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Crónicas de una derrota

n cualquiera de las hipótesis metodológicas posibles, el disparador es un proyecto político, un modelo de convivencia social y, en definitiva, una utopía compartida.

En tiempos de epidemia globalizadora, la humanidad se debate en un océano de incertidumbres, del cual sólo podrá emerger mediante la indispensable herramienta de la reflexión.

Sin embargo, nuestra experiencia contemporánea parece corroborar  en forma aparentemente inequívoca  que el ejercicio intelectual está virtualmente ausente de nuestras rutinas, gobernadas autoritariamente por discursos acríticos y masificadores.

Hoy estamos asistiendo a una fuerte crisis de identidad global, que parte de un epidérmico abordaje en la interpretación de la historia, que otrora era analizada con minuciosa profundidad.

Vivimos una suerte de cultura de lo instantáneo liderada particularmente por la parafernalia mediática, que está casi siempre al servicio de intereses empresariales ajenos a los sueños y expectativas de las grandes mayorías.

Desestimada toda posibilidad de análisis de temas que nos atañen directamente por el peso de sus eventuales consecuencias, el tótem al cual se rinde recurrente pleitesía es el consumo.

Las técnicas de seducción son múltiples y variadas y el efecto perseguido es siempre vender. Incluso, a menudo, la mercadería ofrecida es un candidato a la presidencia o al Senado. Los ejemplos ciertamente abundan.

En los últimos días, hemos observado la intensificación de la propaganda que convoca a ratificar la ley de asociación de Ancap, sobre la cual la ciudadanía uruguaya deberá pronunciarse hoy.

Este fenómeno, que es un buen ejemplo de manipulación colectiva, nos permite analizar las engañosas estrategias de los partidarios de la norma, que no dudaron en mentir despiadadamente con tal de cosechar la adhesión de los electores.

Uno de los sofismas más frecuentes fue la promesa de que los combustibles bajarán de precio, cuando es fácil inferir que en un mercado eventualmente controlado por inversores privados inspirados en el lucro y no en el propósito de servir a la población, esa hipótesis es ciertamente descabellada.

En esta campaña, la influencia del poder económico fue ciertamente inescrupulosa. Para corroborar esta afirmación, bastó observar que los mensajes que convocaron a confirman la ley virtualmente triplican a los que promueven la derogación.

No en vano todas las cámaras empresariales se pronunciaron por desestimar el recurso de derogación interpuesto por miles de ciudadanos, alineándose al partido de gobierno y a sus socios de la coalición.

En estas desiguales condiciones, para quienes promovieron dejar sin efecto la proyectada asociación con inversionistas privados, resultó muy complejo librar una batalla con reales posibilidades de éxito.

Seguramente, el año próximo, en vísperas de las elecciones nacionales que definirán el futuro de nuestro Uruguay, los dólares volverán a financiar las campañas de los representantes políticos de las clases dominantes.

En ese proceso, recobrarán trascendencia los medios de comunicación, la mayoría de los cuales integran un oligopolio que responde a los intereses de las poderosas minorías vernáculas.

Durante el período más oscuro de nuestra historia reciente  cuyas secuelas aún nos golpean  los mensajes eran monopolizados por el gobierno autoritario. Más allá de la conculcación de la libertad de expresión y la clausura de publicaciones disidentes, la dictadura contó siempre con un coro de consecuentes cómplices y apólogos.

De ese modo, los usurpadores manipularon despiadadamente la información, infundieron temor e instalaron en la población una visión maniquea y absolutamente distorsionada de lo que estaba sucediendo en el país.

Esa prédica apócrifa fue parte del aparato represivo montado por la tiranía, para lograr su propósito de asfixiar toda voz contestataria y usurpar la soberanía popular durante once largos años.

La estrategia  ampliamente desarrollada por los portavoces del poder dictatorial  consistió en presentar a todos los opositores al régimen como «enemigos de la patria» y en agitar paradójicamente un nacionalismo exacerbado.

Pese a todo y en una situación extremadamente desfavorable, miles de uruguayos lucharon contra la demencia autoritaria y sus mensajes, tanto desde dentro del territorio como desde el exilio.

Durante los años oscuros, circularon publicaciones clandestinas elaboradas por periodistas, obreros, estudiantes, sindicalistas y dirigentes políticos, que  con las limitaciones del caso  intentaron mantener informada a una población abatida por el silencio de la ignominia.

Muchos de esos documentos fueron difundidos en el exterior y en los organismos internacionales, ante los cuales se denunciaron las atrocidades cometidas por la dictadura uruguaya.

En «Crónicas de una derrota», el luchador social uruguayo José Jorge Martínez, que falleció en junio de este año, construyó un contundente retrato de los acontecimientos más cruciales de nuestro pasado reciente.

El autor, que permaneció recluido como preso de conciencia durante ocho años en varios establecimientos de detención de la dictadura, desnuda sin eufemismos la barbarie de los uniformados que se apropiaron ilegalmente del poder.

Paralelamente, desarrolló un profundo ejercicio autocrítico, al evaluar la pasada actividad de algunas fuerzas políticas de izquierda.

El escritor  que fue periodista  trabajó su relato en varios tiempos simultáneos, evocando el proceso histórico que devino en la dictadura y su propia peripecia personal.

En el primer cuerpo de su obra, intitulado «El cuartel», José Jorge Martínez asume la narración de parte de su experiencia de confinamiento como preso político, tras ser condenado por el gobierno dictatorial por pertenecer a los cuadros del Partido Comunista Uruguayo.

El autor intercala inicialmente su dura experiencia de prisión e incomunicación, con elocuentes fragmentos de vivencias de su esperanzada adolescencia.

Describe minuciosamente el riguroso régimen de reclusión al que fue sometido, las torturas, los plantones, la capucha, las humillaciones y la disciplina militar.

En ese ámbito físico, hasta lo más elemental era inhumano: alimentarse, acudir al baño y otras rutinas meramente vegetativas.

Mientras documenta elocuentemente esa degradante experiencia, el periodista evoca sus tiempos de estudiante liceal, a los docentes que contribuyeron a su formación intelectual, los editoriales del desaparecido semanario «Marcha» y su inicial contacto con la literatura comprometida.

El «Germinal», de Emile Zola, y «Los caminos de la libertad», de Bertrand Russell, fueron dos de los libros que contribuyeron a ir edificando una personalidad crítica y reflexiva.

El autor recuerda que también era frecuente su concurrencia al cine, donde fue impactado por el genio creador y revulsivo del gran Orson Welles y su obra maestra, «El ciudadano».

Mientras reconstruye las imágenes de las poco frecuentes visitas que recibía en prisión bajo estricta vigilancia, el periodista evoca sus primeras experiencias de militancia estudiantil a comienzos de la década del cincuenta.

En ese contexto, confirma que el denominado segundo batllismo no era ciertamente un paraíso terrenal, ya que en 1952 se asistía a una ola de represión contra trabajadores en conflicto de varias ramas de actividad.

Para situar al lector en el momento histórico, Martínez cita algunos indispensables antecedentes históricos que fueron determinantes en el fermento de las luchas obreras.

Sin desprenderse de las vivencias de su juventud, el autor recuerda particularmente el momento en que los carceleros dejaron sin efecto la incomunicación, le permitieron retomar contacto con el mundo y observar el Sol luego de un año de tinieblas.

Desde su pasado más remoto, afloran elocuentes imágenes de la militancia estudiantil en la Facultad de Arquitectura, donde Martínez también trabajaba.

El escritor  que inicialmente fue activista de la Federación Anarquista del Uruguay  marca las controversias relacionadas con la invasión soviética a Hungría, que dividió a la izquierda uruguaya.

La lucha por la ley orgánica universitaria de 1958, fue  a juicio del escritor  una de las épicas más extraordinarias de que se tenga memoria, inspirada en el propósito de instalar un modelo de educación terciaria popular, crítico y solidario. Simultáneamente, triunfaban los blancos en las elecciones, clausurando más de un siglo de gobiernos colorados.

En esos tiempos, la victoria de la revolución cubana encabezada por Fidel Castro marcó un punto de inflexión para nuestra intelectualidad, que comenzó a reelaborar sus estrategias de lucha.

José Jorge Martínez evoca los primeros intentos de unificación de la izquierda procesados en 1962, que tuvieron como principal protagonista al Partido Comunista.

Sin embargo, denuncia los riesgos emergentes en la región, al recordar el golpe de Estado acaecido en Brasil en 1964, cuando los militares depusieron a João Goulart. El alzamiento castrense frustró la primera experiencia progresista en el Cono Sur americano.

Durante su reclusión, que comenzó en 1975, el escritor y periodista intentó múltiples terapias para no atrofiarse intelectualmente. Incluso, tuvo un período muy creativo, en el cual se dedicó a las artes plásticas.

La pluma del escritor regresa a 1964, para ensayar un ejercicio crítico al funcionamiento interno del Partido Comunista, al cual por entonces estaba afiliado. En ese contexto, fustiga la ausencia de debate de fondo y de la «línea» oficial, que no admitía discusión.

Martínez realizó varias visitas a Cuba, en los primeros años de la revolución socialista liderada por Fidel Castro. Quedó realmente impactado por el heroísmo de ese pueblo pujante y hostilizado por el imperialismo.

Mientras recupera mentalmente el momento en que los militares cerraron la biblioteca del cuartel para secuestrar la literatura prohibida que circulaba clandestinamente, el autor se interna en 1967, para recordar el efímero gobierno de Oscar Gestido y la asunción de Jorge Pacheco Areco.

Con este acontecimiento, se iniciaron los años de mayor represión, las medidas prontas de seguridad, la militarización de trabajadores, el cierre de medios de prensa y el asesinato de estudiantes.

Martínez evoca con emoción su experiencia periodística en el diario «El Popular», sus denuncias de corrupción en el sistema financiero, el vaciamiento del Banco Mercantil del dos veces ministro Jorge Peirano y la consolidación de la unidad de la izquierda con la fundación del Frente Amplio.

En el segundo tramo de su libro, otorga abundante espacio a su confinamiento en el penal de Libertad  que fue una prisión algo más civilizada que la padecida en «El infierno»  y al final de su prolongada condena.

Analiza minuciosamente el amargo febrero de 1973, los cantos de sirena de los comunicados 4 y 7, el golpe de Estado, la heroica huelga general, la sangrienta represión del 9 de julio y el violento allanamiento de la sede del diario «El Popular».

En el epílogo, el escritor se interna en los 37 pesadillescos días de su permanencia en «El infierno», donde padeció incalificables torturas por el único «pecado» de disentir.

El autor concluye su relato con un minucioso análisis de la gran frustración, la disolución de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín, último símbolo material de la guerra fría.

Mixturando el testimonio, el relato novelado y el ensayo político, José Jorge Martínez construye una obra madura y reflexiva, en la cual no soslaya la crítica y una sensación de desencanto por los errores cometidos en el pasado por parte de la izquierda uruguaya.

Aunque el ya fallecido autor considera que su experiencia de militancia política derivó en una derrota, es claro que su inclaudicable bregar por la causa de la justicia social y la dignidad no fue en vano.

Los acontecimientos contemporáneos corroboran que el país parece estar cerca del ansiado parto progresista. Más allá de que los caminos no sean los mismos porque es indispensable adecuarse a la realidad de este nuevo milenio, es claro que los ideales de los grandes obreros de la utopía permanecen intactos.

La historia personal de José Jorge Martínez, como la de otros emblemáticos luchadores sociales, confirma que todas las etapas  aun aquellas que están más expuestas al revisionismo crítico  constituyen tramos vertebrales del proceso de cambio.

(Ediciones de Trilce)

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