La Iglesia increíble
Sabido es que el más eficaz instrumento de dominación colectiva siempre ha sido la ignorancia, que auspicia la abolición del disenso y el sentido crítico.
Mediante esa estrategia, reyes y sacerdotes legitimados por un presunto mandato divino, aherrojaron durante miles de años a sus vasallos, usurpando inmoralmente voluntades y soberanías.
La irrupción de la Razón como materia prima de reflexión comenzó a demoler el imperio de la iniquidad, transformando a las sociedades en entidades mutables, dinámicas y transformadoras.
No obstante, ese fermento –nacido al calor de miles de batallas contra las coaligadas fuerzas del oscurantismo– no logró abortar definitivamente el autoritarismo como patrón de organización política, social y religiosa.
Aunque naturalmente la humanidad ha avanzado en materia de apertura de ámbitos de participación y decisión, las democracias que heredaron a las antiguas monarquías no se han despojado totalmente del primigenio estigma de la tiranía.
Detrás de la fachada del liberalismo político sobre el cual se edificó la organización del denominado estado-nación, subyacen muchas de las peores rémoras del pasado.
La tentación autoritaria es un riesgo permanente, en la medida en que las clases dominantes siempre se aferran a sus ancestrales privilegios. Cuando éstos son amenazados, la democracia suele mutar en dictadura para preservar el statu quo de los más poderosos.
En esas circunstancias, todas las voces contestatarias son silenciadas y se instaura el tiempo del terror, en un círculo vicioso tan diabólico como recurrente.
Cuando se agudizan los antagonismos, el poder ejercita su musculatura hasta restablecer el «orden», lo que le permite mantener el control de las situaciones. Así fue siempre.
Sin embargo, es claro que la historia está poblada de revoluciones y épicas libertarias que han transformado radicalmente los horizontes de numerosos pueblos.
Aunque muchas experiencias de lucha han fracasado por lo desigual de las fuerzas en pugna, resulta de meridiana claridad que las ideas –pese a quien pese– no se matan.
Aun los genocidios con su aureola de tragedia generan reacciones y edifican leyendas, legados culturales que se transmiten a través de las generaciones.
Por su perdurabilidad en el tiempo, esos mitos se integran al folclore de los pueblos, hasta construir nuevas identidades colectivas susceptibles de operar como potenciales motores de cambio.
Aunque infirió un daño en muchos aspectos irreparable al tejido social, la dictadura no logró despojar a los uruguayos de sus rasgos culturales más distintivos.
Cuando hace veinte años un mar humano se congregó junto al Obelisco de los Constituyentes para reclamar su conculcado derecho a la libertad, el autoritarismo comenzó a desmoronarse como un castillo de naipes.
Aún hoy parece resonar en nuestros oídos y corazones la vibrante voz del inolvidable Alberto Candeau, cuando dio lectura a la proclama que sintetizaba y reafirmaba nuestra inclaudicable vocación democrática.
En ese momento, seguramente los criminales uniformados que arrasaron las instituciones en 1973 deben haber experimentado un sentimiento de profunda frustración, al advertir que la simiente del odio que habían sembrado no había germinado.
A través de la historia, la batalla por la libertad se dirimió siempre en varios y conflictivos terrenos: el político, el social y el religioso.
Sin embargo, el denominador común de todas esas confrontaciones es el territorio ideológico, recurrente escenario de epopeyas y tragedias.
La religión, como se ha afirmado, no constituye una excepción a la regla, porque la fe siempre suele estar impregnada de dogmatismo y hasta de fanatismo mesiánico.
El ejemplo histórico más concreto es naturalmente la denominada Santa Inquisición, que en el pasado perpetró terribles crímenes «en nombre de Dios».
Aunque esos tiempos hoy son un mero recuerdo registrado en libros, textos o documentos, en muchos aspectos el discurso unívoco sigue prevaleciendo sobre el derecho al disenso.
En un esfuerzo sin dudas plausible, Ediciones de Trilce acaba de reeditar parte de la obra de Luis Pérez Aguirre, el sacerdote jesuita y luchador social trágicamente fallecido en enero de 2001.
De la vasta producción del inolvidable «Perico», se seleccionaron seis títulos concretos: «Anticonfesiones de un cristiano», «La opción entrañable», «Mujer de la vida», «La Iglesia increíble», «La condición femenina» y «Desnudo de seguridades».
Luis Pérez Aguirre fue un personaje singular, que abrazó el sacerdocio como un compromiso social. Su opción por los pobres lo transformó en blanco del poder, que en vano pretendió acallar su voz crítica.
Tras consagrarse como sacerdote en 1970, Pérez Aguirre inició su tarea evangelizadora, en el entendido de que debería asumir una opción clara por los más desposeídos.
En ese contexto desarrolló un intenso trabajo social con los niños abandonados. Su experiencia como fundador de «La huella», obra social que lo sobrevivió, resulta singularmente elocuente.
Partiendo de la tesis de que el cristianismo es una cultura de inclusión, trabajó también en un proyecto de asistencia a las prostitutas.
Durante la dictadura, el sacerdote jesuita fue detenido y torturado, no obstante lo cual nunca claudicó en su propósito de contribuir al restablecimiento de la democracia.
En 1981, en pleno gobierno autoritario, fue cofundador de la sección uruguaya del Servicio de Paz y Justicia y un año después fue procesado a raíz de la publicación de un trabajo en el que fustigaba al despotismo.
Tras el restablecimiento de las instituciones en 1985 y sin abandonar su trabajo social, Luis Pérez Aguirre se transformó en un auténtico abanderado de la causa de los derechos humanos.
En 2000, tuvo una crucial participación en las gestiones que felizmente culminaron con el reencuentro del poeta argentino Juan Gelman con su nieta desaparecida.
La muerte lo sorprendió mientras trabajaba en la Comisión para la Paz.
En «La Iglesia increíble», libro cuya primera edición le expuso a la censura eclesiástica, Luis Pérez Aguirre construyó un osado ensayo en el que pone bajo la lupa a la organización religiosa.
Asumiendo la tesis de que la Iglesia Católica debe reencauzar su teoría y particularmente su práctica para adecuarla a los mandatos evangélicos, el autor no teme transitar un territorio fangoso.
En ese contexto, ingresa en el ojo de la tormenta de los temas más controvertidos, como la pobreza, la marginación, la situación de la mujer y la sexualidad, entre otros.
Analizando el tema desde una óptica universal y no local, el ensayista inicia su trabajo con fuertes críticas a la inflexibilidad de los dogmas católicos, el sistemático silenciamiento de las voces disidentes y el divorcio de la institución eclesial con los humildes, lo que, a su juicio, contradice e ignora la prédica de Jesucristo.
El autor reexamina el cuerpo de ideas emanado del histórico Concilio Vaticano II, lo que denomina «Evangelio de los pobres» y la teología de la liberación.
En ese contexto, el sacerdote jesuita ensaya una profunda relectura de las sagradas escrituras y el concepto de libertad de conciencia proclamado por el profeta.
Obviamente, no soslaya explícitas referencias a la doctrina moral del discurso de Jesús, que desafío al poder de la teocracia de la época. Esa actitud lo condenó al martirologio y a la muerte.
Con abundantes citas, Luis Pérez Aguirre corrobora que la doctrina original del cristianismo es reveladora de una opción por los pobres, los marginado
s y los descastados sociales.
El autor afirma la necesidad de cuestionar reglas, como forma de recuperar valores inherentes a la doctrina inspiradora de la fundación de la Iglesia Católica.
A su juicio, existe una grave crisis de credibilidad en la autoridad de la Iglesia, originada en el divorcio entre una proclamada teoría en favor de los derechos de los más débiles y una praxis errática y ambigua.
Según Luis Pérez Aguirre, la Iglesia debe regresar a sus fuentes, superando la brecha que le separa claramente de sus fieles y de quienes padecen exclusión social.
El religioso recupera toda la estatura y el liderazgo del Papa Juan XXIII, reafirmando su convicción de que se debe recuperar la libertad como herramienta de cambio. En tal sentido, afirma que la Iglesia debe abrir espacios de discusión, partiendo del respeto del derecho al disenso.
Pérez Aguirre no duda en reclamar una auténtica «revolución» eclesial, para transformar profundamente las relaciones de poder y adecuarlas al mandato evangélico.
El ensayista critica enérgicamente el verticalismo de la institución y la demonización de la discrepancia. En tal sentido, rechaza de plano que todos los disidentes sean considerados Judas redivivos.
Luis Pérez Aguirre observa que existe una clara contradicción entre la condena al autoritarismo externo y las prácticas autoritarias que se ejercen habitualmente en el ámbito doméstico de la Iglesia.
Partiendo de la controvertida tesis de que su religión en tanto institución tiene una estructura monárquica, el analista reclama una «insurrección de las conciencias».
Pérez Aguirre manifiesta profundas discrepancias con el concepto oficial de obediencia, considerando que ésta debe ser interpretada como una suerte de disciplina que no debe abortar la libertad de los miembros de la comunidad religiosa.
Denuncia el escandaloso poder económico de la Iglesia, demandando una administración más transparente del cuantioso patrimonio del Vaticano.
También reivindica el legítimo derecho de los contribuyentes a participar en la administración de los bienes que, a su juicio, deberían ser invertidos en una tarea evangelizadora impregnada de mayor contenido social.
Luis Pérez Aguirre demanda renunciar a lujos y opulencias y vivir austeramente, para poner todos los recursos materiales al servicio de la causa de los más necesitados.
En relación al ámbito de las decisiones, el sacerdote jesuita no soslaya críticas al cisma existente entre las jerarquías y los fieles, abogado por una Iglesia realmente democrática y representativa del sentir y las demandas de sus fieles.
El autor se rebela contra la pobreza, la marginación y la exclusión social, poniendo particular énfasis en la angustia de los niños en situación de calle, por quienes tanto luchó en vida.
En el cuerpo final de este revulsivo libro, el osado sacerdote ingresa en el controvertido tema de la sexualidad, cuya discusión considera una asignatura pendiente. En ese sentido, critica ácidamente la concepción del sexo meramente procreador que pregona la institución eclesiástica, afirmando que el placer y el erotismo tienen una identidad propia.
Asimismo, recupera la dignidad de la mujer, la que –en su opinión– es reducida a un rol meramente decorativo, inspirado en una cultura patriarcal, machista y excluyente.
«La Iglesia increíble» es un fuerte alegato contra la intolerancia en todas sus expresiones, que parte de la tesis de que dicha institución religiosa requiere de radicales cambios en su estructura.
El autor no soslaya ninguno de los temas más controvertidos, como el indispensable compromiso con los pobres, la libertad de conciencia y la necesidad de que la Iglesia reemplace su tradicional verticalismo por una organización horizontal.
Según el fallecido religioso, la Iglesia debería constituir un espacio alternativo de inclusión social, para enfrentar las injusticias de un sistema capitalista siempre excluyente.
Luis Pérez Aguirre propone una polémica relectura de los textos evangélicos, para reclamar un auténtico compromiso con los pobres que exceda a lo meramente teórico.
El libro contiene abundantes citas de célebres pensadores cristianos, incluyendo naturalmente testimonios del propio Jesús, con las que el autor sustenta su convicción de que la Iglesia debe procesar profundas transformaciones para recuperar la perdida credibilidad.
A diez años de su primera edición, «La Iglesia increíble» conserva la vigencia de lo realmente perdurable, en la medida que contiene parte del legado ideológico de un sacerdote comprometido con su fe cristiana y la impostergable causa de la justicia social, que en vida soñó con un mundo sin excluidos. *
(Ediciones de Trilce)
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