latas con los populares aceites «Boca Negra» y «Arbolito», para las frituras de rechupete de la abuela artesana en panqueques y tortas.

Flotaba un olorcito que regocijaba las ñatas de los veteranos. Era el café de grano que el gaita molía dándole manija a la maquinita y salía bien debute en bolsitas de medio kilo. La botijada, siempre rápida pa’ los mandados, tenía su premio en unas latas cuadradas con un vidrio en el medio. Ahí estaban las crocantes galletitas «Solar» y las recién llegadas «María». Un tesoro muy dulce que se guardaba en el bolsillo de la túnica, entre los pedazos de tiza y las figuritas «El Aguila». En la puerta, los tanques con bomba de presión, con el muy requerido querosén. Se llenaban las damajuanas y su destino era para una flamante cocina «Volcán». En latas de 5 y 10 litros venía el popular alcohol azul bajo cuya magia se encendían los primus de los hogares más humildes. Cuántas veces luchamos con la aguja para destaparlos porque si no ¡minga de la mañanera leche con chuño! Ahí viene el gallego cargando del fondo una bolsa de 50 kilos de azúcar. La pesaba en la balanza de platillos a la que le agregaba o quitaba unas pequeñitas pesas. Se vendía en unos paquetitos de papel de estraza rematados con una vuelta en las puntas. El agrietado mostrador de esa almacén, a la que también le decían «baratillo», estaba tupido con pilas de esos paquetitos con unos gramos de yerba o arroz que te sacaban del apuro cuando andabas en la llaga. Los fideos se vendían sueltos y estaban en una especie de escaparate que tenía muchos cajoncitos con un vidrio adelante para vichar los coditos, mostacholes o los cabellos de ángel. Todo un lenguaje que entre las doñas y pícaro almacenero se practicaba dándole de punta al doble sentido y a las risas cuando alguien llegaba y pedía cien gramos de cuernitos. Arrinconadas, en penitencia, estaban las escobas de paja y los plumeros de plumas. Don Jesús, un galaico que a la vuelta de la estación de tranvías de Goes, atendía con su eterna túnica azul. Si le dabas unos manijazos terminaba tarareando un poquitín de versos del cante jondo. Metía su grandota mano en el bollón de caramelos y a la botijada le daba la yapa. Con un rico marsellés y rodajas de queso y mondiola hacía brutos refuerzos que te daban polenta para pegarle a la guinda en el potrero. Aromas y gustitos del almacén del barrio que hoy pidieron cancha en el laberinto de la memoria. Con más recuerdos y música los esperamos todos los sábados, a las 18.30, en 1410 AMLIBRE. *

COORDINACION: ANGEL LUIS GRENE

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