Muestras recientes en museos y galerías
l arquitecto ecuatoriano Oswaldo Viteri, pintor y escultor, exhibió una selección de trabajos (ensamblajes y collages) que viene realizando desde la década del setenta, luego de atravesar diferentes etapas e influencias (dejó el expresionismo abstracto y, antes, la colaboración con Guayasamín, su compatriota del realismo social, con quien compartió un período de su juventud). Iniciado en el budismo zen, conocedor del arte contemporáneo en sus contactos con artistas de diversos países, especialmente atraído por Kienholz y Burri, incorpora a sus trabajos la estética internacional y la indígena en una síntesis de especial intensidad expresiva. Emplea, en lo más atractivo de su producción, pequeños muñecos de tela que hacían y vendían familias humildes y que ahora abandonaron esa tarea. Son artesanías populares, incorporadas a la realidad de los países andinos que, en cada caso, tienen características propias. En Ecuador, esos muñecos tienen un particular cromatismo que los diferencia de los peruanos, más sobrios y monocromáticos.
Viteri reúne dos vertientes, la popular y la modernidad vanguardista, hasta lograr composiciones de gran formato de indudable atractivo visual, impecablemente ejecutadas. Por otro lado, utiliza el collage a la manera de Burri, en reiteradas ocasiones (la arpillera, el rojo intenso) que recortan el interés de la muestra, pero no disminuyen la personalidad de Viteri, un creador auténtico, con ideas originales y una envidiable juventud física a los 72 años.
El mexicano Fernando Toledo (nació en Oaxaca en 1940, estudió en París y Nueva York) acaparó la atención internacional en los años ochenta por una audacia inventiva que también conjugaba lo indígena y la cultura artística internacional. Pintor, grabador, escultor, obtuvo un reconocimiento rápido en certámenes importantes. En el Museo Nacional de Artes Visuales se exhiben cerca de un centenar de grabados recientes (en metal, en madera) realizados entre 1999 y 2001, donde el «insectario» y los autorretratos son las temáticas recurrentes. Hay, indudablemente, un dominio del oficio y de los recursos operativos de un maestro del arte de grabar. Se advierte, sin embargo, que solamente en aisladas ocasiones pone en conmoción el talento de que viene precedido y la casi totalidad de la muestra no alcanza la fuerza expresiva que lo caracterizó en otras épocas y que, en unas pocas obras, que paralelamente se pueden ver en la irregular colectiva Gráfica y Dibujo de México en la Sala Carlos F. Sáez, pone en evidencia su admirable maestría.
También el Museo del Parque Rodó hay espacio para los artistas uruguayos de hoy. Son seis dibujantes que se confrontan con los dibujos académicos, de empinado, curioso erotismo, de Blanes: Ricardo Lanzarini logra, con sus microscópicas y divertidas figuras integradas a una composición abierta, uno de los grandes aciertos; Carlos Barea recupera su talento de dibujante con una imaginería propia e inconfundible; Domingo Ferreira interviene planchas de grabados con la témpera hasta crear obras de una complejidad dinámica muy atractiva; Eduardo Fornasari retorna al dibujo a tinta con una fuerza extraordinaria luego de varios años de ausencia y de experimentar con la computadora de ambiguos resultados. Menos felices parecen los dibujos de Renzo Vayra (más seguro en el grabado) y en especial de Martín Verges, en una indagación del retrato que ya demostró (en galería Del Paseo) el aflojamiento de su formidable arsenal dibujístico y la actitud experimental que hasta hace poco lo distinguió. Que los artistas jóvenes y mayorcitos uruguayos sean convocados a la principal pinacoteca del país es un hecho altamente estimulante, aunque falte un catálogo que redondee el proyecto.
Por las galerías
Puerta de San Juan es el nombre de la nueva galería ubicada en Soriano y Ciudadela. Es otra de esas viejas casonas espléndidamente reciclada, amplia y bien iluminada, que todavía espera la ampliación y habilitación en la planta baja para exposiciones temporarias. Sin mucha difusión en los medios de prensa, por falta de un relacionamiento fluido y eficaz, la galería, orientada por el pintor Gustavo Alamón, cuelga en sus numerosos ambientes obras de artistas nacionales, aunque el director comete la indiscreción de integrarse a la exhibición permanente, algo que, por obvias razones, no debería ocurrir o, por lo menos, de manera tan visible. De cualquier manera, hay espléndidas obras de Barcala, Podestá, Molinari, Arotxa, Pablo y Jorge Damiani, Cabezudo, Sclavo, Arbondo, Kohen, Ramos, Caffera, entre otros, con un criterio de montaje algo abigarrado pero de buen nivel.
Actualmente tiene dos muestras temporarias. Bruno Widman presenta obras recientes y proporciona una cierta sorpresa. Con una obra pictórica consolidada, se aparta de esos lustrosos antecedentes y libera la materia, el color y la pincelada, encuentra nuevos resortes figurativos, introduce claridades de blancos intensos en composiciones apaisadas y el conjunto funciona con la renovada alegría que otorga la conquistada madurez. Por su parte, Luis A. Solari es revisitado a través de dibujos de los años cincuenta y sesenta, demostrativos de una espontaneidad que luego decantaría en un estilo más sólidamente formalizado. Por aquí circula una cierta torpeza manual, surgida de la espontaneidad, que hace su encanto y ejerce un poderoso atractivo para comparar con su obra posterior.
Así como decepcionan los retratos y paisajes de Claudio Silveira Silva en Galería Latina, un talento comercializado, es muy estimulante la instalación titulada Convivio de Cristina Casabó en la Colección Engelman Ost, que, de repente, levanta el nivel que hasta ahora no tuvo durante la actual temporada. Casabó alcanza la plenitud de sus preocupaciones personales y estéticas, elude la directa y fastidiosa autorreferencialidad tan de moda entre varios de sus colegas, y apuesta a una metáfora de enorme sutileza y refinamiento visual, en un despliegue de diez mesas cubiertas de telas blancas y donde deposita, en cada una de ellas, en clave minimalista, los pasos de una educación represiva e hipócrita de la sociedad uruguaya y, casi sin advertirlo, el visitante siente el penetrante hechizo de la creación. Una suerte de síntesis de toda su obra anterior apresada con imaginativa convicción. *
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