Ultimas muestras en Buenos Aires
Es elogiable el propósito de revisitar la historia reciente del arte del siglo XX no siempre bien conocida, especialmente por las jóvenes generaciones. En Buenos Aires hay varias. La Fundación Proa se concentró en los años ochenta, el Museo de Arte Moderno en Manuel Espinosa, maestro del arte concreto con 92 años, el Museo Costantini rescató los últimos diez años de Jorge de la Vega y el Museo Nacional de Bellas Artes inauguró, con presencia de la pareja real española, la década reciente del español Rafael Canogar, mientras el Centro Cultural Recoleta apostó a la retrospectiva de Liliana Porter. En esa abundante ojeada retroperspectiva faltó la indispensable visión de la actualidad pues los salones oficiales y privados han mermado y alguno está lejos de sus mejores antecedentes: sucedió con la tercera edición de Premios Fundación Banco Ciudad del cual, quien escribe estas líneas, fue invitado por Jorge Glusberg, director del Museo Nacional de Bellas Artes, a formar parte del jurado de premiación. En su mayoría fueron presentadas pinturas de artistas que hicieron envíos con obras similares al Certamen Iberoamericano de Pintura 2003, que se exhibió en estos días, pero en este caso con un aceptable nivel internacional.
Una década decisiva
Con agudo criterio curatorial, Mercedes Casanegra recreó los últimos diez años de la obra, breve pero intensa, de Jorge de la Vega (1930-1971) en el Museo Costantini. La década del sesenta fue decisiva y la más fundamental del siglo XX. Una década en la que confluyeron numerosas contradicciones, rebeldías, ideologías y estéticas posibles. En 1961 se levanta el muro de Berlín y la acentuación de la guerra fría, la revolución cubana apuesta al comunismo y produce las primeras disidencias, la guerrilla insurgente se extiende por el continente, las protestas estudiantiles gestadas en Berkeley y en París se expandieron por casi todas las capitales de la mayoría de los países, la guerra de Vietnam y el magnicidio de Kennedy, la invasión frustrada a Cuba, la primavera de Praga, la invasión del canal de Suez, la guerra árabe-israelí de los Seis Días, la revolución cultural china, Gagarin es el primer hombre en el espacio, los nuevos comportamientos sociales y sexuales, la aparición de la música popular (Beatles, Rolling Stones), la introducción de la nueva imagen de la mujer con minifalda (la esmirriada modelo Mary Quant), los espectáculos masivos juveniles al aire libre y el consumo de drogas (Woodstock, Joan Baez, Jimmy Hendrix, Joe Cocker, Carlos Santana), el pop-art y el arte conceptual, los happenings y las instalaciones, el despuntar del videoarte y de la computadora, la danza de Merce Cunningham (Cage, Rauschenberg, Tudor), la circulación de las ideas de Marcusse, Umberto Eco y Roland Barthes contribuyeron, entre otros muchos elementos, a sustentar una agitación permanente, una vertiginosa sucesión de cambios políticos y comunitarios, algunos instrumentados por la CIA y las poderosas fundaciones estadounidenses (Ford, Rockefeller). Las dictaduras de Franco y Salazar parecían inamovibles, como las instaladas en Paraguay, Brasil, Bolivia, Nicaragua, Haití y en buena parte de Africa. Se acentuó la inestabilidad de los gobiernos inclinados al personalismo presidencial, apoyados por el ejército, siempre dispuesto a reemplazar a los civiles. Tiempos de confusión y celebración, de euforia y desencanto, de apertura a las ideas innovadoras y creadoras, de intransigencia y radicalismos, en un abrumador, incontenible torbellino de acontecimientos que contagiaron la ciencia, la política, el arte, la cultura toda.
Jorge de la Vega
Jorge de la Vega fue el artista argentino más representativo de esa década. Luego de los estudios tradicionales en diversos institutos porteños (nació en el barrio de San Telmo) en 1960 adoptó el canon informalista y pasó a integrar el grupo Nueva Figuración con Rómulo Macció, Ernesto Deira y Luis Felipe Noé, que marcó al arte rioplatense. Los cuatro viajaron a París, equivocando el destino, cuando era Nueva York el centro de la atracción internacional. Pero De la Vega se marchó a la nueva capital del arte contemporáneo en 1965 y allí se impregnó de los swinging sixties, el clima psicodélico y la euforia existencial que lo condujeron a la creación de imágenes extraídas de las historietas, la publicidad y los medios de comunicación. Curiosamente, se convirtió en cantautor (estuvo en Montevideo en un recital encantador), incorporándose a la nueva canción de Buenos Aires (Marikena Monti, Nacha Guevara).
La exposición en el Malba está compuesta de setenta obras (pinturas, collages, canciones, algún trabajo reconstruido) realizadas entre 1961 y 1971, año de su muerte. La libertad operativa de Jorge de la Vega es notable.
Siempre figurativo, recurre a la anamorfosis para elaborar un repertorio de formas en color (en principio), en blanco y negro (después), donde abunda el bestiario personal de monstruos y representaciones de la alocada sociedad de consumo, como un sismógrafo implacable de una sociedad que se devora a sí misma. Con humor e ironía, con sabia (y nunca impuesta) voluntad formal. Vale la pena cruzar el charco y disfrutar de un artista inolvidable, un referente obligado del arte del siglo XX. *
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